Carmen Ordóñez
Esta mañana me he encontrado con que no podía
sintonizar Radio Nacional desde la Onda Media. Lo mismo ocurrió hace un par de
meses con la sintonía de la SER. No tiene mayor importancia a no ser que,
debido a la proliferación en FM de emisoras en las cercanías de esa frecuencia,
un leve movimiento de la antena del transistor sitúe la sintonización un milímetro
más allá, lo que puede colocarnos en la franja emisora de Radio María o
EsRadio, por ejemplo. En ambas circunstancias, se detecta fácilmente y por lo
tanto no supone un gran descalabro: es fácil identificar la voz de Jiménez
Losantos frente a la de Angels Barceló. Pero esto convierte al transistor en un
aparato incómodo.
Algo similar nos ocurrió cuando se produjo el cambio a
HD, que nos obligó a los televidentes a adaptar nuestros viejos televisores
mediante receptores compatibles o bien a comprar un equipo nuevo. Todo ello en
favor de las plataformas. Siempre he tenido la sospecha de que estos cambios
están relacionados también con los índices de audiencia de los diferentes
emisores, pero me confieso ignorante de estos nuevos métodos de medición. Sí
puedo asegurar que antes, en la antigüedad remota, una empresa contratada a tal
efecto llamaba por teléfono a los hogares para preguntar a los televidentes qué
canal estaban viendo en ese momento.
Ahora mis sospechas van más allá y pienso que todas
estas maniobras están dirigidas a focalizar nuestra vida en torno a los
teléfonos móviles y desechar todas las opciones analógicas que aún algunos
utilizamos en nuestra vida cotidiana.
Cualquier día uno se harta de sintonizar el transistor
y acude al móvil para escuchar limpiamente la emisora de nuestra preferencia.
Cualquier día, uno se abona a Spotify para escuchar su música favorita en vez
de acudir al reproductor de CDs o poner un vinilo en el viejo equipo de sonido.
Si entro en mi cuenta bancaria desde el móvil, todo es fácil; sin embargo si lo
hago desde el ordenador, la aplicación no quiere reconocerme y me pide
constantemente la confirmación de las contraseñas, a través de SMS enviado al
teléfono, porque día tras día se niega a reconocer mi equipo.
Nuestro teléfono móvil está vinculado a una cuenta de
Gmail. Facilitamos nuestro DNI continuamente por teléfono a cualquier
desconocido y a cualquier empresa, cuando hace apenas 15 años el ciudadano sólo
estaba obligado a mostrarlo ante las autoridades o en organismos oficiales. Hoy
nuestra identificación real está vinculada al número de teléfono móvil
(aconsejo al lector hacerse con una tarjeta SIM alternativa para poder
utilizarla en algunos casos: de esta manera se evitan muchas llamadas indeseables).
En la misma línea, también es recomendable rechazar las cookies, especialmente
desde el móvil, siempre que no sea imprescindible consultar una web que te lo
exija. En fin, es una lucha constante y a veces pienso que esta batalla se
define como la única actividad antisistema que nos está permitida. Por el
momento.
Y al final queda la sospecha de que, si todo está
vinculado al teléfono móvil, éste se convierte en algo imprescindible, y una
herramienta que se vuelve imprescindible se convierte en peligrosa.
DdA, XXII/6214

2 comentarios:
Estupendo análisis. Gracias.
A la autora, que las tiene.
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