No se trata de prestar asistencia a los animales para negársela a los humanos, escribe Natalia Menéndez a propósito del rescate del perro Boro y su vuelta a casa gracias a un magnífico equipo de búsqueda. Se trata de dejar de tratar como cosas a quienes sienten y padecen como nosotros. Se trata de descosificarlos a ellos para humanizarnos a nosotros mismos. Porque nacer humano, no lleva necesariamente asociada la cualidad de ser humanitario o compasivo con el vulnerable. Esto se nos suele olvidar y es necesario enseñarlo con orgullo, sin vergüenza o miedo a ser criticado. Un superviviente llamado Boro, entre el dolor y el desgarro, nos da una razón para la esperanza: ellos también importan. Importan mucho y eso nos hace más humanos.
Natalia Menéndez del Valle Rodríguez
Cuando el pasado 18 de enero de 2026 dos trenes
colisionaron en Adamuz (Córdoba), dejando 43 muertos y decenas de heridos, algo
pasó desapercibido en la narración de la catástrofe. No hubo información
oficial sobre los otros animales que también eran viajeros a bordo.
Entre las terribles noticias que nos
llegaban de muerte y desolación, se abría paso la historia de Boro, un perro
mestizo con mirada dulce que viajaba en el vagón 7 del Iryo, junto a Ana y su
hermana Raquel. Cuando el desastre llegó, sus humanas lo protegieron del
tremendo impacto pero, aterrorizado, se escapó.
La historia de supervivencia de Boro
y su impacto social, nos plantea cuestiones muy interesantes a partir de las
cuales podemos reflexionar sobre nuestra relación con los otros animales y
sobre si sufrir por todas las víctimas, también por Boro, nos hace más o menos
humanos.
Richard Ryder, psicólogo y filósofo
británico acuñó el término "especismo" en 1970 y lo definió como
"la discriminación o explotación de ciertas especies animales por los
seres humanos, basada en la presunción de superioridad de la especie
humana". Desde entonces, por lo menos para los animales que habitan en
nuestros hogares, nuestra percepción social ha ido evolucionando en términos de
progreso moral. Somos muchos, cada vez más, los que consideramos a nuestros
animales amigos leales e insustituibles pilares fundamentales de nuestras
vidas, familia.
Este contexto de catástrofe que
golpea y desgarra, se ha estado intentando instrumentalizar, en clave
peyorativa, indignándose porque una relevante parte de nuestra sociedad
acompañe a Ana y Raquel en su amor y preocupación por Boro, y que se exijan
también protocolos, medios y asistencia para las otras víctimas no humanas de
las emergencias.
Se aprovecha la ocasión para, nuevamente, tildarnos de frívolos, insensibles e inhumanos a quienes también sufrimos por ellos y con ellos. A pesar de esas reiteradas críticas malintencionadas, a menudo procedentes de quienes no sienten empatía ni por sus semejantes ni por los desiguales y permanecen cegados por un antropocentrismo incapacitante, el progreso social, ético y legal sigue imparable su marcha.
Boro es un símbolo claro de esa
España moderna, inclusiva y empática que nos enorgullece. Abre informativos y
su búsqueda nos tiene en vilo. Entre tanta tristeza y desolación generalizada,
su historia brilla como un faro. Es una historia real, de lealtad y de amor, de
un amor de doble dirección.
Cuando el Tratado de Funcionamiento
de la Unión Europea (2009), reconoce a los animales como seres sintientes,
cuando nuestro legislador descosifica legalmente a los animales (2021) o la
evidencia científica, plasmada en las Declaraciones de Cambridge (2012) y de
New York (2024) sobre la conciencia animal, nos dice que los animales no
humanos poseen los sustratos neurológicos necesarios para tener conciencia, se
constata que estamos en el lado correcto de una falsa disyuntiva. Porque no se
trata de prestar asistencia a los animales para negársela a los humanos. Se
trata de dejar de tratar como cosas a quienes sienten y padecen como nosotros.
Se trata de descosificarlos a ellos para humanizarnos a nosotros mismos. Porque
nacer humano, no lleva necesariamente asociada la cualidad de ser humanitario o
compasivo con el vulnerable. Esto se nos suele olvidar y es necesario enseñarlo
con orgullo, sin vergüenza o miedo a ser criticado.
El especismo no es un error que cometamos por ignorancia. Es una pesada herencia moral que arrastramos desde hace siglos y que se perpetúa porque encaja perfectamente con la lógica del poder. Es la forma en que nos hemos organizado: como un proyecto exclusivamente humano. Somos nosotros, importamos solo nosotros. Los demás animales existen en el espacio y en el lugar que nosotros les permitimos. Consumen los recursos que nos sobran. Sobreviven en los márgenes de lo que hemos decidido que es suficiente y digno de protección para ellos, y sin pasarse de sensibleros.
Durante siglos, hemos justificado
esta estructura violenta de opresión hacia otras especies – y hacia muchos
sectores de la nuestra también– con argumentos como su irracionalidad o sus
supuestas diferencias en comparación con nosotros (aunque, en mi opinión,
siempre salimos perdiendo). Claramente, éstos no dejan de ser excusas,
argumentos especistas para mantener nuestro statu quo dominante y privilegiado.
Un superviviente llamado Boro, entre
el dolor y el desgarro, nos da una razón para la esperanza: ellos también
importan. Importan mucho y eso nos hace más humanos.
Mientras tanto, querido Boro, no
sabes la felicidad que nos produce tu rescate y el reencuentro con tu familia.


3 comentarios:
Cualquiera que tenga una mascota (con todas las consecuencias, no comprada "como un juguete más" para la prole) sabe que están muy lejos de ser cosas... Son uno más de la familia. Boro lo ha demostrado en un momento de sensibilidad extrema... Como tantas mascotas lo hicieron antes y en otros contextos.
Amigo cineforumista, qué ráfaga de viento fresco humanizador la de Boro en medio de un mundo deshumanizador...
Así es... Mi perra Gina, una dogo argentina sorda de nacimiento (por albina), me lo recuerda cada día con su cariño incondicional.
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