La mayor debilidad de Ayuso la devuelve recurrentemente a los meses de marzo, abril y mayo de 2020, el tiempo en el que se concibieron y ejecutaron aquellos “protocolos de la vergüenza” que supusieron una intolerable denegación discriminatoria de asistencia sanitaria y un acto de inhumanidad que hasta la fecha sigue inexplicablemente impune. Por eso, cada vez que el tema resurge, la Presidenta madrileña aumenta su agresividad: “La misma mierda” o, en el día de ayer, “la izquierda frustrada” son algunas de las expresiones con las que Ayuso despacha las reivindicaciones y el dolor de las familias de los muertos en las residencias. No es solo falta de empatía o maldad, es una estrategia de comunicación que persigue una finalidad muy concreta: desviar la atención.
Noelia Adánez
Ayuso está revuelta. La sombra de los “protocolos de la
vergüenza” y de las 7291 víctimas en las residencias que murieron sin ningún
tipo de asistencia médica, persigue a la Presidenta seis años después. Las
declaraciones de uno de los altos cargos de su gobierno de entonces, Carlos Mur
(exdirector general de Coordinación Sociosanitaria del Servicio Madrileño de
Salud), el pasado día 26, apuntan a la Consejería de Sanidad, es decir, a la
entonces viceconsejera de Sanidad, Ana Dávila, como destinataria de los
protocolos, y al exconsejero Enrique Ruiz Escudero, quién concibió la figura de
los geriatras de enlace. Las
declaraciones de Mur y las contradicciones con las de Javier Martínez Peromingo
(el geriatra que presuntamente ideó los protocolos y que terminó por sustituir
a Mur desde mayo de 2020) suponen un tironcito de la manta, así
que es normal que la Presidenta madrileña, que siempre tiene muy cubiertas las
espaldas, se sienta ligeramente expuesta.
Ni Avalmadrid, ni las comisiones de su hermano, ni el fraude
fiscal de su pareja, ni sus negocios con Quirón, ni sus mentiras manifiestas,
ni las muy elaboradas operaciones de intoxicación y desinformación orquestadas
por su jefe de Gabinete. La mayor debilidad de Ayuso la devuelve
recurrentemente a los meses de marzo, abril y mayo de 2020, el momento más
complicado de la pandemia y el tiempo en el que se concibieron y ejecutaron
aquellos “protocolos de la vergüenza” que supusieron una intolerable denegación
discriminatoria de asistencia sanitaria y un acto de inhumanidad que hasta la
fecha sigue inexplicablemente impune.
Por eso, cada vez que el tema resurge, la Presidenta
madrileña aumenta su agresividad: “La misma mierda” o, en el día de ayer, “la
izquierda frustrada” son algunas de las expresiones con las que Ayuso despacha
las reivindicaciones y el dolor de las familias de los muertos en las
residencias. No es solo falta de empatía o maldad, es una estrategia de
comunicación que persigue una finalidad muy concreta: desviar la
atención.
No hablemos de los muertos, hablemos de ella que es la
víctima verdadera, la protagonista de una historia que no es la que los demás
cuentan, es "su" historia, la que a golpe de recursos extraídos del
erario público se cuenta todos los días en periódicos y programas de televisión
afines, la historia que destaca sus outfits, su chulería y el carácter
providencial de sus políticas. La historia de cómo Ayuso trajo a Madrid la
libertad.
Periódicos y programas en los que nunca se pregunta por la
asfixia financiera de las universidades públicas, ni por las becas que el
gobierno de Madrid destina a los alumnos de la concertada, ni por el
fraccionamiento de contratos y facturas en centros de formación profesional, ni
por los recortes en la ley trans, ni por las listas de médicos objetores del
derecho al aborto que Ayuso se niega a entregar, ni por el hecho de que Madrid
sea la única autonomía que carece de una ley de igualdad y una de las varias
gobernadas por la derecha que rehúsa aplicar los beneficios de la ley estatal
de vivienda, ni por una de las cada tres becas comedor que el año pasado el
gobierno de Ayuso se negó a dar, ni por su novio el comisionista ni por el
dúplex que comparten en Chamberí, ni por el Zendal y sus sobrecostes
millonarios, ni por Quirón, ni por las practicas antidemocráticas en la
asamblea que controla con el rodillo de su mayoría, ni por supuesto, por los
muertos en las residencias.
Es imposible no recordar aquel retrato de una doliente Isabel
Díaz Ayuso en la portada de El Mundo el 10 de mayo del año 2020. La
Presidenta aparecía con el gesto ensombrecido por la tristeza. Al lado de su
rostro, el entrecomillado: “Hay que dar el primer paso. Cada semana un negocio
cierra”. No engañaba a nadie. Lo que le apenaba no eran las víctimas, eran los
negocios. Pura coherencia.
En la estrategia comunicativa de Ayuso de estos días, las
víctimas que importan no son las de las residencias, aquellas ante las que
tendría que rendir cuentas, son las de Adamuz, a quienes ha dedicado una misa
intentando contraprogramar el acto institucional de Huelva.
La Presidenta tiene aliados muy poderosos y los recursos de
una comunidad autónoma, la madrileña, que alberga la capitalidad, con todas las
implicaciones que esto tiene, a efectos de poder tanto simbólico como material.
La bicefalia tradicional en el PP, entre un líder de partido estatal y una
lideresa que le disputa protagonismo, es una constante en la historia de la
formación de derechas desde hace más de dos décadas. Antes de Isabel Natividad
Díaz Ayuso, fue su mentora, Esperanza Fuencisla Aguirre, cuyo formidable legado
de “ranas” y “golfadas”, Púnicas y Lezos tiene como
corolario una expresidenta dimitida y dos que han pasado por la cárcel. Y eso
es solo el corolario, porque la lista de condenados es de récord. Respecto
de su legado ideológico, además de haber amadrinado a Ayuso, hizo lo propio con
Santiago Abascal, de manera que nadie puede cuestionarle su papel de faro de la
ultraderecha.
La novedad, en la etapa Feijóo, es que Ayuso se impone
siempre al líder nacional, en parte porque de algún modo el gallego le debe a
ella su posición y en parte porque Ayuso representa a la ultraderecha, un área
del espectro ideológico que tiene mucho tirón. Feijóo tendría que decidir
si su apoyo moral, ideológico y electoral está sobre todo en Madrid o si se ve
capaz de armar una oposición de implantación estatal sin renunciar a la
institucionalidad. Porque con su respaldo a Ayuso en la gestión de las residencias
o a Mazón en la de la Dana, de momento ya ha renunciado a la decencia.
PÚBLICO DdA, XXII/6246

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