martes, 13 de febrero de 2024

EL VIEJO VENDEDOR DEL JUEGO DE LA INFANCIA


Félix Población

Ha pasado toda una vida desde que Gonzalo de Campo hizo esta fotografía en 1968 en la esquina de la calle San Antonio con la de San Bernardo. El suficiente como para que la imagen del anciano con boina, abrigo y bastón, sentado a la puerta de la perfumería Le Parisien debajo de un anuncio publicitario del autobrillante Netol, se borrara de mi memoria. No así la del tipo del anuncio que a mi de niño me parecía que promocionaba más una crema dentífrica, en el momento del higiénico enjuague,  que una crema lubricante. 

Pero fue ver la fotografía, relacionar la imagen del anciano con la de mi abuelo paterno, por la delineación  y fisonomía de su rostro, sus orejas salientes, la boina calada y la cachava entre las piernas, y vincular el recuerdo de uno con el del otro, tal como creo que ocurrió en mi niñez. La imagen del anciano vendedor de rifa pro-infancia fue una prolongación en vivo del recuerdo de mi abuelo, una vez fallecido, que tomó asiento unos años más tarde, en aquella esquina del callejero gijonés.  

Me hubiera gustado por entonces haber sido un adolescente algo más curioso y menos tímido, e indagar algo sobre la vida del vendedor callejero. Estaba convencido en ese tiempo, por la semejanza de imagen de los dos ancianos, que posiblemente también habría podido haber similitudes a lo largo de su respectiva trayectoria vital. Pero creo que ni siquiera llegué a saber su nombre, que también presumía tan singular y sonoro como el de mi abuelo Teófilo. 

La rifa pro-infancia era muy popular en Gijón desde 1924. Mi tía Eugenia, una muy asidua jugadora, solía decir que ella sólo jugaba a la infancia -descartando otras tentaciones con el juego-, porque le tenía mucha admiración a don Avelino González, un recordado y benefactor médico de aquella villa, propulsor de un programa sanitario, higiénico y educativo a través de dos entidades conocidas como el Instituto de Puericultura o Gota de Leche y el Hogar Materno-Infantil, ubicado ésta en un hermosos edificio de estilo racionalista al que se le sigue llamando Casa Rosada. Tales iniciativas pusieron a Gijón a la vanguardia de ese tipo de asistencias, gracias en buena media a aquellos cupones que las financiaban y que por lo general Eugenia tenía prendidos con una pinza de la ropa al calendario con una estampa religiosa que colgaba de una de las paredes de la cocina.

A mi me gustaba bastante pasar  con frecuencia por la esquina donde estaba el viejo vendedor, no sólo por prolongar con su imagen la memoria de mi abuelo sino porque desde la perfumería Le Parisien se expandía un inconfundible olor a coco. Lo exhalaba una crema hecha a base de esa fruta tropical que se vendía en aquel establecimiento y con la que se embadurnaban los bañistas en la vecina playa de San Lorenzo, no se si para ganar en morenez o como protector solar. El olor a arena húmeda, a sudor, salitre y coco casi podría decirse que fue el de aquellos veranos playeros de nuestra niñez, al que prestaba un fugaz dulzor el de los barquillos que vendía con el bombo al hombro un hombre ya mayor de rostro bronceado y cabello corto muy blanco. "Los traigo de miel", voceaba con un acento que parecía caribeño.

A falta de la información requerida para encontrar posibles concomitancias existenciales entre el anciano de Le Parisien y mi abuelo, me conformé con suponer que, como Teófilo, aquel vendedor de aspecto impasible que repartía tiras de una rifa a favor de una causa benéfica podría haber sido uno más de los jóvenes que en los inicios del pasado siglo se trasladaron desde las tierras del interior a la industriosa Asturias. En aquel viaje habría puesto las mejores de sus expectativas, sin  esperar probablemente que al cabo de tantos años su ancianidad pudiera estar sentada en la intemperie de una esquina vendiendo cupones. 

Tampoco, en el caso de mi abuelo, se puede decir que lograra más objetivo que el de llegar al final de su camino siendo un modesto jubilado del ferrocarril. La intrahistoria se explica mejor si se tiene en cuenta que, como ellos, hubo muchos otros que cuando salieron de sus depauperadas aldeas campesinas hacia las regiones industriales no contaban con ser los perdedores de una guerra en la que tantas vidas quedaron rotas, además de quedar demasiadas enterradas, con todos sus jóvenes sueños. 

DdA, XX/5.566

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Diario del Aire por el buen hacer el periodismo.

Félix Población dijo...

A los lectores, mi gratitud.

Publicar un comentario