miércoles, 20 de febrero de 2019

EL TESTIMONIO DE ANTONIO MACHADO EN COLLIURE


Félix Población

Acabo de leer un reportaje en eldiario.es a propósito del libro Los últimos caminos de Antonio Machado, la biografía del poeta escrita por el hispanista Ian Gibson, coincidente con los ochenta años de la muerte de don Antonio en el exilio de Colliure. No se sabe muy bien por qué se está conmemorando este octogésimo aniversario de la muerte del poeta. Quizá porque coincide con el del final de la Guerra de España que acabó con la vida de Federico García Lorca y traería consigo poco después la muerte de Miguel Hernández en la prisión de Alicante. Estamos hablando de tres grandes poetas, cuyas voces segó el régimen de quien todavía ocupa un santo sepulcro en el Valle de los Caídos, sin que al parecer el último y breve gobierno del PSOE se atreva a tomar la decisión de eliminar por fin esa ignominiosa afrenta. 

"Lo hemos enterrado ayer en este sencillo pueblecito de pescadores en un sencillo cementerio cerca del mar. Allí esperará hasta que una humanidad menos bárbara y cruel le permita volver a sus tierras castellanas que tanto amó". Este texto forma parte de la respuesta que dió José Machado a la oferta que se le hizo a su hermano para ser catedrático en Cambridge y que le llegó el mismo día de su muerte. Yo creo, a la hora de plantear lo que algunos propusieron en el pasado -el traslado de los restos mortales del poeta a España, una vez recobrada la democracia-, que esta iniciativa está perdiendo cada vez más sentido, si alguna vez lo tuvo. 

Personalmente pienso que la tumba de Antonio Machado en un pequeño cementerio francés y su inhumación allí en los últimos meses de la Guerra de España, debería operar como recordatorio de lo que supuso aquel conflicto y la represora dictadura que lo siguió. "Está bien en Colliure -afirma Gibson-. ¿Para qué traerlo? Y menos ahora". Habló don Antonio en sus versos de la sombra errante de Caín  y achacaba la persistencia del cainismo español a "ese sentimiento tan fuerte y tan vil que es el patriotismo", del que ahora nuevamente hay partidos que se ufanan ("somos la voz de aquellos que tuvieron padres en el bando nacional", dijo Abascal). 

Antonio Machado murió víctima de esa España, criticó la España de charanga y pandereta, cerrado y sacritía, devota de Frascuelo y de María,  de espíritu burlón y alma quieta, que ayer asomó una vez más en la deplorable intervención del portavoz del Partido Popular en el Senado al referirse al libro que la periodista Irene Lozano le escribió al presidente del Gobierno. No fue para corregir a la autora -impensable en una derecha inculta-, que le dio a san Juan de la Cruz una frase que corresponde a fray Luis de León ("decíamos ayer"), sino para guasearse del cambio de colchón requerido por Sánchez para su dormitorio en La Moncloa y ofrecerle un par de títulos al de "Manual de resistencia" a modo de ingenioso alarde crítico.

Dejemos en Colliure los huesos del poeta porque esta España sigue siendo zaragatera y triste, y allí al menos tenemos el más vívido testimonio de lo que España no puede volver a ser, por más que se enfrenten los cerriles nacionalismos de una u otra bandera. El tremolar de la tricolor y las flores sobre la tumba del poeta nos siguen diciendo que hay otra España, descrita en sus versos y en sus prosas, por la que su vida acabó en el exilio, "casi desnudo, como los hijos de la mar".

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PS. La izquierda está en peligro de abstención ante las próximas elecciones generales y Emilio Ledó nos dice que los políticos se corroen a fuerza de mentir y que es una gran desgracia estar gobernados por corroídos mentales. Resuelvan qué hacer el 28 de abril.

                     DdA, XV/4093                 

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