lunes, 19 de noviembre de 2018

EL EMPOBRECIMIENTO NACIONAL


Jaime Richart

La España de los patriotas de diseño viene empobreciéndose paulati­namente en distintos aspectos. En  economía, casi desde su adhesión a la Europa Comunitaria y paradójica­mente pese a los fon­dos recibidos de ella y sigue recibiendo. Todo empezó cuando los políti­cos casi recién estrenados, allá por los años 80 del pasado siglo, vieron en esos fondos un suculento botín... Y desde enton­ces hasta hoy, basándonos en datos fiables, se puede constatar que excepto unos cuantos (unos cuantos en comparación con los 47 millo­nes de habitantes del país) se han enriquecido o siguen enrique­ciéndose de manera escandalosa. Pero, aparte de ellos y de los pensionistas (percibir una pensión, aún mínima, tal como están las cosas es una suerte de riqueza), el resto a duras penas se man­tiene con el poder adquisitivo de hace 20 años o vive a salto de mata que es tanto como decir incertidumbre, zozobra y precarie­dad.

Pero no sólo ha empobrecido España en lo económico. También en otros ámbitos aunque, naturalmente, no todas las sensibilidades se resientan de ello por igual. Los siguientes que­brantos que paso a enumerar dejarán indiferente a mucho filisteo, a mucho espíritu vul­gar. Pero otros lo compartirán. Por ejemplo en cultura en toda su grandeza, excepto otros cuantos amantes de la universal o la doméstica, firmes en su práctica o en su interés, la mayoría vive ajena a ella, ajena a la lectura y ajena al Arte en todas sus manifesta­ciones. Unos por desinterés y otros porque han de dedi­car todo su tiempo a la supervivencia. No es que España sea un país significativamente culto y muy sesudo precisamente, pues el dogma, la moralidad falsa o superficial y la persecución del libre pensamiento han durado casi hasta ayer. Es cierto que en mate­ria de creatividad ha sido y es muy prolífica; tan prolí­fica como poco interesada salvo en círculos escasos en comparación con otras nacio­nes europeas. Por ello y porque la inestabilidad en to­dos los ámbitos nos acompaña ordinaria­mente, España también cultu­ralmente se empobrece...

Por ejemplo, la pobreza del lenguaje habitual, los usos lingüísti­cos de las nuevas tecnolog­ías de la comunicación; una marcada y parece que irreversible tendencia a femini­zar el lenguaje político con una constante inclusión del sustantivo o el adjetivo femeninos haciendo prolijo el texto hablado o escrito y ridículo el resultado; esa otra tendencia a cele­brar fiestas extrañas a nuestra cultura, co­mo Halloween y Fridayblack; la tendencia a expresio­nes, palabras o camisetas empapadas de lo “anglosajón”;  el cine estadouni­dense con una cuota de pantalla apabullante; frases rimbombantes de ese mismo cine... todo va penetrando en nuestra vida ordinaria de tal modo que quien no quiera quedarse a la al­tura de no se sabe qué, hablará y razonará a menudo de todo lo que en conjunto perte­nece al proceso implacable de globalización anglosajona que priva a todo de su singularidad y a todo lo despersonaliza.

Así está teniendo lugar la pérdida paulatina de la esencia de lo espa­ñol de buena ley, que nada tiene que ver con el sentido de “lo español de pasadas y supuestas glorias ni con una unión política de territorios más o menos forzada y artificial. Día tras día se entur­bian las señas de identidad nacionales que algunos o mu­chos quieren rescatar a la contra, es decir, difuminando o enterrando culturas de nuestro interior, unas veces por razones políti­cas, otras económicas, otras comerciales y otras inconfe­sables. Cada causa por su lado...

El caso es que todo eso que llega de fuera atenta contra la riqueza de lo español”, enten­dido no como un estereotipo sino como la suma de sensibilidades de los territorios que conforman la penín­sula e  islas. La verborrea en el vacío de la nada, unas veces, y la iracun­dia del charlatán sin más fundamento que mostrarse muy espa­ñol con banderas, banderitas o exclamaciones y sin más mo­tivo consciente o inconsciente de gozar los aparato­sos de “buena posición”, dominan la escena pública. Lo que no sólo exalta un in­sano patriotismo, es que lo hace aborrecer.

Y por si fueran pocos los motivos de indignación por los avatares de la puerca política, de la justicia que se esperaba redentora y no lo es, del periodismo que se esperaba objetivo y tampoco lo es, del ámbito religioso y de los residuos del franquismo, rancios y anacróni­cos, se acentúan los proverbiales defectos de lo hispano: improvisación, fanfarronería y poca reflexión. Antes quizá influyese en ello el pensamiento, filosofía y sensibilidad religio­sos que desde hace dos milenios decretaron una única verdad y un menos­precio de la actitud indagadora intelectual. Pero ahora, sin haberse desfigurado demasiado esa acti­tud, arrecian la monotonía, la aridez, la mediocridad en la política, en el periodismo y en la esté­tica. Y a la pobreza del lenguaje, repetitivo de los sustantivos y adjetivos sin apenas sinónimos, añadimos la influen­cia anglosajona citada, podemos añadir el desman­tela­miento vir­tual de la ganadería, de la industria y del I+D. Y si a todo lo dicho unimos una absoluta falta de humor en el  parlamento o en la vida pública más allá del que se gasta en las redes sociales, España poco a poco va perdiendo sus señas identitarias como nación soberana. Y las está perdiendo, en la medida que las culturas vasca, catalana, galaica o la andaluza intentan no perder la suya. Y entre tanto, demasiados siguen empeñados en acu­ñar una patria exclusiva a la medida de su sentido exclusivo y de su exclu­siva conve­nien­cia. Así es cómo en la España global todo lo que nos llega es bronco, cutre, gro­tesco, esperpén­tico, provocativo, desafiante, insul­tante, hipócrita, cínico, aburrido pero alar­mante.

En cualquier caso, mi impresión, la impresión de muchos españo­les que no son "mucho españoles" sino lo justo, es que la España económica, la España política, la España cientí­fica, la España cultu­ral, la España judicial y la España trabajadora llevan ca­mino de pa­sar, del agudo empobrecimiento en cada una de esas esfe­ras, a las mayores cotas de la mise­ria de su totalidad... 

DdA, XV/4.016