martes, 25 de septiembre de 2018

LAS TRES CARAS DE TREFACIO


Félix Población
A Flor y Juan, por su amor,
respeto y gratitud a la tierra que trabajan

La primera imagen podría dar una falsa y un tanto edulcorada visión de Trefacio. La casa es de las más hermosas de esta pequeña localidad sanabresa, que cuenta con otras de no menos vistosa y sólida apariencia en torno a La Puente que cruza el río -afluente del Tera- que da nombre al pueblo. En la casa vive Carmen, pintora y espíritu libre, que cuida a su padre. Pero otras muchas casas no tienen vida. Basta adentrarse en las angostas callejas para comprobar que esa es la tónica dominante en el caserío, reflejo de modo ostensible de la despoblación que sufre la comarca, que ha pasado de los más de treinta mil habitantes hace treinta años a poco más de seis mil.

El término municipal de Trefacio goza de lo que las guías turísticas llaman  un privilegiado entorno, el del Parque Natural Lago de Sanabria. Ese entorno no lo fue para las generaciones pasadas que por las duras condiciones de vida  hubieron de abandonar sucesivamente: desde los casi mil vecinos de los años treinta del pasado siglo a los poco más de ciento ochenta de hoy en día. Muchos burreiros (gentilicio del lugar) buscaron mejor vida lejos de su tierra: Madrid, Barcelona, Bilbao. Algunos compatibilizan su residencia en esas ciudades con cinco o seis meses en el pueblo, los de primavera y verano, apegados a un terruño que cultivan con esmero y dedicación, y les entronca con la memoria de sus mayores. Es el caso de Ángel, un jubilado octogenario de muy saludable aspecto que nos enseña amablemente su huerta feraz al paso por su casa.


Cabe suponer la crudeza del invierno sanabrés cuando toca abrigarse ante el excesivo frescor de una noche de mediados de septiembre, mientras a la luz de las farolas contemplamos desde La Puente el iluminado sueño de las truchas en las límpidas aguas del río, que no hace mucho bajaron negras de ceniza por uno de esos nefastos incendios forestales que arrasan la fronda y dejan estampadas esas grandes cicatrices de ceniza en los montes. A Trefacio, a esas horas de la media noche, únicamente se le siente por la rumorosa estrofa del agua que nos remonta sonoramente hasta sus orígenes: tres caras, tres familias se dice que dieron el topónimo a la localidad. También se habla de tres iglesias, de las que sólo quedan dos.

 
Debido precisamente a la fama truchera de su río, se inauguró hace tiempo un magnífico edificio al que le dieron uno de esos nombres ampulosos y pedantes que a veces se quedan en eso, sin desarrollar mayor actividad. Se trata del Centro de Interpretación de la Trucha, en uno de cuyos muros se hace balance -¡qué pena!- de una actividad finiquitada que no debería ser recuerdo, como se lee en la placa que identifica a Trefacio como el único pueblo de España en el que de una manera ininterrupida ha representado y montado obras de teatro con participación de los vecinos, durante 20 años (1983-2002). ¿Qué hizo posible lo que ahora por desgracia ya es pasado y quizá no vuelva nunca más a ser? Desde los ochenta hasta los inicios de este siglo, la localidad siguió perdiendo vecindario y puede que también a quienes impulsaron y mantuvieron esa encomiástica iniciativa.


Entre la maleza que crece en los solares muertos o tras las gruesas vigas carcomidas de las casas y las cuadras, una vez traspasados los umbrales ruinosos bajo los que un día pasaron y se fueron tantas vidas, no es raro observar rincones como el de la cuarta imagen. Ese viejo banquillo al sol donde tantas veces habrá buscado calor a mediodía la anciana o el anciano de la casa, esperando acaso que su último aliento respirase la cálida placidez de esas pocas horas templadas a la intemperie, para que así fuera menos fría la última. Al visitante le gustaría dar a ese rincón el nombre de uno de esos abuelos de piel terrosa, sedentes, silentes y oscuros, para hacer más definido el siluetado de la imagen que se dibuja imaginariamente sobre el banco como testimonio humano de un mundo perdido.



Hasta Trefacio han venido a vivir sus fines de semana Juan y Flor, acaso porque en su primera memoria Sanabria y su lago tienen un poder de convocatoria afectivo y telúrico con la suficiente convicción de arraigo como para compartirlo y hacerles mutuamente mucho bien por lo que supone de reencuentro. Ninguno de los dos cuenta con un trabajo estable, rebasados los cuarenta. Como tantas parejas, viven gracias a contratos temporales, unas veces en paro y otras con empleos que no pasan de uno o dos meses. Esa imposibilidad de plantear un porvenir estable, con todo lo que comporta de azaroso para su futuro y de rémora y vergüenza para los gobiernos de la nación a la que pertenecen, no les ha impedido aprovechar la oportunidad  de comprar un pequeño terreno -a la vera de un añoso nogal-, hacer habitable una vieja cochera y preparar un huerto con el que reducir los gastos del condumio. Todo, con más ingenio que dinero. Todo, con más ilusión y trabajo que posibles. Así habrá en este país mucha más gente, valiosa y capaz de crecerse en las adversidades para que nada ni nadie haga sombra a sus proyectos, por modestos que sean y tan esenciales también para alumbrar de gozo su querencia por la naturaleza.


Después de trabajar unas cuantas horas, hasta entrada la tarde, en la huerta y en el porche que ampliará en unos pocos metros la pequeña vivienda, nada mejor que un baño en las frescas aguas del Tera, con lugares tan recogidos y apacibles como el de la fotografía, con los peces a flor de agua y el chapoteo quebrando de frescor el silencio templado del aire. Si a eso añadimos una buena ración de pulpo en un bar de Ribadelago Viejo, donde para el visitante siempre será ineludible el recuerdo de aquella trágica noche de invierno de 1959 en que la rotura de la presa sepultó al pueblo y nadie pagó por la muerte masiva de tantos campesinos, no queda otra que echar una mirada al lugar donde quedaron sepultadas tantas voces de espanto. Con las últimas luces de la tarde, las plácida superficie del mayor lago de origen glaciar de España enciende en la mirada un extraño efecto hipnótico, entre inquietante y relajante, del que cuesta trabajo desasirse, como si algo muy interior tirase de nosotros, en medio del impresionante sosiego del lugar, hacia la gran hondura de sus profundidades.

Al dejar Trefacio, al día siguiente, comprobamos que llevamos con nosotros una imagen con tres caras de esta umbría localidad sanabresa: la del pueblo que fue y ha dejado de latir en su abandono, la del entorno privilegiado al que acuden los turistas para convivir durante los periodos vacacionales con los lugareños residentes, y la de esa pareja (Flor y Juan) y el saludable octogenario en sus respectivas versiones: la de quienes buscan unirse a la tierra natal y forman parte del nuevo precariado, como también lo fue el de los vecinos que se fueron en el pasado, y la de quien habiendose ido y hecho su porvenir lejos de allí vuelve a Trefacio porque quizá obedezca a un poder hipnótico similar al que se prende en los ojos al contemplar la superficie del lago. Unos y otros buscan quizá las raíces de lo más primario y auténtico de nuestra procedencia y mantenencia.

Fotos del autor

  DdA, XV/3962