martes, 24 de julio de 2018

CUANDO ATENTARON CONTRA LA MADRE DEL EMIGRANTE EN GIJÓN

Mi estimado colega Manuel de Cimadevilla, que bien podría ser el cronista de Gijón que la ciudad requiere por su azarosa, enjundiosa y dilatada historia, viene publicando desde hace tiempo en el diario La Nueva España una página semanal en la que hace memoria de la acogedora villa cantábrica. A Manolín, como le llamábamos en su tiempos de cantautor juvenil, con un largo currículum profesional desde que lo iniciara en El Comercio de su inestimado Carantoña Dubert, el periodico de Prensa Ibérica no le paga un euro por su generoso y documentado trabajo, siguiendo la deplorable y nefasta costumbre que ha abaratado hasta extremos en verdad vergonzosos el oficio, aunque medios como ese cobren por suscripción digital si el lector quiere leer esa misma página u otras secciones del diario como las columnas de opinión. La página de esta semana de don Manuel habla del atentado que sufrió una magnífica y dramática escultura de Ramón Muriedas, conocida como La madre del emigrante, a quien más que la coña gijonesa fue la ignorancia artística la que calificó como Lloca del Rinconín. No comparto con mi apreciado colega lo del podestal porque perderíamos la cercanía con la desolada expresión del rostro de esa sobresaliente obra a pie de mar, la mirada puesta en el horizonte.




Miles fueron los emigrantes que a finales del siglo XIX y también después de la Guerra Civil, se desplazaron en busca de una nueva vida en ultramar. En el “Rinconín” del paseo de la playa de Cervigón, el Ayuntamiento había encargado en el año 1970 -con motivo de la celebración de un congreso mundial de sociedades asturianas- mediante una adjudicación directa, sin concurso alguno porque no eran habituales en aquellos tiempos, la primera estatua modernista al escultor Ramón Muriedas Mazzora (Villacarriedo, Cantabria, 1938-Santander, 2014) quien entonces así iniciaba una exitosa carrera reconocida tanto en su tierra natal, como por diversas instituciones que le concedieron notables distinciones honoríficas. El escultor Muriedas era un artista que le gustaba recrear la melancolía envuelta en un halo de misterio con temática relacionada con la familia y el amor. De ahí que el alcalde Luis Cueto-Felgueroso le encargase a él su realización.
El emplazamiento para la escultura era idóneo, ya que la madre miraba hacia El Musel con el desgarro en su rostro y la maternal mano tendida a la espera del retorno de su hijo. Pero el grave error que cometió el Ayuntamiento fue no tener en cuenta la propia concepción de la estatua por lo que ignoró que el pedestal sobre el que tenía que ser colocada tenía que ser mucho más alto –los expertos calcularon que sobre tres metros- a fin de que la cabeza observada desde el paseo tuviese las dimensiones correctas desde una perspectiva lógica. Para que nos entendamos: los santos y vírgenes de nuestros altares han sido colocados en las alturas para compensar estéticamente su proporcionalidad.
La habitual coña gijonesa motivó que entonces fuese bautizada popularmente como “la lloca del Rinconín”, cuando de demencia no tenía nada más que los entrañables sentimientos de una madre que sufría por la marcha de su hijo. Así fue víctima de constantes pintadas y la falta de respeto culminó con la colocación de un artefacto explosivo que la derribó. No se dieron mucha prisa en las labores de reparación, por lo que tardó tiempo en volver a ser colocada, pero sin resolver hasta hoy en día el problema del pedestal.

DdA, XIV/3909