lunes, 28 de agosto de 2017

EL VEERHAVEN CONCERT DE LA FILARMÓNICA DE ROTTERDAM: MÚSICA A PIE DE MAR Y CALLE


Félix Población

El pasado sábado tuve la oportunidad de asistir en Veerhaven, el puerto histórico de Rotterdam, a uno de esos conciertos para los que la memoria ha de hacer un lugar de privilegio a fin de fijarlo bien en el recuerdo. Se trataba de la décimo quinta edición del OVG Veerhaven Concert, evento celebrado cada año por estas fechas al aire libre en esa ciudad, a modo de apertura de temporada de la Orquesta Filarmónica de Rotterdam, dirigida en esta ocasión por el joven director Lahav Shani. Intervinieron como solistas la soprano Charlotte Houberg y el pianista Simon Trpceski. 


A las ocho menos cuarto de la tarde, ante un aforo desbordado que se extendía hasta la vecina plaza con el público en pie o sentado en las aceras y en las sillas que había traído de casa, Florian Verweij hizo sonar el piano con un preludio de Scriabin y un estudio de Lyapunov. Venía a ser la introducción previa a un programa íntegramente ruso, abierto de modo impresionante por la obertura Ruslan y Ludmilla, de Glinka, y por el siempre conmovedor  primer movimiento del Concierto número 1 para piano y orquesta de Chaikovski. Podría pensarse que por incomodidad, sentado en el bordillo de una acera, y en medio de un ambiente externo tan entretenido no tendría como oyente la suficiente capacidad de concentración para percibir la emoción y belleza de esa música, pero puedo asegurar que nunca como esta vez me llegó tan a fondo, gracias sin duda al respetuoso silencio de la audiencia, la perfección del sonido y la alta cualificación de la orquesta y los solistas.

La soprano Charlotte Houberg y el pianista Simon Trpcesky interpretaron a continuación La alondra, de Glinka, y Aguas de primavera, de Rachmaninov. Admirable voz la de Houberg, que volvió a impresionarme con las dos piezas siguientes, compuestas por Chaikovski y Korsakov. Completaron el programa el andante de la Sonata op. 19 para violonchelo de Rachmaninov -extraordinario- , el tercer movimiento de la Sinfonía número 4 de Chaikovski y el finale de esta misma obra. 


Casi resulta obvio decir que los aplausos del respetable fueron entusiastas y que la orquesta obsequió a la concurrencia con varias piezas más, entre las que sobresalió El vals de las flores del ballet El Cascanueces, también de Chaikovski, y con el que se puso punto final a una velada en verdad inolvidable por la que los ciudadanos melómanos de Rotterdam sienten auténtica devoción. Sólo con ver los rostros y actitudes del público a la salida de concierto en bicis y tranvías, se puede certificar este sentimiento y quizá también el orgullo de disponer de una gran orquesta. No es la Real del Concertgebouw de Amsterdam, una de las mejores del mundo, pero puede que la vecindad de ésta le sirva a la de Rotterdam como importante  y encomiable estímulo.
 
Es de hacer constar que, pese a celebrarse en la calle, en un recinto abierto y con una audencia masiva, no observé ningún tipo de cobertura policial visible, a pesar de que días antes se había suspendido un concierto de rock en esa misma ciudad por un riesgo de atentado terrorista que luego resulto ser falso.


DdA, XIV/3618