miércoles, 26 de julio de 2017

CAGARSE DE MIEDO A CAGARSE DE MIEDO Y OTRAS REFLEXIONES

 La imagen puede contener: una o varias personas, pantalones cortos y primer plano
 Conocí a Pepe Guinea, a su abuela y familia hace algunos años, con ocasión de una circunstancia que no viene al caso para lo que este Lazarillo quiere resaltar en este post. De Pepe sé sobre todo que es un buen fotógrafo y que su personalidad se afirma en la firmeza de voluntad y carácter que ha demostrado en el transcurso de su grave enfermedad, sobre la que nos ha dado noticia con un afán de resistencia y combatividad digno de encomio. Hoy me llegan estas reflexiones que también considero interesantes y de muy humano temple, por escatológico que pueda resultar su asunto en primera instancia, tal como él mismo subraya a modo de advertencia. Las dejo a consideración de los lectores de este modesto DdA como semblanza de una persona que, además de mi respeto, se ha ganado mi admiración. Van tal cual Pepe las ha escrito y participado a quienes le siguen y seguro que le quieren. Con gente así, este país debería ser mucho mejor de lo que es.

Pepe Guinea

Mas allá de esas historias épicas en torno a mi proceso de enfermedad, la realidad ( y a riesgo consciente de acabar definitivamente con lo que me quede de sex appeal), es que soy uno de esos tipos que se caga de miedo de forma literal. Las situaciones estresantes tienen un efecto sobrenatural sobre mi intestino desde mi más tierna infancia y así como los galos de esa pequeña aldea rodeada de fortificaciones romanas, temían con pavor que el cielo cayera sobre sus cabezas, mi situación más temida ha sido desde siempre cagarme encima. Dentro de que entiendo que es una situación incómoda para tod@s a partir de cierta edad, no sé de dónde me vendrá este terror incapacitante que me acompaña desde que tengo memoria. He pasado gran parte de mi infancia y adolescencia con los bolsillos llenos de papel higiénico, mapeando mentalmente la ubicación de los aseos más cercanos en cualquier desplazamiento con una precisión a la que ya le gustaría acercarse cualquier dispositivo GPS. Desgraciadamente, en este país no todos los aseos están cuidados con el mimo que deberían y menos aún los de hombres. No se tiene en cuenta que para ese porcentaje de población que tenemos el colon como una pista de saltos de esquí, encontrar cuando es necesario un aseo en condiciones, es tan vital como hallar un oasis cuando uno anda perdido en medio del desierto. El caso es que enfrentando hace algo más de un año una operación de riesgo, de la que podía salir con una afectación neurológica importante, mi mayor preocupación era qué iba a pasar cuando inmovilizado y enganchado a media docena de máquinas, sintiera la llamada de mi intestino. Quien me iba a decir que mi problema iba a ser el contrario y que tras salir en un tris de la UCI, iba a tener que recurrir a una medicación específica para que mi maltratado cuerpo no llegara a la semana sin poder evacuar. Pobre de mí, que no sabía que la peor parte estaba por llegar… Uno de los más tempranos síntomas de la quimioterapia, fue el estreñimiento, algo totalmente desconocido en mi vida, que siempre me pareció que sería algo así como una bendición, encontrándome siempre en el extremo opuesto debido a la somatización de mi carácter nervioso. Tengo que confesar que el mal que padecen con discreción gran número de mujeres, no es nada a envidiar y que no sabía ya a que santo rezar, para que al igual que se pasean fervorosamente algunas imágenes religiosas para traer la lluvia, algún ser supremo se dignara a escucharme para poner fin a mi agonía. Pero la historia no acaba aquí, señor@s y disculpen ustedes si me explayo en exceso en torno a este íntimo sufrimiento que me ha condicionado la vida durante el último año. Como castigo bíblico o ley de Murphy, basta con que algo se tema con terror y que pueda pasar para que pase. Acompañado de otras sintomatologías que gracias al cielo han ido mejorando, la acumulación de tratamientos me llevó a una pérdida de fuerza global, que no podía imaginar por mucho que me la hubieran descrito. No tener fuerza apenas para masticar, para levantarme de un sillón y desplazarme de un cuarto a otro es algo difícil de describir si no se ha padecido. Los objetos empezaron a caérseme de las manos como a esta altura del año pasado y mantenerme de pié durante un tiempo fue un reto complicado. Creo que jamás se me olvidará esa noche en la que me caí de la cama al tratar de alcanzar la cuña para mear y tardé más de media hora de ardua pelea en lograr auparme de nuevo a ella. Habría sido tan sencillo como golpear la pared o dar una voz para acabar con mi agónica lucha, ya que no recuerdo quién, pero alguien me acompañaba durmiendo en el cuarto de al lado. Fui incapaz. Desde un orgullo insano (creo después de lo vivido que cualquier orgullo lo es), sentía tanta humillación e impotencia, que no encontraba otra manera de vivirla que no fuera solo y en silencio. Aquí viene la vida para dar lecciones y ponernos a cada un@ en nuestro sitio. Pasé de ese agónico estreñimiento a una incontinencia incontrolable, ya que esa pérdida de fuerza inaudita que antes mencionaba era absoluta y cruelmente global.
Pasé muchos meses con terror a salir de casa. Mi fantasía más horrible había venido a mi encuentro sin piedad. Las visitas me generaban gran incomodidad debido a su efecto potencialmente laxante. En las salidas a recibir tratamiento, me encomendaba a lo más grande para atravesar sin situaciones incómodas los 8km que deben separar mi casa del hospital de día de Oncología. Los 45 minutos encerrado en un tubo sin poder moverme que lleva cada una de mis resonancias, supusieron en algún caso, que el día anterior no me atreviera a comer. Y llegué a un punto donde posiblemente enfrenté el acto de valor y humildad más consciente que en todo este periplo siento que he podido realizar y da origen a esta imagen que acompaña el texto. Salir de ese encierro al que me había condenado por ese miedo a una situación angustiosamente indecorosa y vestir unos pañales. Y salir asumiendo que ese momento tan temido podía llegar y no reducir mi vida a un área de 100m de mi cuarto de baño. Equipado siempre con ropa para cambiarme y en pañales, he sostenido mi sudor frío en la cola de la compra, he salido a correos de vez en cuando a recoger algún paquete y he subido esos dieciséis pisos que me separaban de la cima en cada revisión de neuro oncología. Me propuse desde Marzo salir cada tarde a la plaza a leer un libro y comenzar a pasear después, aumentando las distancias progresivamente según iba ganando confianza. Algún día me puse en plan temerario y hasta salí sin mi pañal. Me apunté a clases de inglés tres mañanas a la semana haciendo frente a mi pánico. Fue duro. Me tocó asumir, que una vez dejada atrás la quimioterapia, mi problema era únicamente nervioso. A veces pienso si me podría ahorrar gran parte de un sufrimiento, que solo tiene que ver con mi exigencia conmigo mismo, si todos los caminos llegan finalmente a Roma e independientemente de lo que haya hecho, estaría donde estoy ahora. Realmente no lo sé. Sí puedo evaluar objetivamente que en los últimos 20 días he viajado en solitario, conduciendo más de 1500km, habiéndoseme reconocido hace un año una gran invalidez a nivel laboral y un 75% de discapacidad hace algo más de 6 meses. Que he podido compartir experiencias bellas, conocer nuevas personas, involucrarme en nuevos proyectos… bañarme en el mar y tomar el sol, entre otras muchas cosas. Gracias, vida, divina providencia, madre naturaleza o quien haya detrás de todo esto. Y gracias, cómo no, a mis pañales, en este transitar.
Quizá si a estas alturas me sigues leyendo, hastiad@ te estés preguntando… y para qué este tipo comparte ahora todo esto? Primero, me es liberador. La mente en sus terrores es muy sofisticada, al menos la mía. Cagarse de miedo es una frase hecha, algo relativamente aceptado y común. Cagarse de miedo a cagarse de miedo, va un paso más allá. Creo que el cómplice de esta situación es el secreto, vivirlo en silencio. Ya no lo será más. Segundo, compartir que todo pasa, que a veces no queda otra que sostener una situación que no puedes cambiar, que pueda llegar a cada una de esas personas que lo necesiten para aliviarlas en lo posible, dentro de que el silencio agrava cualquier padecimiento. Compañer@s, no estáis sol@s.

DdA, XIV/3593