martes, 6 de junio de 2017

LA VIRGEN Y SUS RITOS SON DE LA IGLESIA CATÓLICA


 

FELMA. Málaga

Hay tres cosas que como mujer, andaluza y atea me gustaría decirle a Teresa Rodríguez ante su defensa de la condecoración concedida por el alcalde de Cádiz a la Virgen del Rosario:

Soy mujer y no hay nada en esa imagen de joven madre vestida de oro y paño, ni en ninguna otra de carácter religioso de las que tanto abundan en mi tierra, que me provoque el más mínimo sentimiento ni emoción mística o popular. Al contrario: pensar que representa a una mujer de la que se valora que se mantenga virgen, como si serlo fuera algo más puro que lo contrario y no serlo fuera algo malo, me ofende como mujer que ha parido sus hijos de la forma más natural del mundo, es decir, después de haber follado. Saber que esa “virgen” es el icono de la mujer sumisa, obediente, esclava de la voluntad de un hombre, y que sirve de referencia para mantener esa situación entre las mujeres allá donde se encuentra, ya sea en iglesias, escuelas o cofradías de pescadores, me ofende aún más, porque que piensen de mí que soy sucia o menos pura, me da lo mismo, yo sé que no es así, pero que transmitan esos valores misóginos y patriarcales en escuelas, ceremonias y fiestas populares de esas que, según Teresa, trascienden lo religioso, me resulta desolador.

Soy andaluza. Es verdad que no soy gaditana y no puedo sentir el fervor “pararreligioso” que provoca la Virgen del Rosario, pero soy malagueña y podría verme arrebatada por un sentimiento parecido ante la Virgen del Amor que, como su ¿hermana? (no sé que son entre sí estas dos señoras) gaditana, también ha sido objeto de una condecoración. Condecoración que -esta sí- fue criticada desde las filas del partido político de Teresa Rodríguez. Seguramente al ser un ministro ajeno al sentimiento andaluz quien se la otorgó, lo hizo con esa prepotencia que demuestran los de Madrid, esos desconocedores de la esencia andaluza… Sin duda, va a ser eso.

Sin embargo, yo no siento la más mínima pasión ante esa imagen dolorosa, mucho menos fervor, orgullo o dignidad y soy del pueblo andaluz (por más tiempo que la señora Teresa Rodríguez porque nací hace más de cincuenta años y he vivido siempre en esta tierra). Hija, nieta, hermana de andaluzas, viví la religiosidad obligatoria en mi niñez y no puedo negar que alguna vez la disfruté: no había otra cosa. Porque esta religiosidad de vírgenes y señores bañados en oro y terciopelo se impuso en Andalucía a golpe de palo y rezo y no quedó nadie con el valor o el aliento suficiente para defender su irreverencia. Es cierto también que, exterminados los infieles, les fue muy fácil a los vencedores multiplicar sus ritos y sus fiestas. No hay más que ver cómo se han ido llenando las calles y las plazas de procesiones, misas, romerías un día sí y otro también. Pero eso no quiere decir que todo el pueblo sea creyente, ni mucho menos que defienda la concesión de la medalla de la ciudad para una imagen.

Soy atea y no por eso dejo de ser pueblo y merecer ser representada como cualquiera por las instituciones públicas.
Pueblo es el pescador cofrade y lo es la hija del represaliado ateo.
Pueblo es quien sale detrás de la procesión y lo es quien huye despavorido cada vez que amenazan con sacar un trono a la calle.
Lo es Teresa y lo soy yo.
A ver cuándo entienden de una vez que, en asuntos de pensamiento o creencias, la única manera de representar a todas las personas es no representar a ninguna.

Por mucho que, para justificar la intromisión de la administración pública en asuntos religiosos, Teresa quiera pensar que la Virgen del Rosario es de TODO el pueblo, y que su “devoción” trasciende lo religioso, se equivoca: la Virgen y sus ritos son de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, solo sobrepasan los límites de lo religioso en la medida en que la Curia lo consiente y solo sus fieles pueden hacer uso de ellos. Que se lo digan, si no, a las personas imputadas por imitar una crucifixión, poner su cara en una imagen o procesionar un coño. A las que, por cierto, flaco favor les hacen exaltando desde el despacho lo que solo debe exaltarse desde el púlpito. Si verdaderamente estos ritos fueran de todxs, no solo ellos podrían banalizarlos, arrastrándolos en masa a gritos de “guapa”, “novia del pueblo”,  y otros piropos lanzados entre alcohol, farándula y lágrimas a la par  y sin verse por ello al día siguiente ante una denuncia en el juzgado.

Lo que Teresa Rodríguez y Kichi, Monedero, Iglesias, están defendiendo es un sinsentido y tanto ellxs como los jerarcas de la iglesia lo saben, pero se lo callan, estos porque les interesa afirmar su presencia en todas las instituciones públicas y -digámoslo claramente- les divierte ver a aquellos, hasta ayer anticapitalistas, bajando la cerviz ante sus poderes; y lxs otrxs porque creen que así conseguirán los votos de los que aún los consideraban izquierdosos extremistas seguidores de ideologías tachadas de anatemas, esto es: feministas, independentistas o laicistas.

MEDALLAS PARA TODOS LOS GUSTOS
La imagen puede contener: una o varias personas, exterior e interior
Teresa Rodríguez, en una entrevista en la SER, me ha citado como argumento de autoridad, en mi calidad de antropólogo social y cultural, para defender la concesión por el ayuntamiento que preside su marido de la medalla de oro de Cádiz a la Virgen del Rosario, patrona de la ciudad, lo que ha desencadenado una fuerte polémica. Como no me han preguntado sobre el tema y a veces los libros y artículos que uno escribe pueden leerse con alguna ligereza, o no interpretarse bien, comparto en abierto lo que hubiera dicho en privado si me lo hubieran pedido.
Intuyo que la “iniciativa popular” instando al ayuntamiento a dicha concesión pueda deberse al interés de poner, una vez más, en apuros al alcalde, que suele tener dificultades para salir de los charcos en los que otros lo meten o se mete él solo. Porque si se pronunciaba en contra podría acusársele de sectarismo y de menospreciar a miles de gaditanos, y si a favor le acusarían otros, de su propio ámbito político, de seguidismo y blandura con la derecha y de violar la aconfesionalidad de las instituciones públicas. (Ante estas críticas, el propio Pablo Iglesias ha tenido que echarle un capote). Desconozco qué entidad desarrolló la campaña de recogida de firmas. Desconozco también por qué esa petición no se hizo en los muchos años de alcaldía de doña Teófila, que la habría acogido con entusiasmo. Y no opino sobre si seis mil firmas son o no un porcentaje muy significativo sobre el total de empadronados en Cádiz. Pero constato que tanto la derecha tradicional como el PSOE acostumbran a fabricar confrontaciones en el plano simbólico e ideológico abstracto para enmascarar los concretos problemas de la gente y las diferencias (o afinidades) en el plano de la política práctica sobre ellos. Esto es ya un clásico.
¿Qué habría hecho yo de estar en el pellejo y en el cargo –los dioses me libren- del alcalde de Cádiz? Pues asumir la propuesta pero ampliándola, presentando al pleno del ayuntamiento un paquete no fragmentable de medallas de la ciudad a incuestionables REFERENTES IDENTITARIOS significativos para la totalidad o para amplios sectores de la ciudadanía. Sin que la relación aspire a ser exhaustiva, yo propondría los siguientes:
- El Carnaval (encarnado en El Tío de la Tiza, a título póstumo, y/o en algún/os letrista/s que ya no participen en concursos).
- Fermín Salvoechea (a título póstumo, por su ejemplar lucha en favor de la soberanía popular).
- Los diputados de las Cortes de Cádiz (por su resistencia al invasor francés y su apuesta contra el absolutismo, aunque la Constitución que elaboraron tuviera muchas supervivencias del Antiguo Régimen).
- Carlos Cano (por su amor a Cádiz, que expresó en muchas de sus coplas).
- El Cádiz Club de Futbol (en la persona de Mágico González o de algún viejo aficionado que nunca haya pertenecido a su directiva).
- Jesús Nazareno, “el Greñuo” (si no la tiene ya, y aunque ya sea “alcalde honorario perpetuo”).
- La Virgen del Rosario, patrona de la ciudad (tal como piden los firmantes de la actual petición).
- El frito gaditano (quizá concretado en la tortillita de camarones o en alguna freiduría clásica que aun susbsista).
Estas ocho medallas (ampliables, claro, si fuera conveniente) se concederían por el alto grado de identificación popular con ellos, más allá de los contenidos ideológicos de sus destinatarios. Y por ser símbolos –como tales polisémicos, es decir con diversidad de significados- compartidos por la ciudadanía, aunque cada gaditano/a pueda verse identificado con algunos y no con otros. A mí, al menos, la relación me parece razonable. Y transversal, como ahora se lleva decir. Y, sobre todo, descargaría el tema de carga política sectaria.
Isidoro Moreno Navarro
DdA, XIV/3556