miércoles, 28 de junio de 2017

AHORA QUE LAS LLAMAS CERCARON DOÑANA, RECORDEMOS A ANTONIO MACHADO NÚÑEZ


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Félix Población

Ahora que la barbarie ha prendido una vez más su mecha asesina en las inmediaciones del corazón de Doñana, ese maravilloso parque de vida que España tiene en el suroeste de la península, bien está recordar a quienes nos precedieron en el estudio, cultivo y admiración de la naturaleza, como el abuelo del poeta fallecido en el exilio en Colliure (Francia) en el invierno de 1939. 

¿Qué podría pensar y sentir don Antonio Machado, durante el trayecto de esa comotiva de miles de conciudadanos que hubo de abandonar el país, derrotada y hambrienta, ante el avance represor de las tropas franquistas, teniendo como tenía en su memoria el recuerdo de un abuelo del que llevaba su nombre y había escrito libros de título tan elocuente como el que ilustra estas líneas? 

Con la diáspora de Antonio Machado y tantos y tantos intelectuales y artistas republicanos, se expulsaba del país a aquella España que personalidades como la de su abuelo representaba. Se cuenta que la influencia del abuelo Antonio (1812-1895) sobre su nieto Antonio se hizo notar. Antonio Machado Núñez fue médico, pero también se licenció en Historia Natural y dejó su profesión para dedicarse a esta materia.Tuvo un destacado papel en La Gloriosa (1868), como integrante de la Junta Revolucionario de Sevilla, de cuya ciudad fue alcalde. Gran amigo de Francisco Giner de los Ríos, a quien su nieto dedicaría un excelente poema, Machado Núñez fue un significado adalid del krausismo en España.

 Ocupó la cátedra de Historia Natural de la Universidad de Sevilla entre 1856 y 1875, donde desarrolla una intensa labor docente, investigadora y divulgativa, abriendo la universidad a las corrientes científicas europeas. Propagandista entusiasta de las teorías evolucionistas de Darwin, constituyó el gabinete de Historia Natural, con la aportación de algunos objetos procedentes de la Escuela de Medicina de Cádiz, que fue un referente internacional al que acudían para sus estudios muchos científicos extranjeros. Fue dos veces rector de la Universidad de Sevilla (1868-1870 y 1872-1874) y terminó su vida académica en la Universidad Central de Madrid como catedrático de Zoología.

¿Llegaría a imaginar don Antonio Machado en su desdicha terminal, enfermo y desolado en Colliure, que la derrota de la España que su abuelo había defendido desde 1868 iba a traer consigo tantos años después -entre otras penurias y atrocidades- la de la gran barbarie del hombre prendiendo fuego al bosque y a las aves de su Andalucía? Tan oscuro debía ser aquel horizonte que quizá sí. Fue él quien escribió:

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.


DdA, XIV/3573

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