lunes, 27 de marzo de 2017

LAS FORMAS EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS


 Hubo quien, en 2005, pretendió hacer del Parlamento un ring contra Rubalcaba, y ahí sigue, elevado a portavoz.

Jaime Richart

El siguiente escrito puede servir como piedra de toque para que se vean las enormes diferencias entre unas men­tes y mentalidades y otras, y la muy diferente manera de ver e interpretar la realidad de unos y otros viviendo to­dos en un mismo país zurcido a la fuerza.

Hay gentes, como leo en El País, que dicen como si fue­ran oráculos que "los Parlamentos son lugares para la arti­cula­ción política y están dotados de un ceremonial. A sus seño­rías se les exige corrección, respeto y compos­tura. A no ser que, como dijo el ex presidente del Con­greso Ma­nuel Marín, se pretenda transformar la Cámara baja en una taberna... Gentes que para nada atisban que España ni es una ni es grande ni es libre, como pretende el grito de la falange española y el lema del caudillismo español, y por eso a partir de ahí siguen recurriendo a lo que para otros es una ca­dena de disparates, de incorrecciones, de falta de respeto y de incomposturas. Pues quieren ignorar que en Es­paña hay tantas españas como sensibilidades y tantas sensibilida­des como territo­rios donde existe la concien­cia de que vivir juntos y la voluntad política les con­figura en una nación (Jellinek); lo di­gan o lo reco­nozcan o no las le­yes o una Constitución que en el fondo res­ponden a ese grito. Esto lo testimonia tam­bién la tan dife­rente manera de enfo­car los problemas y las posibles solucio­nes para la socie­dad excluida, así como tan diferentes objetivos y prio­ridades para unos partidos políticos, y los objetivos y prio­ridades de esos otros, los de miembros del partido del go­bierno espa­ñol que, no son otra cosa que oportunistas, como cuando dijo uno de ellos hace años: he ido a la polí­tica a forrarme.
Pero también, como no podría ser de otro modo en este extraño y puñetero país, periódicos, radios y tele­vi­siones re­flejan tan extremas sensibili­da­des ante la gobernación, la polí­tica, la po­breza y la distribu­ción de la riqueza... al priori­zar las "for­mas" y el modo de inter­pretar la "co­rrec­ción" y la "compos­tura" en el hemiciclo que recla­man los custodios y los templos de la di­vinidad o de la justi­cia, so­bre la impor­tancia del fondo de cada grave problema. Si este país fuese normal, las formas complementarían mag­nífi­camente su estampa. Pero España es un muladar y un avispero de lo dicho, de sensibilidades.

Es cierto que guardar las formas es imprescindible, aun­que sólo sea para entenderse quienes se supone se dan cita en una sala de justi­cia, en una tertulia de café, en un parla­mento polí­tico o en un acto litúrgico de iglesia. Pero si las for­mas pre­vale­cen sobre el fondo, si a las formas se les da un va­lor supe­rior al fondo de la cuestión debatida, tra­tada o en­jui­ciada, el esperpento valleinclanesco no está en alte­rar esas formas que, por otro lado, siempre son suscepti­bles de interpreta­ción, sino en dar más importan­cia al proto­colo de la horca o de la silla eléctrica que a la abe­rra­ción de conde­nar ejecutar quizá a un inocente.

Que en el parlamento español hay un ejército de abusado­res (unos protagonistas y otros cómplices de la­dro­nes de lo público que, por "las formas" de un escruti­nio, para muchos incluso fraudulento, están ahí por la gra­cia de dios, por el apoyo de una conferencia episcopal, por tejemanejes electo­rales y por la debilidad mental de millo­nes de votantes) es un hecho incontrovertible para cual­quier observa­dor neutral, sea nacional o in­ternacio­nal.

Y que por eso mismo ya el parlamento español se parece mucho más a una co­rrala o, como dice un ex presidente del Congreso, a una ta­berna. Y no sólo eso, es que es enorme el con­traste en­tre la mentalidad y la catadura de la parte principal de los di­putados que representan al pueblo español que interpre­tan "las formas" en detrimento del fondo de los temas debatidos, y la mentali­dad de quie­nes siendo una minoría convencional repre­senta a otra gran parte de ese mismo pueblo español y exi­gen para ella el res­peto que los otros le niegan.

De modo que si enumerar con el diccionario de la len­gua en mano una serie de vocablos y expresiones que de­nomi­nan la actitud de un gobernante que sobra aun­que sólo sea por su actitud habitual, es de taberna, esa exposición su­pone un home­naje al espíritu de "la taberna", e incluso al es­píritu del prostíbulo donde la mayoría de mere­trices está allí porque no puede de otra manera comer ni dar de comer a su hijo.

En todo caso muchos creemos que el respeto a las for­mas llega después de haber de­mos­trado los que las recla­man que su comportamiento en el des­empeño de la fun­ción pública ha sido correcto o al menos no merece despre­cio o persecución por haber hundido en la miseria y en su propio provecho a grandes mayorías.

Por lo que dense con un canto en los dientes sus señorías de la orto­doxia y de la preocupación por las formas, con que toda esa población que per­ma­nece indignada porque sus señorías no hacen más que dar pábulo a su indigna­ción, no se decidan de una vez a tomar los palacios de in­vierno y les condenen a todas ellas de por vida a bajos me­neste­res con grilletes. Porque motivos no les faltan. Y ca­llen cuando otros par­lamen­tarios rompen, según su idea, las formas orto­pédicas impuestas por personajes que no han hecho ni hacen otra cosa que blindar su ideolo­gía des­valijadora, y blin­darse a sí mismos y su futuro. Esmérense sus señorías en manejar las suyas -entre las que figuran los frecuentes insultos desde las bancadas del hemiciclo-, con el cinismo y la flema acos­tumbrados de quienes solapan su canallismo en protocolos y liturgias. Pues al no merecer res­peto sus señorías exigentes, tal exigencia se con­vierte en otra burla más para las otras. Como sarcasmo sería per­mitir que el violador reclamase a la víctima res­peto a las formas de la denuncia  de su viola­ción...

DdA, XIV/3498