lunes, 27 de febrero de 2017

¡ANDA Y VETE A VER LA BALLENA!


Lazarillo

No tengo de aquel profesor un buen recuerdo, pero sí siguen en mi memoria alguna de las frases que pronunciaba y que casi siempre llevaban una intención de burla hacia aquellos alumnos que no éramos precisamente diestros en el entendimiento de las matemáticas (del latín mathematĭca, procedente a su vez del greigo μαθηματικά, derivado de μάθημα, conocimiento), ciencia formal que partiendo de axiomas y siguiendo el razonamiento lógico estudia las propiedades y relaciones entre entidades abstractas. Puede que en buena medida nuestra impericia se la debiéramos a él, por las humillaciones a las que sometía a los alumnos menos capacitados para la materia. Jamás he podido olvidar el nombre de este profesor, anclado en mis primeros años de bachillerato, por lo mucho que su comportamiento hizo sufrir a buena parte de aquel aula de Primero C en el Ral Instituto Jovellanos de Gijón. No excluía entre sus métodos el de dar una patada en el culo a quienes se mostraban torpes e incapaces de resolver en la peana, con tiza y borrador, alguna de las cuestiones que se plantebana durante la clase. Era entonces cuando Justo Álvarez Junquera, que así se llamaba y compatibilizaba su ejemplar magisterio en un centro de enseñanza pública con otro privado en el colegio de La Inmaculada de los padres jesuitas, pronunciaba la frasecita que venía a colmar la ofensa: ¡Anda y vete a ver la ballena! Ninguno de los alumnos que soportamos semejante método de aprendizaje hasta terminar odiando las matemáticas, supimos entonces en qué lugar concreto podía avistarse una ballena, totalmente improcedente por otro lado en el vecino mar Cantábrico de nuestros días, que teníamos a tan solo quinientos metros de nuestro aula. Pasado el tiempo supimos que fue noticia en la ciudad el hecho que ilustra este episodio de mi periodo escolar, casi setenta años después de que aquella frase estuviera unida para siempre en mi memoria a uno de los peores y más nocivos recuerdos de mi bachillerato, sin posibilidad alguna entonces de levantar la voz y hacer oír la lesión que aquella ofensa causaba en mi dignidad y estímulo de estudio. Esa voz no formaba parte de aquella España, pero aquel individuo sí.

DdA, XIV/3481