martes, 10 de enero de 2017

UN POEMA DE JOSÉ IGNACIO MONTOTO


Gracias a mi estimada Cecilia Quílez, que lo introduce con un cariñoso comentario, leo este magnífico poema de  José Ignacio Montoto, el escritor y poeta cordobés fallecido recientemente en su ciudad natal a los 37 años. Obtuvo el premio Andalucía Joven de poesía en 2913 con La cuerda rota. Fue asimismo promotor del festival internacional de poesía Cosmopoética, del que fue director en la edición del pasado año. Colaboró regularmente en varios medios de comunicación con sus artículos. Todo parece indicar que la causa de su fallecimiento fue un infarto. Poco antes se había comunicado por las redes con este último verso: Nos duele el corazón porque estamos vivos. Este Lazarillo espera comentar pronto alguno de los poemarios de Juan Ignacio Montoto. Tengo entendido que dejó uno póstumo cuya publicación espero y deseo en breve:

Yo obtengo de la Nada el Paraíso, del dolor hago un sortilegio y encuentro a la calma enroscada junto a mis tobillos, el frío se desliza entre mis manos como la seda de los rayos del sol sobre el envés de las hojas.
Abrázame en la noche como a un niño que llora porque el silencio se incrusta en sus oídos y oye la voz de una madre que murió joven por culpa de no sé qué enfermedad que engendró el siglo veinte.
Amor es de soberbios pronunciarlo en tiempos de crisis y cielos nublos. Añade a mi dietario el fracaso de los días que no fueron, de los días que han resultado estériles en este tiempo de promesas incumplidas.
Llamamos Mundo a un milagro que se sostiene en el vacío y que aguarda en equilibrio a que los pasos de los hombres y mujeres que lo habitan aceleren el peso de la Nada. Te hablo, bien lo sabes a estas alturas, de la triste e inexorable caída del planeta.
Yo apenas conozco a mis iguales, apenas he vivido encerrado en la crisálida de amor que los amantes tejen, con sus caricias, a escondidas por temor a la luz de la mañana.
Antes de que parta hacia otro lugar, antes de que el sol queme mis ojos y encuentre en la noche mi destino, antes de que todo eso ocurra, sólo espero que tus labios me pronuncien como cuando éramos niños en aquel jardín de infancia.
Hasta entonces yo te espero aquí en silencio, como el folio en blanco que aguarda ser poema. Como el canto de las voces blancas que susurran, día y noche, a los ángeles perdidos, que tus ojos son los ojos del Mundo.

                                 DdA, XIV/3436