lunes, 28 de noviembre de 2016

ELEGÍA A LA PROTESTA INÚTIL



 ¿Qué le podremos decir a tanto desalmado alojado en el poder que, en cuanto llega a él ya asume la idea infame de que en política es preciso hacer el mal para evitar un mal mayor... el mal mayor que ellos mismos han provocado o provocarán precisamente para justificarlo así después?

Jaime Richart

En un espacio invadido por un ruido psicológico ensordecedor, donde reina el cinismo y la desvergüenza se postula como fundamento de la lógica, donde a la hostilidad recurren no tanto quienes padecen al poder sino el poder mismo porque el ataque a estos es su mejor defensa...

En un espacio donde al poder le resulta indiferente el sufrimiento y  por ello practica la demolición controlada de la Naturaleza, que es la casa de todos...
En un espacio donde se libra permanentemente una guerra de voluntades: la voluntad devastadora del poder y la voluntad del pueblo por alcanzar el ideal, el ideal de una convivencia equilibrada entre los fuertes y los dėbiles sociales que nunca llega...
En un espacio como el descrito, digo, ¿qué pinta el razonamiento fino y acrisolado?
A menudo, a partir de esta pregunta me viene a la mente el espectro de ese escritor que en el campo de batalla se desgañita pidiendo un alto el fuego en medio del horror, antes de pasar al papel sus ocurrencias... No sabe el inocente que antes que una cierta inspiración llegada del éter con la ayuda de los dioses y siempre en tiempo de paz, el razonamiento precisa de sosiego y de una mínima armonía que ahora no existen.

¿Quienes, que por ostentar el poder absoluto político, económico, mediático o eclesiástico, no dedican su verborrea a provocar la ira del pueblo sin escrúpulos? ¿acaso su herramienta discursiva es la sensatez, la moderación, la comprensión de la causa de los débiles, la indulgencia o la tolerancia hacia ellos, y no la permisividad cómplice para con los canallas? ¿acaso hacen algo para recortar la hiriente desigualdad y la espantosa distancia entre la suerte sospechosa de poseedores y desposeídos, entre el destino de rufianes de vida opípara y el de desgraciados de vida miserable que deben recibir el sustento de la filantropía en plena calle, en pleno siglo XXI y en plena Europa para no morir de hambre? No,  todo lo contrario.

Por eso, cuando reinan la confusión, el aturdimiento, la orgía, la hybris y el empeño en desmontar los valores humanos eternos del compromiso, de la lealtad, de la preocupación por los demás, de la solidaridad, del respeto de uno mismo, de la protección del Estado... y todo a cambio de escoria ¿quién podrá decir algo que no sea una obviedad que sobra? ¿quién podrá aducir algo que no sean inapelables pero inútiles razonamientos sobre la abominación, sólo compartidos por los bien nacidos que no cuentan para nada? ¿Qué, que no sea el pasquín, el panfleto, la pancarta o la octavilla expresará mejor con parquedad lo que no merece una frase razonada y completa que equivale a responder a un loco, pues todo lo que no sean esos soportes expresivos será un homenaje a los cretinos.

Por todo ello ¿qué le podremos decir a tanto desalmado alojado en el poder que, en cuanto llega a él ya asume la idea infame de que en política es preciso hacer el mal para evitar un mal mayor... el mal mayor que ellos mismos han provocado o provocarán precisamente para justificarlo así después?

DdA, XIII/3398