martes, 6 de septiembre de 2016

LOS NIÑOS SIRIOS YA NO TIENEN LÁGRIMAS

El pequeño Omran con su hermana en la ambulancia que los recogió. Foto / AFP.
El pequeño Omran con su hermana 
en la ambulancia que los recogió. Foto / AFP.

Luis García Oliveira

La imagen era estremecedora, capaz de demoler la más sólida entereza anímica de cualquiera; la encarnaba un niño sirio de tres o cuatro años de edad, Omran, harapiento y envuelto en el denso poso polvoriento que dejan las bombas tras explosionar. Con contusiones y heridas repartidas a flor de piel por todo su pequeño cuerpo, miraba con profundidad infinita a los reporteros que le estaba retratando. Una imagen de derrota que te abría humanamente en canal con tan solo enfrentarle la mirada.
Se trataba de uno de los innumerables niños que ya no lloran en esas castigadas tierras, que ya han derramado todas sus lágrimas y que sufren en soledad hasta extremos inimaginables las atroces consecuencias de un conflicto armado en cuya trastienda se dirimen los más ilegítimos y vergonzosos intereses entre los criminales de uno y otro bando que atizan el conflicto un día tras otro.
¿Cómo soportar con aplomo los falsos alegatos de los intervencionistas armados mientras se retiene en mente la imagen de ese niño? No faltarán entre ellos quienes, aparentemente dolidos, esgriman con fría mecánica los ya manidos “daños colaterales”, cuando lo que realmente se está protagonizando en las zonas de conflicto no es otra cosa que el más sanguinario terrorismo de Estado.
El saqueo y el expolio de los recursos naturales vendrán después, una vez que el control de las zonas geoestratégicas esté en manos de los “embajadores de la democracia y la libertad” procedentes de un mundo supuestamente civilizado: EE.UU, Francia, Inglaterra… sin olvidar a Rusia y a cuantos asienten indolentes ante la barbarie mientras miran para otro lado.
Es cuando menos insultante que bajo el falso paraguas de unas excusas tan peregrinas se pretenda amparar los bombardeos y los asaltos armados sobre hospitales y escuelas. Hoy día, los medios tecnológicos existentes en el ámbito armamentístico están tan sumamente desarrollados que los impactos teledirigidos desde cualquier lugar contra cualquier objetivo son ejecutados con precisión milimétrica, sin el menor margen de error sobre las coordenadas de destino. Si las de hospitales y escuelas son sobradamente conocidas por todos, además de inamovibles, ¿cómo se pueden justificar los reiterados bombardeos sobre esos enclaves?
Indudablemente, quienes conocen de primera mano los verdaderos propósitos que se esconden tras esos actos terroristas sobre niños y personas hospitalizadas –los mismos desalmados que se apresuran a disfrazarlos de “errores operativos” – no los van a confesar, ya que el cinismo, la mentira y la hipocresía más descarada son los instrumentos argumentales más profusamente utilizados por los portavoces oficiales de quienes siempre sacan beneficio de cualquier conflicto armado.
Pero los embajadores del terror occidental no están solos en la labor, ya que espoleados por la más ciega codicia llevan ya décadas provocando el “terrorismo oficial”; ese en el que se integran fanáticos de todo pelaje y procedencia que poco o nada tienen que perder además de sus vidas y que, en realidad, tan bien les vienen a los primeros para justificar sus innumerables abusos, los ya conocidos y los muchos más que son cuidadosamente velados a la opinión pública.
No fueron pocos los que con la llegada de Obama a la presidencia de los Estados Unidos, hace ya ocho años, creyeron de buena fe que el imperialismo y el intrusismo bélico de ese país en casi todos los conflictos armados repartidos por el mundo serían rebajados a niveles mínimamente defendibles.
La realidad fue muy distinta de lo que se esperaba y ni aquella apresurada entrega-exprés del Nobel de la Paz al nuevo presidente hizo variar para bien ni lo más mínimo de la política exterior norteamericana. Muy al contrario, la presencia armada de ese país allí donde podía rentabilizar sus intervenciones se ha multiplicado en ese periodo.
Lo que ni los más pesimistas esperaban es que bajo el mandato de Obama se fuese a rebasar, con creces, el nivel de indecencia en la política exterior propiciado por su descerebrado predecesor. Cuesta admitirlo, pero a pesar de todo es muy posible que el actual presidente –un personaje político llegado al cargo con una flor hendida en el trasero– pueda  quedar en el imaginario popular como un adalid del progresismo; logro en el que, de alcanzarse, también tendría mucho que ver un cavernícola llamado Donald Trump, si es que éste llega a la presidencia de su país.
En consecuencia, nada hace esperar que en un futuro próximo los Estados Unidos y todo su coro de incondicionales palmeros dejen de ser el más potente factor desestabilizador para la paz mundial y para aquellos países subdesarrollados que tengan algo deseable para los primeros, bien sea de carácter material o geoestratégico.
Mientras, en los países occidentales seguiremos mirándonos el ombligo, pasivos e indiferentes ante las terribles consecuencias de tantas masacres fríamente planificadas.
No, los niños sirios no necesitarán con qué enjugar unas lágrimas que ya no corren por sus mejillas, que se han secado bajo todo el horror que les hemos llevado, a ellos y sus familias, hasta sus casas, escuelas y hospitales. No nos extrañemos si, al cabo de un tiempo, algunos de los que sobrevivan nos devuelven alguna de tantas visitas y parte del sufrimiento que se les ha hecho padecer.

Atlántica XXII/ DdA, XIII/3356