viernes, 5 de agosto de 2016

LA CALLE DE LA INTELIGENCIA Y LA CALLE MILLÁN ASTRAY





Unamuno a su salida de la Universidad de Salamanca tras el incidente con Millán Astray.

Félix Población

Para la Hermandad de Legionarios, leí ayer en El País, el general felón José Millán Astray, uno de los de la banda golpista que se sublevó contra la segunda República en 1936, es un referente. Hace, por lo tanto, apología del mismo.

Pretende la susudicha asociación, que agrupa -según sus cálculos- a unas cien mil personas entre legionarios en activo, retirados, familiares y simpatizantes, que la decisión del Ayuntamiento de Madrid de cambiar el nombre de la calle Millán Astray por el de Inteligencia -en aplicación de la Ley de Memoria Histórica- no se lleve a efecto. 

Como bien supondrá el avisado lector, el nuevo nombre responde a uno de las circunstancias más conocidas en la biografía del militar, pero quien fuera también fundador de la Legión no dijo en su día, según la Hermandad de Legionarios, las frases que se le imputan, pronuciadas en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 en presencia de rector de la institución, Miguel de Unamuno, tal como sostienen reputados historiadores como Hugh Thomas.

Ese Día de la Raza o de la Hispanidad, como se le llamó después, Millán Astray gritó ¡Viva la muerte!, ¡Muera la inteligencia! o ¡Muera la inteligencia traidora!", una vez que Unamuno improvisó una breve alocución como réplica a otra anterior en la que se ponía a caldo a catalanes y vascos: “[...] sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir lo mismo. El señor obispo lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, y aquí está para enseñar la doctrina cristiana que no queréis conocer. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao y llevo toda mi vida enseñando la lengua española...” 

Cuenta Thomas en su libro sobre la Guerra Civil que Millán Astray se encolerizó entonces, pronunciando ¡Vivas! a España e insultando a la intelectualidad, y también se dejaron oír los gritos legionarios de ¡Viva la Muerte! Millán pide hablar, repite a voz en grito las palabras del profesor Maldonado sobre Cataluña y Euskadi como cánceres de España... Sin inmutarse, a pesar de la crispación del momento, Unamuno prosiguió hablando: 
 
Acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!". Esto me suena lo mismo que "¡Muera la vida!". Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Como ha sido proclamada en homenaje al último orador, entiendo que va dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de las masas. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como he dicho, que no tenga esta superioridad de espíritu es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray desea crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por eso quisiera una España mutilada (...)”.

Es entonces cuando Millán -según Thomas- hace el primer amago de amenazar o golpear con su arma al filósofo, pero el sabio anciano no se acobarda y sigue: “(...) Éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.

La petición de la Hermandad de Legionarios a Manuela Carmena ocupa nueve folios de extensión y concluye con la advertencia de que si se cambia el nombre de la calle, la asociación se manifestará ante el Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento. Es de esperar que los concurrentes no acudan, pancarta en ristre, con la fotografía que sigue a estas líneas. No cabe ninguna versión sobre la misma porque se lee sola.





Franco con Millán Astray.
 
*La columna de la muerte. El avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz, libro recomendable del historiador Francisco Espinosa Maestre: Miles de legionarios y regulares estuvieron en esa columna.
 
DdA, XIII/3335