lunes, 8 de agosto de 2016

EL SUICIDIO DEL HIJO DE "LA PERALA"


Información publicada en el diario Voluntad de Gijón con motivo del suicidio del hijo de La Perala, 22-5-1964

Foto y dibujo extraídos del blog Recuerdo Gijón, de Luis A. Santiago.
Caricatura de Álvaro García Noega


En la calle Eladio Carreño se suicidó un hombre haciendo estallar tres cartuchos de dinamita. La noche anterior la policía lo encontró en la playa bañándose en estado de embriaguez. La víctima se llamaba Paulino Rodríguez Gómez, era hijo de La Perala y había trabajado en una cantera. 
Titulares del diario Voluntad, 12-5-1964

Félix Población

No puede ser más borroso el recuerdo, pues han pasado muchos años desde entonces. Tampoco podría asegurar que fuera él antes de consultar la hemeroteca. Sí tengo idea de haberme referido con lenguaje de niño al joven que mascaba chicle o fumaba cigarrillos junto al viejo quiosco de "Visnú, ideal para el cutis", sito en los Jardines de Alvargonzález, como Guasintón. El porqué no sabría decirlo, quizá porque tuviese un aire norteamericano, porque fumaba rubio o mascaba chicle, o por las tres cosas a la vez. Lo que a mí no me cuadraba es que aquel apuesto joven fuera hijo de La Perala, como se decía o yo oí alguna vez, aunque tampoco estoy seguro ahora de que hubiera escuchado ese rumor.

A La Perala la recuerdan en Gijón todos aquellos que hayan sobrepasado algo más del medio siglo. La Perala se llamaba en realidad Emilia Gómez, aunque pocos la reconocieran por doña Emilia. Creo que sólo la llamaban así algunas personas mayores que le profesaban cierto respeto. De ella se sabían muy pocas cosas. Parece que había sido o quiso ser actriz, quizá antes de la guerra, y que después del conflicto vivió de recordar ese oficio ejercido o anhelado con sus muy elementales actuaciones callejeras. Iba siempre con un carrito lleno de cachivaches y ataviada con un vestuario muy colorista que contrastaba en aquellos tiempos de blanco y negro. Se la veía también muy recargada de bisutería, con pendientes de aro dorado, varios collares y pulseras muy vistosos que hacía sonar al tiempo que bailaba con torpeza sepetuagenaria y tocaba las castañuelas. 

Ademas de ese bailoteo torpe, La Perala, siempre muy maquillada, contaba chistes y canciones de su tiempo con su voz grave y cazallera que la gente aplaudía o jaleaba en círculo. Sus actuaciones tenían lugar en los jardines públicos, bien fuera en los de Begoña o en los del Parque Infantil, actual Plaza de Europa. A los niños más pequeños solía inspirarles cierta aprensión asistir a esos espectáculos, porque el arrugado rostro de doña Emilia, con sus labios rojos y sus ojos muy pintados, de un inquietante color verde, le daban un aspecto de bruja maléfica, al que contribuía su abundante cabello negro y sucio, recogido en un peculiar rodete. Por muchos años fue dicho muy usado en Gijón, para quien abusaba de los afeites o un vestuario un tanto estrafalario, que se parecía a La Perala. Tampoco se sabe el porqué de ese apodo. Lo cierto es que cuando La Perala aparecía con su carrito por parques y jardines, con su atuendo colorista que le daba aspecto de gitana cíngara, la gente se aprestaba a hacerle círculo y asistir al espectáculo, entre burlas y risas, y también algo de conmiseración por parte de los menos. 

Poca memoria más se puede encontrar de ese peculiar personaje que algunos conocimos en los años cincuenta y sesenta. Más que por ella misma, sin embargo, su paso por la intrahistoria de aquel Gijón que muy lentamente se iba recuperando de la dura y oscura posguerra quedó marcado por un trágico episodio del que dio cumplida información la prensa local, aunque media ciudad supo del mismo antes de que se publicara en los periódicos. Sucedió el 11 de mayo de 1964 y yo quiero creer que tuvo por protagonista a Guasintón, el mismo joven apuesto al que los guajes del parque veíamos mascar chicle y fumar alguna vez tabaco rubio en la parte trasera del quiosco de Visnú, regentado por un señor enteco, de bigotillo fino y rostro circunspecto, al que sustituía frecuentemente su atractiva esposa, risueña y pizpireta, que hacía más agradable la compra de cualquier tebeo o golosina.

Los primeros datos que llegaron a mi familia del hecho fueron los que marcaron la huella que iba a dejar en mí durante algunos años. Una vecina había dicho que un hombre se había matado en una de las calles que dan al mar metiéndose unos cartuchos de dinamita en la boca, después de salir de uno de los portales. La misma informante aseguraba que el cadáver había quedado destrozado y que había restos del cuerpo esparcidos a muchos metros, entre ellos el corazón de la víctima, que yo imaginé latente sobre el asfalto. Al poco, a esos datos se sumaron los que corrieron en pocas horas por todo el barrio acerca de la identidad del suicida: se trata del fiu de La Perala. De inmediato asocié la imagen del cuerpo destrozado con la apacible y plácida apostura del joven Guasintón fumando junto al quiosco, apoyado de espalda contra uno de los balaustres del parque. Pero lo que más me sobrecogió, desde luego, fue imaginar su corazón en el pavimento, desencajado del pecho por la brutal explosión.

Al día siguiente, pocos ciudadanos pudieron sustraerse de leer la crónica que los dos diarios locales ofrecieron del suceso. Así se pudo constatar que la desgracia tuvo lugar sobre las dos de la tarde, según iniciaba su información el periódico Voluntad: "Hacia las dos de la tarde, en la calle Eladio Carreño, ocurrió una fuerte explosión que costó la vida a un hombre". Gracias a una vecina de uno de los pisos del número 12 de esa calle, que en esos momentos estaba asomada a la ventana, se pudo saber cómo había actuado el suicida, al que describió como un vagabundo por su mal aspecto. Carmen Vega Vidal, que así se llamaba la vecina, dijo que el joven se había metido en el portal número 11 y había cerrado una de las puertas, por lo que pensó que iba a efectuar alguna necesidad. Al poco lo vio salir con algo encendido que llevaba en las manos a la altura del pecho y que describió como tres cartuchos: "Fue horrible. Yo estaba asomada a la ventana. La fuerte explosión me tiró para atrás y cuando volví a salir la imagen eran dantesca", contó en su día Carmen al diario El Comercio, aunque muy posiblemente el periodístico adjetivo fuera de la cosecha del cronista. Según este mismo periódico, el cuerpo de la víctima sufrió importantes mutilaciones, con los restos esparcidos a decenas de metros, sin que se consignase entre ellos el corazón del Peralu, tal y como también se le conocía en Gijón.

Trasladado el cadáver al depósito, según la crónica del diario Voluntad, la identificación de la víctima fue en extremo difícil, dado que no llevaba documentación alguna y el cuerpo estaba totalmente destrozado de cintura para arriba, sin que pudieran ser reconocidos ni su rostro ni sus huellas dactilares. Se especificaba que calzaba unos zapatos del tipo mocasines muy viejos, vestía un pantalón muy deteriorado, llevaba una medallita de plata de la Virgen de Contrueces y un cuchillo de cocina muy gastado por el uso. "Estas eran todas las pistas y ellas fueron las que sirvieron de base para lograr la identificación del muerto -señalaba el cronista-, que resultó ser Paulino Rodríguez Gómez, nacido en Gijón el día 12 de enero de 1936". A continuación se confirma la personalidad del suicida con este ladillo: Era hijo de La Perala.

"La víctima es hijo de Emilia Gómez, una pobre mujer muy conocida en la ciudad por la Perala y cuyas facultades mentales se encuentran trastornadas. Dicha mujer reconoció como pertenecientes a su hijo los pantalones, los zapatos, el cuchillo y la medalla. El cuchillo se lo había regalado a la víctima el dueño de un establecimiento de Ceares, quien manifestó que lo había hecho hace cierto tiempo. La Perala y su hijo viven  en las inmediaciones del cementerio de Ceares, en La Tejerona, y varios vecinos manifestaron que en más de una ocasión la víctima había declarado que cualquier día se metería un cartucho de dinamita en la boca y lo haría estallar.”

Otra información que se tiene en cuenta en esa crónica es que el suicida estuvo detenido la noche del sábado al domingo, un día antes de su muerte. Se estaba bañando en la playa a altas horas de la madrugada en estado de embriaguez y fue retenido durante unas horas en la comisaría de policía. El cronista aporta -igualmente de su cosecha, probablemente- que quizá con ese baño intentó también suicidarse.  "Paulino Rodríguez Gomez tenía antecedentes en la comisaría de policía, aunque por delitos menores, y desde hace unos años se encontraba sin trabajo y sólo lo hacía eventualmente. Anteriormente había estado trabajando en una cantera y hasta el momento de redactar estas líneas aún no se sabe dónde adquirió los cartuchos de dinamita. Parece ser que padecía una enfermedad y según varias personas que le conocían, su carácter era bastante extraño, lo que hace suponer, por los antecedentes familiares, que sufría como su madre algún desequilibrio mental". 

El periodista de Voluntad destaca la meritoria labor de investigación llevada a cabo por la policía para identificar a la víctima y destaca en las últimas líneas de su información que a La Perala se le dijo piadosamente en un principio que "su hijo había sufrido un grave atropello y que le iban a efectuar una delicada operación. La pobre mujer apenas reaccionó ante la noticia y no se mostró afectada por la misma, lo cual demuestra el lamentable estado mental en que se halla". Sí reconoció, al ver los pantalones de su hijo, que ella misma los había cosido, según la información aportada por el diario El Comercio. Finalmente se destaca la conmoción que ha sufrido la ciudad por el dramatismo del suceso, "que  nos sigue conmoviendo no solo por cuando pensamos en el infortunado Paulino Rodríguez Gómez, sino también cuando sabemos que esa buena y pobre mujer que en la ciudad se le conoce por La Perala continuará deambulando por esas calles, con su miseria y su demencia a cuestas, sin darse apenas cuenta de que su hijo ha perdido la vida". 

Nunca más volví a ver actuar a La Perala en los parques y jardines de Gijón. Quienes la conocieron aseguran que aquel suceso supuso un duro golpe para ella, del que nunca se recuperó. Desconozco el año en que murió, pero no debió ser mucho más tarde. Doña Emilia Gómez espantaba a los guajes más pequeños, como un personaje de cuento arrancado a las páginas de las historias que nos amedrentaban, con su cara arrugada, sus ojos verdes, su boca de carmín rojo, su voz grave y cazallera, aquel pelo enmarañado en un especie de diadema que acaso remedara el que un día pudo lucir como joven actriz de váyase a saber qué teatro. Doña Emilia Gómez merecía el respeto de los mayores, que comprendían acaso la memoria o las razones de su miseria. Pero también había quienes se burlaban de ella y la tomaban a chacota, sobre todo entre los chicos más crecidos. Recuerdo haber repudiado siempre esta última actitud.

¿Fue Guasintón finalmente el hijo de La Perala? Si al principio tenía mis dudas, antes de encontrar la documentación periodística que me ha servido para componer esta crónica, estoy por asegurar que sí. En primer lugar porque al  joven veinteañero que frecuentaba el quiosco de Visnú, ideal para el cutis no lo volví a ver mascando chicle o fumando un pitillo de tabaco rubio, apoyado de espalda con los codos en el balaustre del parque. Cierto que aquel quiosco fue sustituido por otro de aluminio, que fue religiosamente bendecido por la autoridad eclesiástica según costumbre de la época. 

Creo estar convencido, gracias al golpe de luz que alumbró mi memoria al ver la imagen del desgraciado Paulino en el diario Voluntad, de que fue Guasintón quien se barrenó el corazón con tres cartuchos de dinamita aquel mediodía de primavera y lo dejó tirado en la calle Eladio Carreño, que da al mar, el mismo mar donde el suicida se había bañado borracho la madrugada previa, sin decidirse quizá a que su corazón se lo llevaran las olas.

DdA, XIII/3337