miércoles, 18 de mayo de 2016

SI EL TRABAJO SEGURO ES UN CONCEPTO DEL SIGLO XIX, ¡POR MANITÚ!, ¿QUÉ NOS ESPERA?

 Ana Cuevas 

¡Si es que es verdad! Los trabajadores españoles somos unos malcriados que solicitamos privilegios propios del siglo diecinueve. Como el de tener un trabajo fijo y seguro, como los de entonces. (Aunque se tratara de doce horas diarias picando en la mina con agua hasta la cintura por el salario del hambre). Las condiciones laborales eran una mierda pero, ¡oye! que te podía durar toda la vida. Sobre todo considerando que pocos llegaban a viejos. Más aún si te metías en sindicalismos. Por lo que sea, los que reclamaban derechos laborales, eran propensos a tener una muerte prematura. 

Esos abusos patronales fueron el germen de una guerra soterrada entre trabajadores reivindicativos (muchos de ellos de la CNT) y patronos que contrataban sicarios para deshacerse de los alborotadores. Las primeras décadas del siglo XX en España transcurrieron con un continuo ruido de balaceras y juicios sumarísimos que, poco a poco, muerto a muerto, sirvieron para que la clase trabajadora alcanzara algo de dignidad y se alejara someramente de la esclavitud. Por eso no entiendo muy bien al sr. Rosell con eso del complejo decimonónico que, según él, padecemos los curritos. 

El trabajo fijo y seguro es un concepto del sigo XIX, ha dejado caer don Joan. Así, como al desgaire. La esclavitud andaba allá que allá en muchos países por aquellos años. Y donde no era legal, se practicaba una explotación exhaustiva del personal. El siglo diecinueve no me parece un escenario idílico para el proletariado. Al margen de que, tan alta dosis de miseria e injusticia, impulsaron el nacimiento del movimiento obrero. Pero aún así, no comprendo por qué el presidente de la CEOE cree que nos pueden provocar nostalgia. Y si aquellos días eran tan malos para los trabajadores, aunque tuvieran contrato indefinido, y el señor Rossell insinúa que no debemos ni soñar con algo parecido... ¡por Manitú!, ¿qué nos espera? 

He leído que en EEUU, los trabajadores agrícolas son obligados a llevar pañales para no abandonar el puesto de trabajo. Defecan y orinan delante de sus compañeros y compañeras porque, de ir a aliviarse al servicio, pueden ser despedidos ipso facto. EEUU ha desterrado totalmente el concepto decimonónico de fijeza en el puesto de trabajo. Pero en cuanto a seguridad, ¿hay algo más seguro que cagar a tu libre albedrío sabiendo que eso no le roba un segundo de tiempo a tu empresa? Aquí estamos malcriados. Queremos, sobre todo, trabajo. Ese que prometieron crear cuando nos amputaron las piernas con una reforma laboral que no ha bajado nada la tasa de desempleo. Pero además, no nos conformamos con eso. Queremos un salario digno (el SIM español es casi tres veces menor que el de la mayoría de la UE y menor aún que el de Grecia). Y cierta seguridad en la contratación que permita a los jóvenes establecerse y desarrollar una vida plena y autónoma. No basura. 

Ya sé que nos estamos poniendo estupendos para el gusto de la patronal. Pero si las directrices que marca el nuevo orden mundial (que quieren imponer con el TIIP) incluyen llevar pañales, que no cuenten conmigo. Prefiero echarme al monte y alimentarme de raíces y moscas el resto de mi vida. Me parece más digno. Los seres humanos somos meras mercancías a los ojos de los depredadores. Las multinacionales quieren imponer ese comercio carnal con los trabajadores europeos. Con el mayor secretismo, se negocia devolvernos a una situación anterior al siglo diecinueve para servir a un mayor fin, engordar su buchaca. Hay que competir con los amos de esos operarios orientales que entienden cuál es su lugar y duermen en su puesto de trabajo para rendir el máximo tiempo posible. O con los de esos otros que, con relativa frecuencia, se suicidan por el maltrato, las vejaciones y las infernales jornadas laborales que padecen. O con los de esas niñas y niños cuyos pequeños dedos cosen la ropa de marcas importantes y multimillonarias en sórdidos sótanos.¡ Hay que exprimir hasta la última gota de sangre! 

Y no se van a cortar en colocarnos argollas o, en su defecto, pañales. Rosell nos está enseñando la patita del planazo que viene del otro lado del charco. Una versión orwelliana de las relaciones laborales con matices altamente escatológicos. Y no lo digo por lo de los pañales. Lo digo porque el plan (conocido también como tratado transatlántico de libre comercio e inversión) es una mierda como la copa de un pino. Al menos para los de siempre. Entre los que está servidora y, muy probablemente, usted que me está leyendo. Lo dicho, antes de obligarme a ser coprófaga y agradecida, yo me tiro al monte y que la naturaleza siga su curso. Total, tarde o temprano, acabarán sustituyéndonos masivamente por máquinas y no serviremos ni para fabricar el pienso que echan de comer a sus mascotas. Porque, una vez exanguinados hasta el límite, tirarán nuestro pellejo. 

El planeta está lleno de millones de personas dispuestos a ponerse unos pañales por alejarse del hambre. Millones de almas a las que las multinacionales ven como odres humanos con los que saciar su codicia. La miseria es lo que tiene. No te da la oportunidad, como diría Rosell, de ponerte exquisito. Por sobrevivir, tragas carros y carretas. Pero que no pretendan que nos comamos esto sin oponer resistencia. Están pisando mierda. 



                                        DdA, XIII/3271