viernes, 27 de noviembre de 2015

GIUSEPPE PEDULLÁ, AMIGO DE JUAN PABLO I: "QUIERO PENSAR QUE NO PUDE EVITAR SU MUERTE"

 Pedullá durante su visita a la Comunidad Ayala de Madrid,
con el libro de Camilo Bassotto sobre Juan Pablo I
y la entrevista publicada en Il Giornale
Félix Población

El 26 de abril pasado, el diario Il Giornale publicó una extensa entrevista con Giuseppe Pedullá, amigo personal del papa Juan Pablo I, fallecido en extrañas circunstancias a los 33 días de su pontificado. En esa interviú con el periodista Stéfano Lorenzetto, Pedullá recuerda la carta que el 26 de septiembre de 1978 rehusó llevar a Luciani de parte de su gran amigo el arzobispo emérito Pacífico Perantoni, en la que le advertía que corría peligro: "Habría podido salvarle la vida al papa Juan Pablo I -contó entonces el entrevistado a Lorenzetto- y no lo hice. Y hoy no consigo perdonármelo". Recientemente, Giuseppe Pedullá estuvo de visita en Madrid, circunstancia que he aprovechado para reincidir con él en ese sombrío capítulo de la reciente historia de la iglesia católica, que cobra renovada expectación ante las manifestaciones hechas por el obispo de Ferrara, Luigi Negri, adscrito al movimiento conservador Comunión y Liberación. Según el diario italiano Il Fatto Quotidiano, el prelado viajaba el pasado 28 de octubre en el 'Flecha Roja', un tren parecido al AVE español, desde Roma a Ferrara, y su conversación telefónica fue escuchada y grabada por varios viajeros, mientras discutía con su secretario y, después, mientras despotricaba por teléfono con el político y periodista Renato Farina, también perteneciente a su mismo movimiento. Monseñor Negri habría afirmado en voz alta: "Esperemos que, con Bergoglio, la Virgen haga el mismo milagro que hizo con el otro", en referencia a Juan Pablo I.

-¿Cómo era en persona el papa Luciani, qué valora más de su amistad y cuál es el más intenso recuerdo que guarda de él al cabo de los años?
-Tuve el placer de conocer al papa Luciani como patriarca de Venecia. Me  sentí feliz en los momentos que pasé con él, porque el cardenal Luciani no aparecía como cardenal, sino como uno de nosotros. Amaba al prójimo como a sí mismo. Era sencillo, pero sobre todo cuando iba a verlo me enseñaba a  amar a los demás. Me daba la impresión de que me consideraba como un niño, porque él cuando veía a los niños era la persona más feliz del mundo. Era doctor en Teología, pero él nos enseñaba de forma sencilla la doctrina que hoy necesitamos. Su enseñanza me ha marcado y aún ahora, cuando pienso en él, me siento feliz. Al propio tiempo, cuando tenía que ser duro y severo, no transigía y defendía sus ideas aun dando su propia vida. Estos días en Madrid, con los amigos de la Comunidad de Ayala, he tenido la impresión de encontrarme ante el papa Luciani. Vuelvo a Italia con una experiencia que  no había tenido nunca. Ellos, hermanos y hermanas, me han enseñado a amar más. El arzobispo Perantoni era para Luciani más que un hermano: un confesor. Tanto que yo, encontrando un día al patriarca en el santuario de la Virgen del Fresno, solté ingenuamente esta frase: “Eminencia, estoy seguro de que un día usted será el próximo papa”. Perantoni me fulminó con la mirada. Pero Luciani, afable, alejó de sí el pronóstico con un gesto de la mano: “No, por caridad, recemos para que el Señor conserve a Pablo VI”. En la foto, Luciani con el arzobispo Perantoni. 

-Las mayores sospechas acerca de la posibilidad de que el papa fuera envenenado recaen en la Logia P-2, aunque hubiera cierta colaboración dentro del Vaticano. ¿Qué opinión tiene usted al respecto?
-No puedo decirle lo que siento. Quiero ser prudente. Me lo recomendó vivamente mi madre. Ahora bien, un día, cenando en Bagnolo di Po, en casa de los hermanos Fantinati, el telediario 1 anunció que el papa Wojtyla quería beatificar al padre Pino Puglisi, asesinado por la mafia en Palermo, en 1993. Espontáneamente di un golpe en la mesa: “¿Y Juan Pablo I no ha sido también víctima de un complot mafioso?”. Entonces decido hacer una recogida de firmas para que Luciani sea beatificado. Voy a Roma. Entro en la basílica de San Pedro. Veo 30 birretes rojos que, terminada una celebración, se dirigen a una nave lateral. Los alcanzo en la sacristía y en el fondo a la izquierda paro a uno, de color. Descubriré después que era el cardenal Bernardin Gantin, originario de Benim, a quien el Papa Luciani había nombrado presidente del Pontificio Consejo Cor Unum. Intento hablarle. Me acaricia la mejilla y responde: “Espere”. Se quita los ornamentos litúrgicos, despide a los presentes y me dice: “Estoy aquí, ¿qué quiere?”. Le hablo de mi plan de pedir la beatificación de Juan Pablo I. El replica: “Ya es santo”. Entonces me viene espontáneo decir el nombre del arzobispo Perantoni. Al oírlo, el purpurado se sobresalta y deja de mirarme a la cara. Le suplico, incluso le tiro del vestido: “Eminencia, ¿por qué aparta la mirada? Me diga cómo debo comportarme”. Poco después, en su despacho vaticano, hablando de nuevo sobre Juan Pablo I, el cardenal Gantin me dice: “Usted es listo, usted sabe cómo actuar”. Y con aire cómplice, termina la frase con un gesto muy italiano: me da ligeramente con el codo. 

-¿Cómo pudo saber el arzobispo emérito Pacifico Maria Luigi Perantoni los riesgos que corría Luciani cuando quiso entregarle a usted una carta con intención de advertírselo? ¿Por qué no entregó usted esa carta?

Perantoni lo sabía a través de diversas personas. Sabía mucho más que yo no conozco. El día 30 del pontificado de Juan Pablo I me telefoneó: “Pepe, ven enseguida”. Cogí el coche y fui. Me puso una carta en las manos: “Esta la debes llevar tú en persona a Albino Luciani, al Vaticano. El Papa está en grave peligro”. En el sobre había escrito a mano el nombre de Su Santidad. No quise asumir el encargo. Pensé que exageraba. Para mí era inimaginable que alguien pudiera atentar contra la vida del Papa. Perantoni se enfadó y me dijo: “Te arrepentirás”. Sus palabras todavía me pesan. Cuando escuché por TV que Juan Pablo I había muerto, volví a verle, me excusé, lloré. Me lo repitió: “Te lo dije que te arrepentirías”. Estuvimos dos o tres horas hablando en la plaza del santuario. 

-Usted se refiere en una entrevista publicada en Il Giornale a los treinta denarios que llevaron a Cristo a la muerte a los 33 años de edad. ¿Fue el problema del Banco Vaticano y la oposición de Luciani a la masonería y a la mafia o el afán reformista de Juan Pablo I lo que acabó con su vida a los 33 días de pontificado?
-Utilicé esa expresión refiriéndome a los problemas familiares que tuve y en los que el dinero fue la causa, pero sucede en todos los problemas de la vida, también en el asunto del Banco Ambrosiano. Con el tiempo, he recordado una frase que el cardenal Luciani dijo a Perantoni: “Los dineros que tenemos pertenecen a los pobres, porque son los pobres, y no los ricos, quienes mantienen la Iglesia. Y nosotros ¿qué hacemos?”. ¡Se los damos a Calvi! Luciani no olvidaba que la Banca Católica del Véneto había terminado bajo el control del Banco Ambrosiano de Roberto Calvi.

-¿Hay algún indicio racional por el cual sor Lucía auguró que Luciani sería papa pero que el suyo sería un breve pontificado?
-No sé. Perantoni me confió que el patriarca de Venecia le había contado su visita a sor Lucía. Luciani salió turbado del coloquio. Sor Lucía le dijo: “Usted será papa después de Pablo VI, pero por muy poco tiempo”.

-¿Ha notado en torno a su persona una actitud precavida por parte de los medios de comunicación, pues su testimonio no ha tenido toda la difusión que cabría esperar. ¿Censura tal vez?
-Por prudencia he evitado la avalancha de medios que han llamado incluso a casa de mi hermana en Reggio Calabria. Me parecía suficiente la entrevista de Il Giornale.  He recibido diversas críticas en Internet: ¿Por qué no lo ha dicho antes?, ¿por qué lo ha callado?, dice uno. Giuseppe ya está mayor, dice otro. Y un tercero: Probablemente haya sido así, como dice Pedullá. 

-¿Sabe usted cuál es la opinión del actual papa Francisco sobre la figura de su fugaz predecesor y sobre las extrañas circunstancias que concurrieron en su muerte?
-No lo sé. El mes pasado, en el marco de una audiencia general, he podido  saludarlo, él dijo: “Seguiré adelante con las reformas. Recen por mí”. Hemos de apoyarlo.

-Hay quienes ven cierto parecido entre el mensaje que está dando el actual papa Francisco y el que podría haber dado en su día Luciani si hubiera tenido tiempo de hacerlo. ¿Lo cree usted así? 
-En cierto sentido, sí. Al papa Luciani lo hemos conocido bien, necesitamos más tiempo con el papa Francisco. Tengo confianza en él. Día y noche rezo por él. Ciertamente, es un papa digno de este momento.

-¿No habrá nunca una última y definitiva palabra sobre las verdaderas razones de la muerte de Juan Pablo I?
-No lo sé, pero antes o después se sabrá lo que pasó con él. Nada hay oculto que no sea descubierto.

-¿Cree usted que estuvo en su mano haber evitado la muerte de Juan Pablo I si le hubiera entregado la carta de su amigo Perantoni?
 -Quiero pensar y deseo que aquella carta no sirviera para evitar la muerte de Juan Pablo I. Ahora, con más información, creo que podría haberle avisado, pero no le habría descubierto nada que él no supiera.

DdA, XII/3141

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