lunes, 17 de agosto de 2015

EL MISMO HORROR DE TODOS LOS VERANOS

Las corridas de toros son una representación cruel y violen­ta que implica el maltrato público, la muerte y tortura de un ser vivo convertida en espectáculo. Deben desaparecer del horizonte de lo ético y legalmente aceptable en nuestro país.

Ignacio González

En estos días, con la anuencia y el apoyo económico de las administraciones loca­les, especialmente, y la complacencia de las demás, este país se dispone a la recu­rrente exaltación del más rancio espectáculo que quepa contemplarse, del más rancio y de uno de los más crueles: las corridas de toros.
En España, el vacío legal en el reconocimiento de los dere­chos de los animales es tan amplio como el conjunto de prácticas rituales e industriales que implican muerte, tortura o maltrato animal. Lanzar cabras desde campanarios, encender bolas de fuego en los cuernos de los toros hasta su desesperación o lancearlos durante horas hasta la muerte para regocijo de la plebe, colgar a galgos por el cuello dejando que rocen el suelo con los pies para prolongar su agonía cuando ya no sirven para la caza, peleas de gallos o hacinamiento de animales para el comercio son solo unos pocos ejemplos de las crueles prácticas de nuestra sociedad y también de nuestra “cultura”, las fiestas “populares” españolas.
Pero la “fiesta nacional”, las corridas de toros, son una representación cruel y violen­ta que implica el maltrato público, la muerte y tortura de un ser vivo convertida en espectáculo, con lo cual debe desaparecer del horizonte de lo ético y legalmente aceptable en nuestro país.
Ninguna sensibilidad mínimamente progresista y compasiva puede disfrutar con la tortura pública de un ani­mal. Es inadmisible intentar legitimar esta práctica con argumentos como la tradición o la estética, en una sociedad moderna, pluralista y democrática. Nadie, en ninguna otra situación, admitiría que el placer estético o la tradición son fuentes de legitimación de acciones que dañan gravemente a otro ser vivo.
Con lo cual tampoco es admisible que con estos “argumentos” se intente justificar el daño a un animal. Ni la tradición ni el arte legitiman moralmente. Como tampoco lo hace el pretexto de conservar al “toro bravo”, Los “toros bravos”, ya lo escribí alguna vez, no son una especie, a lo sumo son una raza y pueden conservarse, como otras muchas razas y especies, sin necesidad de maltratarlas. La biodiversidad no depende de la tauromaquia, sino de políticas sostenibles efectivas.
Las corridas de toros deben ser abolidas y ni un solo euro de las administraciones públicas debe ir destinado a la promoción de dichos espectáculos, porque en España no habrá una auténtica cultura de respeto y protección de los dere­chos de los animales hasta que se haya cerrado la última plaza de toros, cerrado o reconvertido como espacio para la cultura.
La simple legislación autonómica existente en la actualidad es muy desigual y claramente insuficiente. Es necesaria una legislación estatal básica que implique el reconocimiento de los derechos de los animales y su efectiva protección, mediante la vía penal y administrativa. La Constitución española debería seguir la senda abierta por la Constitución alemana y otorgar rango constitucional a los derechos de los ani­males. El reconocimiento de los mismos constituye un signo de humanización y civilización que ha alcanzado una sociedad. Por tanto, la ampliación de la protección de los derechos, a seres vivos no humanos, se convierte en un indicador de la madurez y calidad de cualquier sistema democrático.
Los animales han sido considerados hasta ahora como objetos o juguetes, negándoles cualquier semejanza con nosotros. Ello se debe a nuestro “fascismo de especie', que concibe al ser humano en guerra permanente de explotación y exterminio sobre el resto de los seres vivos, convirtiéndolos en inferiores a nosotros y representándolos como seres que no sufren. Va por ustedes, gentes sensatas.

DdA, XII/3056