lunes, 10 de noviembre de 2014

RAJOY Y EL PAPAMOSCAS DE LA CATEDRAL DE BURGOS

Félix Población

Se acabaron las cartas del exdirector y fundador del diario El Mundo en el periódico que creara en 1989. A García Abadillo no le gusta la actitud "combativa" de su exjefe contra el vigente presidente plasmado del gobierno de España y dejó este domingo sin papel a Pedro José Ramírez.  Era lo que se presumía tras el deplorable episodio permitido por el actual director del diario en el acto conmemorativo del cuarto de siglo de vida del periódico, en el que se expulsó a Ramírez de la foto, después de que se le desalojara desde La Moncloa (por segunda vez en la vida profesional del periodista tras el caso de los GAL en Diario16) de la dirección de "su" rotativo. 

Como Pedro José le tenía ganas a don Mariano y su defenestración era previsible, ha recurrido Ramírez en su último artículo al papamoscas de la catedral de Burgos, a modo de acertadísima imagen para describir a quien se mantiene al frente de la jefatura de gobierno sin inmutarse ante la galerna de mierda que soporta, uno de los fenómenos de corrupción política más copiosos de los muchos que ha venido soportando este país. Como se sabe, el papamoscas de la catedral burgalesa está situado en lo alto de la nave mayor, en un ventanal sobre el triforio, es una figura asomada a la esfera de un reloj, vestida de rojo, con rasgos mefistofélicos, que muestra una partitura en su mano derecha. Esta figura abre la boca a cada hora, al tiempo que con esa misma mano empuña un badajo que hace sonar las horas en una campana. También dice Pedro José, en uno de los mejores artículos que le he leído a lo largo de su dilatada carrera, que Rajoy equivale a un estafermo, título que da a su escrito con no menos acierto (El estafermo): 

"Originariamente el estafermo era un muñeco giratorio, firmemente plantado en un lugar de la pista del torneo –de ahí la etimología italiana: “sta’ fermo”-, que enarbolaba en un brazo un escudo y en el otro, igualmente rígido, una correa con bolas de hierro o saquillos de arena. Los lanceros debían impactar al galope en el escudo y escabullirse con la suficiente rapidez para no ser golpeados por la espalda, e incluso derribados, por esos objetos contundentes que ellos mismos activaban con su ímpetu.
La naturaleza del estafermo residía en su carácter inerte, en su falta de iniciativa, en su abulia existencial, en su condición tan yerma como yerta, en contraste con la vitalidad actora del jinete. En definitiva tanto el premio, al golpear el escudo, como el castigo, al girar al monigote y convertirlo en traicionero bumerán, dependían del difícil equilibrio entre la contundencia y la agilidad del caballero. Ya en 1611 Sebastián de Covarrubias escribía que el estafermo “algunas veces suele ser un hombre que se alquila para aquello… con que da de reír a los que miran”. Claro: mucha más gracia que el muñeco con apariencia de persona hace siempre la persona con apariencia de muñeco.
Pero si aconsejo acudir a Manzanares el Real, Ferrol o algún otro lugar en los que aún se revive la tradición medieval del estafermo no es para ejercitar la risoterapia sino el análisis político. De hecho fue al ver funcionar el mecanismo en una película de época cuando yo mismo encontré la respuesta al enigma que venía obsesionándome: ¿Cómo es posible que Rajoy tenga tan merecida fama de indolente en el ejercicio de sus responsabilidades y aparezca a la vez rodeado de una aureola de implacable liquidador de antagonistas, a medio camino entre el misterioso anfitrión de la isla de los Diez Negritos y el expeditivo señor Lobo de Pulp Fiction?
Ese modelo no existe en la vida. Nadie es tan zambo para la construcción y tan virguero para la destrucción. El pasmarote lo es igual para lo malo que para lo bueno y el hombre de acción nunca deja de romper huevos al tratar de hacer tortillas. Sólo el estafermo se mueve estándose quieto. Ese es, o más bien eso es, al fin he visto la luz, el Rajoy que nos gobierna: una veleta manejada por el viento, un diapasón que reverbera sonidos externos, un gong sobre el que golpea el mazo ajeno, un pelele en el torneo político que sirve en la misma carambola de saco de las bofetadas y títere de cachiporra".

Vamos a tener a un Pedro José Ramírez muy renovado y rejuvenecido en El Universal que viene, porque con todos los errores que haya podido cometer en su dilatada trayectoria profesional -como el de la conspiranoia del 11-M, que tanto ha manchado su carrera-, el fundador de El Mundo es un magnífico hacedor de periódicos, que hará temblar por lo menos a tres de los que actualmente se publican en Madrid en cuanto vuelva al tajo. De momento, ya le está dando las horas a don Mariano con muy buen afinación.

DdA, XI/2838