Jaime Richart
No necesitamos políticos ni
militares ni tecnócratas ni leguleyos ni economistas de la Escuela de
Chicago en el gobierno, sino economistas que comparten las ideas de
Joseph Stiglitz y Paul Krugman. Tanta corrupción política, tanto
privilegio y tanta impunidad en un país vitalista e inquieto como éste,
son más nocivos para la colectividad que la corrupción en otro atrasado
resignado a su perra suerte. De todos modos la corrupción no está sólo
en la política; también está en la justicia, en la realeza, en el
ejército, en la Iglesia, en el periodismo oficial. Y todo, dentro de un
sistema penal lamentable en el que el mismo delito es robar un panecillo
tanto para el pobre como para el rico, y en el que la malversación, la
apropiación indebida y el saqueo en definitiva del dinero público no van
unidos a la confiscación del dinero y de los bienes obtenidos con lo
desvalijado. Razón por la cual bien valen unos meses o un par de años
aunque sean cumplidos, si al salir de la cárcel el político o el
empresario ladrón conservan el dinero y el fruto de su rapiña...
De
todos modos, después de la dictadura, sucesivas mesnadas de políticos
han estado practicando y encubriendo la corrupción, haciendo de la
política una impostura crónica y fatal para este pueblo. Desde que
empezaron a aparecer en esta pantomima democrática, los políticos de las
cúpulas se han ido revelando como unos farsantes que aburren, como
gente incapaz de entender, de sentir e incluso de pensar con rectitud.
Carentes de otra inteligencia que no sea la necesaria para medrar, para
descollar, para mentir, para enriquecerse y para acrecentar poder, dan
la impresión de que sus títulos académicos y demás méritos los han
adquirido asimismo de manera corrupta, pues esas políticas y medidas que
vienen desde hace años llevando a España a la ruina y provocando por
distintas causas la muerte anticipada de miles o quizá centenares de
miles de personas sin disparar un solo tiro, es imposible que procedan
de gente con rectitud de conciencia que haya estudiado en universidades
de prestigio.
Porque,
además, aburren o fatigan. Ved en qué tono se dirigen al pueblo o a sus
adversarios; ved cómo leen lo que les han escrito otros que están
detrás, pues carecen de aptitudes oratorias. Observadles, fijaos en esos
títeres ridículos manejados por ideólogos que muñen la realidad
informativa desde otros despachos y por los que fabrican la realidad
material que son los verdaderos titiriteros: financieros, banqueros,
lobbys y chusma por las consecuencias para millones de personas. Por eso
es preciso aislar a los ladrones, a los oportunistas, a los
ventajistas, a los codiciosos, a los filisteos y a los necios que plagan
las instituciones.
Necesitamos
idealistas. Precisamos filósofos, pedagogos y maestros que, aun con
debilidades de poca monta propios de todo ser humano corriente, sean
espejo donde la ciudadanía se pueda mirar. Sabios, no eruditos y
habilidosos para su interés y los suyos, que comprendan mejor que nadie a
sus semejantes y gobiernen para todos. Necesitamos a hombres y mujeres
buenos que se remonten por encima de las miserias de la condición
humana, potenciadas por siglos de sofisticación que en este país han
acentuado escandalosamente a lo largo de treinta y cinco años las
desigualdades naturales en lugar de aminorarlas.
Necesitamos
que sean otros los que se pongan al frente, que recobren para el pueblo
capacidades olvidadas; que nos devuelvan la ilusión y nos transporten a
la magia de la palabra y a los hechos benefactores que vienen de la
generosidad, de la filantropía, del amor a los demás; que nos traigan,
en fin, la visión y el sentir de una vida colectiva superior. No
superior por consumir más, ni por trabajar más, ni por ganar más, ni por
ser socialmente más, sino por que nos ahuyente el miedo a vivir en una
jungla, amenazados por los depredadores, es decir, escoria social que
abiertamente o en la sombra nos manejan a su antojo respaldada por las
policías y por los ejércitos y pagados de distintas formas por bancos,
financieros, grandes fortunas y las grandes empresas, empezando por las
energéticas y las telefónicas privatizadas.
DdA, XI/2856
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