sábado, 17 de diciembre de 2016

ENTRE EL ABSOLUTISMO, LA TIRANÍA Y LA TRAMPA

Ahora mismo, habida cuenta la dificultad de los señores del país  para seguir haciendo de su capa un sayo, se per­fila otro cercano avatar electoral. Y un nuevo recuento de vo­tos se perfila amenazado por el truco. Lo que acon­seja ir pen­sando en la presencia de observado­res internacionales.


Jaime Richart

Para analizar cualquier asunto de España, histórico o de actuali­dad, es conveniente partir de estas tres premisas: la pri­mera es que la península (y sus islas) es naturalmente maravi­llosa; la segunda es que sus gentes son un prodigio de afabili­dad, de vivacidad y de ingenio (prueba de ello es el número de españoles que han triun­fado y triunfan por el mundo por su mente despejada); y la tercera es que España está repleta de píca­ros, de tahúres y de tramposos. Este dato es crucial para en­tender su historia y su presente histó­rico de cuatro decenios.

Desde que se liquida formalmente la dictadura, empieza el en­gra­naje tramposo. Primera fase: un ministro del dictador, aten­diendo a la voluntad post mortem de éste, pone en marcha un proceso de democratización trucado. Siete personas elegidas se­cretamente por él urden la constitución y entronizan la monar­quía, de acuerdo a las previsiones del propio dictador y de la ley de sucesión (1947) que él había promulgado 31 años antes. Contaba para ello con una circunstancia psicológica fun­damental: el pueblo apro­baría cualquier documento político con tal de sacudirse de encima el temor a un ejército, que conser­vaba intacto, más bien poten­ciado, el espíritu dictatorial. Segunda fase: otro montaje, el golpe de estado. Si la monarquía había sido introducida por la puerta tras­era de la política, había que robustecerla a cualquier precio. Y la mejor manera era con­vertir en héroe al propio monarca hacién­dole aparecer ante el pueblo como el salvador de los golpistas, que no podían ser si no cómplices, unos voluntarios y otros igno­rantes, de la propia trama. Tercera fase, tercera maquinación: asen­tada en el imagina­rio del pueblo la figura del rey que el dicta­dor había pre­parado al efecto durante prácticamente toda su sa­trapía, co­mienzan las clases superiores -aristocracia y clase alta- a ir a volverse a adueñar del poder político, del poder económico, del po­der judicial y del poder religioso que hasta entonces habían de­ten­tado y por tanto nunca habían perdido, dotándole de legitimi­dad democrática. La clave estaba en ir dando entrada por vía política a figuras procedentes del pueblo llano, a través de los dos partidos políticos que representaban a una progresía amaestrada. Y hasta hoy.

Así las cosas, y como el mundo puede comprobar, el país en­tero sigue en manos virtuales y reales de los que siempre fue­ron sus due­ños. Para ello eran, y son, precisas incrustaciones de  falsos o débiles "progres", que facilitan los manejos del po­der de facto a cambio de unos cuantos platos de lentejas para otros tantos cabeci­llas de la política y de los sindicatos, de antes y de ahora le­gislatu­ras.

 Y cuando llega un momento en que sus viejos dueños ven peli­grar ese poder, casi omní­modo, estos, para conservarlo, no tienen más reme­dio que recurrir  a la novedosa y al tiempo ve­tusta mani­pulación del escrutinio. Ahora mismo, habida cuenta la dificultad de los señores del país  para seguir haciendo de su capa un sayo, se per­fila otro cercano avatar electoral. Y un nuevo recuento de vo­tos se perfila amenazado por el truco. Lo que acon­seja ir pen­sando en la presencia de observado­res internaciona­les.

Pues así, década tras década, centuria tras centuria, se escribe la historia de este país de devotos, de conversos y de píca­ros, siem­pre basculando entre el absolutismo, la tiranía y la trampa.

DdA, XIII/3415

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