lunes, 15 de diciembre de 2014

LA HIJA DE RAFAEL DE CÓZAR

Te fuiste luchando por tu tesoro, por tu mundo particular, aquel espacio que solo tú podías entender, tu biblioteca. Cajas, cigarros, inspiración, pinturas, libros, más libros, desorden propio de un escritor. Me recuerdo con menos de una década subiendo las escaleras en forma de caracol, antes de reformar la casa, y colarme en tu mundo a leer a escondidas tus revistas de "El Jueves". Mi inocencia no me permitía entenderlas pero el simple hecho de estar prohibidas me tentaba. Teatros con marionetas, Mortadelo y Filemón, Rompetechos, 13 rue del percebe, caricaturas, cuadros, pinceles. Esa habitación. Te prometí que algún día leería todos tus libros, cuando fuera suficientemente madura para entenderlos. Aunque ya no estés voy a leerlos todos papá, estoy muy orgullosa de todo lo que has conseguido. Podría hablar tantas cosas de ti que siempre me quedaría corta.

Abrazos interminables,
colillas en las esquinas,
ojos negros y cariñosos,
versos perdidos en dibujos sacados de un sueño,
llaves que marcan el ritmo de tu llegada,
besos punzantes y sonoros,
desayunos felices,
plantas cómplices de tus batallas,
chistes nocturnos de verano,
CARIÑO.

Nunca me faltó un beso o un abrazo contigo papá, me enseñaste a ser persona. Quiero que todos te recuerden por todos esos momentos en los que hiciste reír a alguien. Yo te voy a llevar siempre conmigo y todo lo que haga en esta vida lo haré por ti, porque tú, te preocupaste por mí como nadie. Pude despedirme de ti, hace unos meses y ese último abrazo no lo voy a olvidar en la vida. 

Has dejado un hueco en nuestra ternura pero los recuerdos son eternos y tú ocuparas siempre ese hueco, callado y quieto como una sombra, alegre en nuestras memorias.

Tu hija, que te quiere con locura. Voy a cuidar de mamá, intentaré estar a tu altura.


Félix Población

No tuve oportunidad de tratar a Rafael de Cózar (Tetuán, 1951) más que una sola vez, con ocasión de una serie de reportajes que realicé con mi colega y sobre todo amigo Javier Villán hace más de treinta años y que tenían por asunto la cultura en las nacientes comunidades autónomas. Fue en un acogedor café de Sevilla, muy cerca de La Giralda, y la conversación se dilató mucho más de lo previsto, consciente de que me encontraba ante uno de esas personas que profesan la literatura con una dedicación absolutamente vocacional y sin retórica. Ya entonces crecía esa copiosa y selecta biblioteca personal que hace unos días le costó la vida, al pretender salvarla de las llamas en su casa de Bormujos. Esta mañana, lo primero que he leído en la pantalla han sido las líneas escritas por la hija de poeta, pintor y escritor sevillano, Ana de Cózar, a quien la muerte de Rafael sorprendió y conmovió en la distancia. Me ha emocionado de veras este breve texto de la joven Ana. Estoy convencido de que Rafael peleó con el fuego hasta la asfixia por legar esos nueve mil libros a su hija, pues en ellos se contenía una parte esencial de la vida que dio vida a su obra literaria y de la cultura que hizo prender en Ana, tal como glosa ella misma en sus palabras. Cabe decir en el caso de Cózar lo que pregonaba aquel escudo nobiliario que me parece encontré en una casa de Aguilar de Campoo: vivió su vida de tal suerte que dejó vida en la muerte. Murió de amor por los libros en un tiempo lleno de tablets y lecturas plasmáticas, consciente de que los ojos que hoy lo lloran podrían encontrar en la lectura de esa biblioteca con la huella de su tacto la razón que forjó su existencia y es hondo sentimiento hoy en el corazón de su hija.

"Te fuiste luchando por tu tesoro, por tu mundo particular, aquel espacio que solo tú podías entender, tu biblioteca. Cajas, cigarros, inspiración, pinturas, libros, más libros, desorden propio de un escritor. Me recuerdo con menos de una década subiendo las escaleras en forma de caracol, antes de reformar la casa, y colarme en tu mundo a leer a escondidas tus revistas de "El Jueves". Mi inocencia no me permitía entenderlas pero el simple hecho de estar prohibidas me tentaba. Teatros con marionetas, Mortadelo y Filemón, Rompetechos, 13 rue del percebe, caricaturas, cuadros, pinceles. Esa habitación. Te prometí que algún día leería todos tus libros, cuando fuera suficientemente madura para entenderlos. Aunque ya no estés voy a leerlos todos papá, estoy muy orgullosa de todo lo que has conseguido. Podría hablar tantas cosas de ti que siempre me quedaría corta.
Abrazos interminables,
colillas en las esquinas,
ojos negros y cariñosos,
versos perdidos en dibujos sacados de un sueño,
llaves que marcan el ritmo de tu llegada,
besos punzantes y sonoros,
desayunos felices,
plantas cómplices de tus batallas,
chistes nocturnos de verano,
CARIÑO.
Nunca me faltó un beso o un abrazo contigo papá, me enseñaste a ser persona. Quiero que todos te recuerden por todos esos momentos en los que hiciste reír a alguien. Yo te voy a llevar siempre conmigo y todo lo que haga en esta vida lo haré por ti, porque tú, te preocupaste por mí como nadie. Pude despedirme de ti, hace unos meses y ese último abrazo no lo voy a olvidar en la vida.
Has dejado un hueco en nuestra ternura pero los recuerdos son eternos y tú ocuparas siempre ese hueco, callado y quieto como una sombra, alegre en nuestras memorias.
Tu hija, que te quiere con locura. Voy a cuidar de mamá, intentaré estar a tu altura".


DdA, XI/2871

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