lunes, 26 de octubre de 2026

LA BOLA BLANCA



Félix Maraña

La vida de Federico García Lorca (1898-1936) no fue lúgubre, oscura o negra, como se pregona con harta insistencia. Fue la de un hombre feliz, creativo y genial, que buscó la libertad personal, luchando contra las ataduras morales y sociales de su tiempo. Pero fue uno de los pocos españoles que disfrutó de la educación, la cultura, los viajes, las vivencias en New York y es, como Cervantes, Unamuno o Machado, lo mejor del pensamiento en los dos últimos siglos.
Su obra intelectual, magnífica, a pesar de su juventud, perdurará por su lucidez y universalidad. Y su tragedia final, asesinado por la bestia, le hermana con cientos de miles de ciudadanos que en los dos últimos siglos han sido víctimas en España de la barbarie y el odio, alimentado por las corrientes ideológicas y religiosas a las que Lorca combatió pacíficamente con su inteligencia. No se lo perdonaron.
Unos le dicen héroe, otros, mártir, guía o ejemplo. Fue una persona a quien la historia le negó patria, libertad y horizonte. Pero yo me quedo con su obra y sus carcajadas, aquella alegría que endulzaba cualquier estancia y que, como me dijo un día Gabriel Celaya, compañero suyo en la Residencia de Estudiantes de Madrid, era una carcajada honda, limpia y productora de ecos lumínicos.

DdA, XXII/6506

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