domingo, 6 de septiembre de 2026

"SÓLO LA LLUVIA ACABARÁ CON LA MISERIA Y LAS GARRAPATAS"

Paco Arenas

Un seis de septiembre, hace 59 años, emprendió su último viaje el hombre que cantaba mal, aunque cantaba mucho para compensarlo. Cada mañana, al alba, alzaba la vista al cielo esperando la lluvia que nunca llegó. Y, sin embargo, el día en que salió de su casa por última vez, camino del camposanto, una gran tormenta empapó el ataúd de lluvia, de esperanza y libertad. Recuerdo su boca, mellada prematuramente, siempre sonriente a pesar de los golpes que le dio la vida:
«No hay ninguna cosa tan seria que no pueda decirse con una sonrisa.»
No vio sus ojos la lluvia caer y resplandecer sobre la oscuridad cruel de aquella España gris. Nunca le permitieron caminar por su propio surco y segar sus gavillas sin haber regado antes, con sangre y sudor, cada espiga que su hoz cortaba. Le arrebataron lo más preciado: la libertad. Y soñó siempre ser martillo contra la tiranía, fiel hasta el final a sus ideales republicanos.
«El mejor rey, el que no existe.»
Todavía escucho el tono apagado de mi madre cuando hablaba de la guerra, casi en susurros, con la pena y el miedo prendido de sus ojos. «Según contaba padre, siempre se enfrentó a moros e italianos. En ninguna batalla en las que estuvo había fascistas españoles.»
Mi padre, que cerraba los ojos al disparar contra un enemigo extranjero, nunca se enfrentó a españoles, murió convencido de que el ejército golpista estaba compuesto por mercenarios marroquíes y fascistas italianos y que solo los mandos eran españoles.
Fue pobre, pero nunca siervo domesticado, ni hombre dócil. Siempre tuvo claro que tenía que llover, y que cuando hablaba de lluvia se refería a la libertad:
«Tiene que llover hasta que entre el cielo y la tierra no quepa un papelillo de fumar.»
Los vientos de septiembre, cincuenta y nueve años después, me traen sus palabras y recuerdos. Besan mis labios y mi memoria, rescatando cada una de sus esencias, haciéndome cerrar los puños y sentir el orgullo de ser hijo de aquel campesino que caminó entre las zarzas sin perder la esperanza de que lloviese y empapase de libertad estas secas tierras de España. Y entonces vuelvo a escuchar su voz:
«Solo la lluvia acabará con la miseria y las garrapatas.»

DdA, XXII/6456/XXII

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