José Ignacio Fernández del Castro
«Esto era la libertad. La libertad consistía en perder toda esperanza.»
Charles Michael, Chuck, PALAHNIUK; ( Pasco, Washington, Estados Unidos, 21 de febrero de 1962): Fight Club –El cdlub de la lucha- (1996).
En un lugar, aquí y ahora, donde individuos ultras organizados pueden dar palizas a ciudadanos cuyo “delito” es participar en un espacio festivo con un chiringuito que promociona una sociedad más igualitaria e inclusiva (porque, a fin de cuentas son “buenos chavales de buena familia” que sólo tienen el defectillo de “odiar a los rojos y a los maricones” como parte de su “amor a España”) o amenazar gravemente la propia vida de una diputada ceutí creyendo que era una responsable de una organización que planeaba traer ayuda a los inmigrantes que pueblan las calles y playas de la ciudad (porque lo que hay que hacer es “cazarlos y que no reciban ni agua y se vayan por donde han venido… o se atengan a las consecuencias”)… En un país donde los pequeños robos de gentes condenadas a la condición de lumpen suponen la entrada en una espiral de encarcelamientos sucesivos. mientras los grandes delincuentes financieros campan a sus anchas y los “defensores del orden” proclives a la desmesura represiva (aún cuando sean condenados en firme por algún tribunal despistado) encontrarán siempre la comprensiva complicidad del indulto por parte de una casta política a cuyos intereses particulares (y “transferidos”) sirven como eficaces esbirros… En un país, un continente, un mundo así, ¿qué esperanza cabe?.
Todas las industrias culturales (desde la prensa hasta el cine de masas), diestramente controladas por el poder económico transnacional (tras una pátina de apariencia díscola) se ocupan afanosamente de generar un imaginario colectivo que derive en comportamientos de sumisión aprendida y criminalización social de la rebeldía... Pero, claro, el oprobio es tanto, la voluntad de rapiña final con la que los poderosos tratan de convertir en negocio los últimos reductos de lo común es tan descarnada (dejando a crecientes masas de población en la más inhóspita de las intemperies), que la opresión simbólica no basta.
Y vuelven las porras y las togas actuando contra el pueblo al que dicen defender...
Ese entramado normativo-represivo que va configurando su idea de libertad (la de los eternos amos) como pérdida de toda esperanza (para esos súbditos que, precarizados, ya ni podemos practicar siquiera el “libre consumo” en los mercados). Porque, a fin de cuentas, aquí y ahora, la esperanza de vida nos es más ya que la duración media de nuestro naufragio… Personal y colectivo.
DdA, XXII/6472

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