miércoles, 2 de septiembre de 2026

¿QUÉ HACEMOS PARA QUE ESTA NIÑA MIRE EL MUNDO SIN MIEDO?


¿Qué habrá sido de ella?, nos preguntamos ante la imagen y el comentario ha escrito el firmante pensando en una niña aturdida por el bombardeo y desorientada, buscando a su madre, que fue asesinada unos momentos antes. Ocurrió en 2013 en Siria y no deja de ocurrir desde hace casi tres años en la Franja de Gaza. Mi patriotismo -nos dice el autor de este artículo- está en preguntar. En preguntar por qué se calla ante determinadas tragedias. En preguntar por qué algunos gobiernos mantienen alianzas políticas, económicas o militares mientras miles de civiles sufren. En denunciar las guerras, los bloqueos y el saqueo de los recursos de los pueblos. En defender también sus culturas, su memoria y su derecho a decidir su propio futuro.



Antonio Casero

Observen bien esta fotografía. La niña es preciosa, pero su mirada, perdida y desorientada, parece buscar una explicación a todo lo que sucede a su alrededor. No entenderá nada. Y quizá ese sea precisamente el drama: que mientras nosotros contemplamos las noticias desde la distancia, seguimos sin ser capaces de salir a la calle para exigir a nuestros gobiernos que pongan fin a esta maldita guerra.
Mientras tanto, las grandes potencias y sus aliados buscan argumentos, justificaciones y estrategias para prolongar conflictos cuyos costes recaen siempre sobre los mismos: los pueblos, las familias, los niños. Y no sería extraño que, con el paso del tiempo, descubriéramos que detrás de determinadas decisiones militares y geopolíticas también existen intereses económicos, minerales, energéticos y territoriales; intereses de grandes empresas y de quienes pretenden convertir países enteros en espacios sometidos a sus negocios y a sus estrategias de poder.
Yo no asistiré a esas concentraciones. Y quiero denunciar, precisamente, el falso patriotismo de quienes convierten las banderas, las pulseras y los cánticos en instrumentos de confrontación. Me refiero especialmente a aquellos sectores del PP y de VOX que han hecho de determinados símbolos nacionales una manera de dividir a la sociedad y de señalar como enemigos a quienes defienden los derechos humanos, la solidaridad y la fraternidad.
No creo que el patriotismo consista en agitar una bandera, insultar al que piensa diferente o gritar consignas contra quienes reclaman justicia. No creo que amar a un país signifique cerrar los ojos ante el sufrimiento de otros pueblos. Y mucho menos creo que pueda llamarse patriotismo a la indiferencia ante el hambre, la miseria, las guerras y las violaciones de los derechos humanos.
Mi idea de patriotismo es otra.
Patriotismo es defender la dignidad de cualquier ser humano, viva donde viva. Es exigir que el derecho internacional sea respetado. Es reclamar que las Naciones Unidas y las instituciones europeas recuperen capacidad política y moral para responder ante las guerras, el hambre, la falta de agua, la ausencia de sanidad y educación y las distintas formas de opresión que sufren millones de personas.
Es también denunciar la ocupación, el colonialismo, las dictaduras militares, la corrupción y las redes criminales que prosperan allí donde la pobreza, la violencia y la ausencia de instituciones dejan a los pueblos indefensos.
Por eso no acudiré a concentraciones cuyo principal argumento sea el insulto, el odio o la exhibición de un patriotismo de plástico. Mi patriotismo no está en gritar «hijos de puta», ni en agitar banderas, ni en entonar cánticos contra quienes defienden los derechos humanos.
Mi patriotismo está en preguntar.
En preguntar por qué se calla ante determinadas tragedias. En preguntar por qué algunos gobiernos mantienen alianzas políticas, económicas o militares mientras miles de civiles sufren. En denunciar las guerras, los bloqueos y el saqueo de los recursos de los pueblos. En defender también sus culturas, su memoria y su derecho a decidir su propio futuro.
Y conviene decirlo con claridad: no todos los votantes ni todos los militantes del PP y de VOX son fascistas. Reducir a millones de personas a una etiqueta sería tan injusto como aquello que estamos denunciando. Pero sí existe, dentro y alrededor de estos espacios políticos, una corriente minoritaria de carácter autoritario, xenófobo y ultranacionalista que pretende marcar el rumbo del discurso y que utiliza determinados símbolos patrióticos como armas de confrontación.
Frente a ese falso patriotismo, reivindico otro.
Un patriotismo sin odio.
Un patriotismo sin enemigos interiores.
Un patriotismo que no necesite insultar para sentirse fuerte.
Un patriotismo que entienda que ninguna bandera vale más que la vida de un niño.
Porque cuando observamos una fotografía como esta, lo verdaderamente importante no es qué bandera ondea detrás de nosotros. Lo importante es preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para que esa niña pueda algún día mirar el mundo sin miedo.
Y ahí empieza, para mí, el verdadero patriotismo.
El patriotismo de este PP y VOX está en hundir y cargar contra Pedro Sánchez. Esa es la clave y la realidad. Todo lo otro es una hipocresía que arrastran desde el inicio de su existencia.

DdA, XXII/6452

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