viernes, 4 de septiembre de 2026

MINITUTORIAL DESDE LA HABANA PARA FRENAR LA BRUTOCRACIA



Raulito Torres Candil/desde La Habana 

Mira ecobio, el siglo XXI se presentó con la sonrisa de un mundo que iba a unirse, con mercados que te tendían la mano y democracias de brillo. Pero el tiempo, que es el mejor desenmascarador, nos mostró la verdad del tinglado: eso no era un orden nuevo, era una mutación del mismo bicho, y el bicho ahora es una bestia que ya ni se disfraza. Lo que llaman Brutocracia no es otra cosa que el capitalismo en su fase más perra, donde la crueldad no es un accidente ni un exceso, sino el método de gobierno. Y te lo digo con la lengua afuera: el imperio se quitó la corbata, se puso el uniforme del algoritmo, y te domestica con un dedo en el scroll mientras te vacía los bolsillos con el otro.
Por dentro, la democracia se pudrió como fruta en el piso. Los dos partidos son la misma banda de buitres que se reparten el botín mientras el pueblo se desangra en una guerra civil de redes, raza contra raza, género contra género, vecino contra vecino. Y las pantallas, mi socio, las pantallas son el nuevo opio: te hipnotizan con memes y videítos de gatitos mientras te roban el tiempo y la memoria, y un pueblo sin memoria no puede saber quién es el enemigo. Es el totalitarismo invertido que decía un viejo cerebro: no necesitan quemar libros, solo que nadie tenga tiempo de leerlos. Mientras tanto, la Reserva Federal imprime billones para los fondos buitre, y el ciudadano se traga la píldora del espectáculo, creyendo que ser rico es mejor que ser libre.
Por fuera, el asedio es una necropolítica de manual. Cuba lleva más de sesenta años bajo el bloqueo genocida, con 240 medidas más en la era Trump-Biden, un castigo colectivo para doblegar a un pueblo que se atrevió a decir no. Venezuela sufre el robo descarado de su oro y de su petróleo, y Palestina es el laboratorio perfecto: una prisión a cielo abierto donde dos millones de personas son bombardeadas con drones de última generación mientras el imperio veta resoluciones y llama “antisemita” al que señala la evidencia. No es defensa, es limpieza étnica con traje de diplomacia. Y no solo ellos: Nicaragua, Irán, Corea, todos en la misma lista de condenados por resistir. El patrón es idéntico: sanciones, medios mercenarios, golpes blandos y, si falla, la bomba.
Pero no hay fatalidad, compay, y eso lo canto con la guitarra bien templada. El imperio parece invencible, pero está carcomido por dentro: deuda impagable, cohesión social rota, un ejército que no gana una guerra desde 1945 y una cultura que fabrica zombis en vez de ciudadanos. La resistencia vive en los márgenes: en las fábricas recuperadas, en los campos de olivos, en las escuelas cubanas, en las comunas venezolanas. La primera tarea es apagar la pantalla, mirar a los ojos del vecino, recuperar la palabra y la asamblea. La segunda es nombrar al enemigo sin miedo: imperialismo yanqui, neofascismo algorítmico, Brutocracia. Y la tercera es construir soberanía: comida, energía, historias propias. Porque un pueblo que no produce sus propias historias es un pueblo esclavo. Así que a despertar del coma, que la poesía sigue siendo la escopeta de cañón largo, y el que siembra viento, cosecha tempestades. El futuro no se espera, se siembra hoy con las manos y el corazón encendido.

DdA, XXII/6454

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