Valentín Martín
De repente, el último verano, encontré el tesoro. Llamó a mi puerta la mejor con las dalias y me entregó el encargo del pirata cojo que estuvo insistiendo 72 mañanas sin saltarse ni una sola. El Largo quería pintarme la cara. Sabía que lo tiene fácil. Ay, el niño de los helechos con vocación de guitarra que se quedó en bandurria por pasarse de amapolas y medir mal su arrogancia. La culpa de Ezequías Blanco, según Pascual Izquierdo, la tiene una descomunal Salamanca con miles de poetas revolucionarios viviendo sus calles. Puede ser. También habrá que acusar a la libertad en las afueras de Paladinos, qué bello era entonces el mundo, qué bello, con sus ventanas abiertas. O al hombre que quiere volver para pedirle a sus padres los besos de cuando fue niño. El escritor se fragua, hoy, mañana, siempre fieramente se fragua para sobrevivir a su propia ternura de catedrático o perillán de roquedales o regazos de muchachas. Voy hozando en este Abismo lentamente como se debe hacer el amor siempre, mientras salivo y pienso en el escritor vecino que hace 11 meses acudió al arrobamiento junto a los amigos predilectos bajo los sauces ignorantes de aquella despedida, pienso en el catedrático público que se pasó la vida enseñando literatura, literatura, literatura. Era agosto, supongo - últimamente tengo que suponer todo- y ninguno supimos que estábamos agonizando. Anocheció enseguida tras los tilos. Y ahora mismo siento renacer el infinito en este caudal que John Silver el Largo me ha metido en el salón como un pájaro perplejo. Había sospechas en el dedo índice y campesino de que podría llegar una tormenta o un aluvión de placer desde la tinta. Pero no la hondura bellísima de un libro que al mirarlo te incita como una madrina de paz con la llave judía. ¿Alguien sabe quienes estaban en la cuadrilla cuando la muerte de Ignacio sobre la arena? En la cuadrilla de Ezequías Blanco cuando la vida de este Abismo que agrupa su poesía 1975-2025 están Pascual Izquierdo, Charo Fierro, Antonio Huerga, Toni Guerrero y Ángel Luis Vigaray. Ellos han hecho el libro con la pasión con la que se recupera el país de la infancia, una ciudad con latidos, una zambra estival de luz que acompase la vida poética de Ezequías Blanco. Gaudeamus igitur mientras somos jóvenes, dice el himno. Ahora que suena la noche, gaudeamus igitur por todos los catedráticos de instituto que han sembrado con sus nombres y sus libros los terribles páramos de este país. Gaudeamus igitur por el Abismo de Ezequías Blanco, el escritor que jamás fue forastero en ningún libro. Todos los vivió y ahora, una vez más, nos da de vivir. Su voracidad múltiple, diversa, nunca abruma, sino que seduce desmintiendo a las sirenas. Resumen de Ezequías Blanco: miles de páginas escritas y en ninguna huele a viento.
(Charo, Antonio: este libro era necesario, era necesario)*.
DdA, XXII/6461

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