Juan Manuel Vera
Las protestas multitudinarias después del desahucio de Mari Carmen Abascal ponen de manifiesto una crisis social de gran alcance.
La extensión delirante de la idea de que el mercado de la vivienda es un mercado más, igual que los demás, forma parte de la degradación de las ideas económicas y sociales que trajo consigo la ofensiva neoliberal de los años ochenta del pasado siglo.
Los inmuebles dedicados a vivienda son bienes de consumo duradero y solo marginalmente bienes de inversión mercantil. La conversión de las viviendas en activos de inversión en competencia con los activos financieros es un producto de esta época. Y sus efectos solo pueden ser demoledores y destructivos para la sociedad que lo consiente.
Todo eso se sabía antes de que los discípulos de Hayek destruyeran los consensos económicos sobre que ciertos pseudomercados (como el de la vivienda, el llamado mercado de trabajo o el de recursos naturales) solo pueden sostenerse sobre la base de un intervención pública regulatoria muy potente, continuada y consistente.
¿De qué se trata? De reaprender lo olvidado en estas décadas de desregulación salvaje que ha abierto el camino a los fondos buitre y a sus protectores políticos.
DdA, XXII/6479

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