«Luciente espejismo que vi
en los idus de agosto por la linde
crepuscular de la marisma, cerca
del arenal de Argónida,
mientras las monocordes
dependencias del sueño disputaban
su parte de ficción al predominio
de la brumosa realidad,
¿cómo podría yo olvidarme
no de lo incierto de esa historia
por nadie atestiguada,
sino de la razón que me ha asistido
desde entonces, habitante
de otro espejismo donde sólo
Vivimos en la sociedad del espectáculo, inmersos en un juego de espejos tan intrincado que ya nadie sabe distinguir las historias más inciertas de las verdades posibles intuidas por una razón precaria... Gigantesco espejismo, el mundo se abisma en los límites, interesadamente confusos, que separan la apariencia de la realidad; y no porque no haya testigos de los hechos más claros y distintos, sino porque, bien lo sabemos, el creciente colectivo de las gentes dispuestas a cumplir esa función está al sumiso servicio de los intereses y designios, más o menos caprichosos, de los amos del cotarro… Que cada día tienen en sus manos herramientas más precisas y sofisticadas (desde los viejos pero aún eficaces media hasta la invasiva y disparada Inteligencia Artificial) para insertar sus relatos en los imaginarios colectivos más convenientes para sus intereses.
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