Que Fidel Castro, el año en que cumplió setenta de edad, invitara al escritor colombiano Gabriel García Márquez a que lo acompañara en la visita que hizo a su pueblo y casa natales, denota lo arraigada e intensa que fue la amistad entre el autor de Cien años de soledad y el líder histórico de la revolución cubana, del que este mes se ha cumplido el centenario de su nacimiento. Esa amistad se mantuvo durante décadas, así como el respeto del escritor por la revolución cubana. La primera vez que escuchó García Márquez hablar de Fidel fue a través del poeta Nicolás Guillén, en 1955. El escritor colombiano describió en vida la relación de amistad que mantenía con Castro, como una “amistad de intelectuales”, que se fue forjando en enero de 1959, cuando llegó a la isla como periodista, a cubrir la llegada al poder de los guerrilleros “barbudos” que comandaba Fidel: "La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura", dijo Gabo en 1981 -un año antes de recibir el Premio Nobel- para explicar cómo eran sus encuentros. “Nuestra amistad fue fruto de una relación cultivada durante muchos años, en que el número de conversaciones, siempre para mí amenas, sumaron centenares”, relató Castro en 2008, cuando recibió a Gabo y su esposa Mercedes, dos años después de la crisis de salud que lo llevó a dejar de ser primer mandatario del país en 2006. Por su parte, Gabriel García Márquez dijo en 2009, en un artículo que publicó en Cuba Debate, que admiraba de Fidel "su devoción por la palabra, su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo". El texto continuaba diciendo: "Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar". La periodista Alionuska Vilche recogió lo que escribió el periodista Cleanel Ricardo a propósito de la visita de Fidel Castro y García Márquez a la casa y pueblo natales del primero en 1996: "Fue, quizás, uno de los pocos amigos entrañables que el líder llevó hasta su casa natal, el lugar más íntimo de su memoria, para compartir no la grandeza de la Revolución, sino el pequeño y silencioso milagro de la infancia", escribe Vilche.

El 13 de agosto de 1996 no era un día cualquiera. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz cumplía 70 años y había elegido regresar a su tierra natal. Pero no viajó solo. A su lado, como un viejo cómplice de aventuras, lo acompañaba el escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, junto a su esposa, Mercedes Barcha. Así lo registró la historia, y así lo narró el periodista holguinero Cleanel Ricardo, testigo presencial de aquella jornada inolvidable del 15 de agosto, en una crónica publicada en este periódico días más tarde. Durante horas, Fidel guió a sus invitados por cada rincón de la finca, el lugar que lo vio nacer y crecer junto a sus seis hermanos. "Les llevó horas caminar el lugar", escribió Cleanel Ricardo, "pero apenas pasó el tiempo, o sucedió que nadie pudo medirlo".
El recorrido fue minucioso. Fidel, vestido con su tradicional uniforme verde olivo, condujo a Gabo y a Mercedes por los pasillos, los corredores, el sótano y las habitaciones de la casona de madera de arquitectura rural española. Mostró la escuelita donde aprendió sus primeras lecciones y el punto exacto donde él y sus hermanos vieron la luz primera. El grupo se detuvo ante el panteón donde reposan los restos de sus padres, Ángel y Lina, y los abuelos. Fidel, con un gesto de profundo respeto, colocó un ramo de flores sobre la tumba.
Quienes vivieron la ocasión recuerdan una atmósfera de fraternidad y calidez. El cielo estaba despejado, el sol iluminaba cada rincón y, a lo lejos, los Pinares de Mayarí se perfilaban teñidos de un azul brumoso. "Era como tocar con las manos, la vista y el extra del cariño cada pulgada intacta, cada metro cuadrado de un espacio vital", anotó Cleanel.
El encuentro era el resultado de una amistad cultivada durante décadas. Fidel, en sus posteriores Reflexiones, lo dejó claro: "Nunca tuve el privilegio de conocer Aracataca, el pueblito donde nació Gabo, aunque sí el de celebrar con él mi 70 cumpleaños en Birán, adonde lo invité".
Aquel día, Gabo estaba allí como el amigo con quien había compartido en muchas ocasiones y sostenido incontables conversaciones, las cuales el Comandante definió como "una receta contra las fuertes tensiones". Para Fidel, García Márquez era "un hombre con bondad de niño y talento cósmico, un hombre de mañana, al que agradecemos haber vivido esa vida para contarla".
La fotografía de aquella jornada muestra al autor de Cien años de soledad vestido con un mono deportivo y zapatos blanquísimos, con una mirada atenta, casi de asombro, mientras Fidel, como un anfitrión orgulloso de sus raíces, desgranaba la historia de su vida ante los ojos del autor del realismo mágico. Fue, quizás, uno de los pocos amigos entrañables que el líder llevó hasta su casa natal, el lugar más íntimo de su memoria, para compartir no la grandeza de la Revolución, sino el pequeño y silencioso milagro de la infancia.
El recorrido quedó así grabado en la memoria de ambos. Para Fidel, fue un viaje a la semilla, para Gabo, una lección de humanidad, y para la historia, el testimonio de que la amistad más profunda no necesita grandes discursos, basta con una caminata por los pasillos del recuerdo.
DdA. XXII/6437
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