domingo, 9 de agosto de 2026

ABELARDO DE LA ESTRIELLA, UNA CARICATURA QUE NO DIGNIFICA AL CARIBE

 Aunque sólo sea por la dignidad, brillantez de exposición y contenido de su lenguaje, cada vez que Gustavo Petro hablaba en los foros o universidades internacionales, soy de los muchos que va a echar de menos al anterior presidente de aquella república, al que le gustaría que se le recordase como guerrero de la vida. Máxime si el actual, cuya victoria en las urnas cuestionó Petro, ofrecerá en sus discurso -dejando aparte su contenido- lo que el firmante del siguiente artículo expone. Quien pretende conducir los destinos de una nación culta y diversa debe estar a la altura intelectual, ética y lingüística de esa nación, sostiene Becerra Murgas, y no un desparpajado camaján dicharachero.



LA CULTURA LINGÜÍSTICA DE ABELARDO DE LA ESPRIELLA, ES POCO MENOS, QUE LA DEL PACHANGA FOLCLÓRICO, LA DEL FILIPICHÍN INSOLENTE, Y LA DEL PIZPIRETA BRAVUCÓN

Francisco Becerra Murgas

La dignidad del lenguaje, también debe ser dignidad de la política, en un acto de posesión presidencial en Colombia: el nuevo presidente, es poco menos, que el desparpajado camaján dicharachero. Hay algo profundamente revelador en la manera como un dirigente político se presenta ante la nación en un acto solemne de posesión presidencial. El discurso de investidura no es una conversación de cantina, una parranda vallenata, ni una tribuna de campaña politiquera, ni una fiesta de compadres: Es un acto republicano en el que las palabras adquieren una responsabilidad histórica, institucional y cultural.
Por eso resulta legítimo preguntarse qué imagen de la Costa Caribe colombiana se proyecta cuando un dirigente, en semejante escenario, recurre a determinadas auto caracterizaciones y expresiones de marcado sabor coloquial. Un costeño verdaderamente culto, académicamente formado, intelectualmente serio, honesto en su conducta pública y educado en el respeto por el idioma difícilmente necesitaría presentarse mediante metáforas de ferocidad, bravata o rusticidad para acreditar su autoridad. La identidad costeña no necesita disfraces folclóricos, ni gesticulaciones de machismo político. La Costa Caribe ha producido escritores, científicos, profesores, juristas, músicos, investigadores y dirigentes de extraordinaria talla intelectual. Desde Gabriel García Márquez hasta innumerables maestros anónimos de nuestras universidades y escuelas, el Caribe colombiano ha demostrado que la espontaneidad del habla costeña puede convivir perfectamente con la profundidad del pensamiento, la elegancia de la expresión y la rigurosidad académica. El problema, entonces, no es ser costeño, popular o coloquial. El problema aparece cuando la vulgaridad se convierte en método de representación política y cuando la estridencia pretende sustituir al argumento.
Un presidente de la República tiene la obligación de elevar el lenguaje público, no de rebajarlo; de representar la pluralidad nacional, no de convertir el escenario presidencial en una prolongación de la plaza pública; de demostrar autoridad intelectual mediante ideas y decisiones, no mediante una teatralización de la personalidad. Cuando un mandatario utiliza deliberadamente una retórica de bravata, puede producir aplausos inmediatos, pero también corre el riesgo de transformar la investidura presidencial en espectáculo. Y una República seria necesita algo diferente: instituciones, pensamiento, sobriedad, conocimiento y responsabilidad histórica. Por eso resulta especialmente desafortunado que la representación política del Caribe termine asociándose con el personaje del “tigre”, del hombre bravucón o del caudillo pintoresco. Esa caricatura no dignifica al Caribe. Por el contrario, puede terminar reproduciendo el viejo estereotipo de que el costeño es necesariamente estridente, informal, insolente, vulgar o intelectualmente ligero.
La verdadera cultura costeña es mucho más grande que esa caricatura de Abelardo de la Espriella.
Un académico costeño verdaderamente humanista no necesita proclamarse feroz para demostrar fortaleza. Su fuerza está en el conocimiento. No necesita recurrir a la insolencia para demostrar carácter. Su carácter se manifiesta en la coherencia. No necesita disfrazarse de personaje popular para obtener legitimidad. Su legitimidad proviene de la ciudadanía y de sus actos de gobierno. Y mucho menos necesita convertir la Presidencia de Colombia en escenario de una representación personalista. La política democrática debería ser, ante todo, una pedagogía de ciudadanía. Quien ocupa la primera magistratura tiene el deber de enseñar, incluso involuntariamente, cómo se ejerce el poder: Con argumentos y no con bravuconadas; con cultura y no con vulgaridad; con autoridad moral y no con teatralidad; con firmeza republicana y no con insolencia. La crítica, por supuesto, no debe confundirse con clasismo. Ser popular no es ser ignorante; hablar coloquialmente no es carecer de cultura; tener identidad regional no significa renunciar al lenguaje académico. Precisamente por eso la exigencia debe ser mayor: quien pretende conducir los destinos de una nación culta y diversa debe estar a la altura intelectual, ética y lingüística de esa nación.

DdA, XXII/6431

No hay comentarios:

Publicar un comentario