viernes, 17 de julio de 2026

EL FÚTBOL SIGUE CONSERVANDO UN RINCÓN DE VERDAD, A PESAR DE TODO

 En este magnífico artículo publicado en CTXT, el firmante sostiene que mientras exista un entrenador capaz de denunciar un genocidio [Hossana Hassan, no lo olvidaremos], un jugador que desafíe al odio con una uña pintada, aficiones que anteponen los derechos humanos y lo cercano frente al negocio o un actor que nos recuerde que una camiseta pertenece a todo un pueblo y no a quien se la quiera apropiar, el fútbol seguirá conservando un rincón de verdad. Los corruptos podrán comprar árbitros y campeonatos, pero nunca comprarán la memoria sentimental de quienes aprendieron a amar un balón cuando era de trapo o de plástico.


Paco Cano

La portería era la puerta de un garaje cerrado, el balón de plástico salía despedido y aparecía una vecina que gritaba porque alguien había vuelto a darle un pelotazo a los geranios. Uno crece pensando que el fútbol pertenece a su barrio. Luego descubre que hay una ciudad entera que los domingos se pone una camiseta amarilla. Después se entera de que hay una selección nacional y que el fútbol es una cuestión de Estado que ayuda a ocultar otros problemas. Finalmente, comprende que ni el barrio, ni la ciudad ni el país mandan nada y que el fútbol pertenece a quienes han hecho de él una de las mercancías más rentables del planeta pervirtiendo su fuerza social. Para entonces, uno ya está enganchado.

El mundial de Estados Unidos lleva semanas recordándonos que el fútbol, en su versión más global y televisada, no es un deporte ni un juego; es un producto. Y, como todo producto del capitalismo tardío, tiene dueños, reglas de mercado y precio de venta. Sabíamos que la FIFA no era una institución ejemplar –escándalos de corrupción, dimisiones en masa del Comité de Gobernanza, sedes compradas, alianzas con regímenes de cualquier signo y una mercantilización creciente–, pero en este mundial ha cruzado la línea roja del pudor y ya ni siquiera se esfuerza en disimular.

Celebrar un mundial en un país que está en guerra, que ha deportado, violentamente, a miles de personas procedentes de los mismos países que llenan sus estadios y que ha convertido su frontera en una herramienta de exclusión constituye una contradicción demasiado grande como para obviarla. Mientras la FIFA insiste en presentar el fútbol como un lenguaje universal capaz de unir a la humanidad, el torneo se desarrolla detrás de un sistema de controles, visados y restricciones que impidió la entrada a un destacado árbitro somalí, retuvo durante siete horas a un jugador iraquí y obligó a la selección de Irán a pernoctar en México, aunque jugara en Los Ángeles. Resulta difícil imaginar una metáfora más precisa de nuestro tiempo que la de una fiesta organizada al otro lado de un muro custodiado por el ICE.

El anfitrión de la fiesta es Donald Trump, quien convierte cada aparición pública en una exhibición de desvergüenza. El presidente americano aprovecha el mundial como si fuera el escenario ideal para reforzar su imagen de líder caprichoso y matón. Como si estuviera en una cumbre de la OTAN. Infantino, igual que Rutte, lo permite postrándose sumiso ante el poderoso. La misma FIFA que durante años sancionó a futbolistas por mostrar en sus camisetas mensajes de paz o de solidaridad ofrece al belicoso Trump un escaparate para alimentar su obsesión por el reconocimiento internacional. Una organización que dice representar el carácter universal del fútbol acaba subordinándose a quien levanta fronteras, expulsa migrantes y convierte la exclusión en programa político. La retirada de la sanción al goleador estadounidense, tras la llamada del presidente de EE. UU. causó una vergüenza mundial que la FIFA ni siquiera intentó aclarar.

Luego está Messi. O, mejor dicho, Messi convertido en marca que se reúne sonriente con Trump, que es embajador turístico de la dictadura saudí y producto estrella del gran negocio futbolístico a proteger. Argentina acumula decisiones arbitrales favorables que alimentan una incómoda sensación de privilegio. Cinco penaltis en Qatar hasta conseguir el título, tres más en este Mundial y varias decisiones controvertidas que han terminado inclinando resultados. Conviene ser prudente. Una cosa es señalar hechos y otra convertir cada victoria argentina en una teoría conspirativa, pero también sería ingenuo fingir que no ocurre nada. El encuentro contra Egipto, la protesta formal de su federación y las duras declaraciones de su seleccionador reforzaron esa percepción. El fútbol se basa en la confianza de que el resultado pertenece al juego, con sus causas y azares, y no a una empresa que blinda a quienes más venden. Argentina, con una historia futbolística inmensa y con el mejor jugador del mundo, corre el riesgo de convertirse en la selección más antipática del planeta, porque ningún campeón debería necesitar ayuda extra.

Precisamente por todo esto, y porque el fútbol aún nos toca en lo emocional, resulta más importante que nunca aferrarse a las islas de dignidad que el dinero todavía no ha conseguido comprar. Está Lamine Yamal, apenas diecinueve años, levantando una bandera palestina como un gesto elemental de humanidad en la celebración del título de Liga del Barça mientras otros, como su entrenador Hansi Flick, se refugian en la confortable coartada de la neutralidad. Está Kylian Mbappé, recordando que el éxito deportivo no obliga a renunciar a la conciencia social. Están Borja Iglesias –quien renunció a la selección mientras el presidente de la Federación Española fuese Luis Rubiales, en apoyo a la selección femenina– y Héctor Bellerín, demostrando que un futbolista puede competir al máximo nivel sin dejar de ser un ciudadano comprometido. Están Jenni Hermoso, Mariona Caldentey y tantas futbolistas que han convertido la igualdad y la dignidad en una forma de estar también fuera del campo. Y está Hossam Hassan. Mientras casi todos hablaban de tácticas, el seleccionador egipcio habló de Gaza, denunció el genocidio y después cuestionó un arbitraje que consideraba injusto. Podrá discutirse su lectura del partido, pero no el valor de su gesto, pues nos recordó, para incomodidad de la FIFA, que antes que empleados del espectáculo, futbolistas y entrenadores siguen siendo ciudadanos con conciencia.

Hemos tardado demasiado en aceptar quién manda realmente. Pero mientras exista un entrenador capaz de denunciar un genocidio, un jugador que desafíe al odio con una uña pintada, aficiones que anteponen los derechos humanos y lo cercano frente al negocio o un actor que nos recuerde que una camiseta pertenece a todo un pueblo y no a quien se la quiera apropiar, el fútbol seguirá conservando un rincón de verdad. Los corruptos podrán comprar árbitros y campeonatos, pero nunca comprarán la memoria sentimental de quienes aprendieron a amar un balón cuando era de trapo o de plástico.

CTXT  DdA, XXII/6410

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