Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde, nos dejó dicho Marguerite. Llegar tarde o no llegar nunca se parece mucho a una estafa que la oscuridad se guarda con la insistencia de los bastardos en los secarrales. Mientras la inmensidad de tantos amores vivos y muertos dibuja la geografía de pueblos y ciudades, llegan palomas equivocadas con el nombre de Alberti en sus alas que debieron quedarse quietas y no responder a la llamada. Porque es verdad que nos iremos, que tenemos los días contados, los nuestros y los de quienes más queremos. Ahora mismo tengo nostalgia de una ausencia repentina y concreta: la de Aitana Alberti León que ya no podrá acudir a una cita cuando antes José Luis Ferris, el escritor más decisivo, había cocinado para los tres en Madrid. Pasó algo y la charladuría con la hija de Rafael y María Teresa quedó para otra ocasión que no llegaría nunca. Tal vez sea verdad que vivir es dejarse gente y cosas por el camino. Hoy me acuerdo de esto cuando ya no veré nunca a Aitana Alberti León que amó tanto a Cuba que en esta Cuba malherida se ha quedado para siempre, transitando como nadie las revoluciones, la cultura, la memoria de la Generación del 27, las cenizas de su padre, el mármol de su madre, y todo el dolor del exilio en una arboleda perdida.
Hoy, una vez más, si me piden amar a cualquier dios, tendría que decir que se vayan con su música a otra parte.
DdA, XXII/6395

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