Ángel Pedrosa
Hoy se está faltando el respeto al pensamiento progresista... de esto a lo siguiente hay un suspiro, no lo permitas.
No era una batalla.
No había trincheras en aquella plaza, ni mapas, ni generales inclinados sobre una mesa.
Solo una mujer.
Una mujer rodeada de risas ajenas, de dedos que señalaban, de ojos que aprendían demasiado pronto cómo puede humillarse a un ser humano.
Le cortaron el cabello.
Cayeron los mechones como si quisieran arrancarle también el nombre, la memoria, la costumbre de caminar erguida.
El suelo se llenó de hebras oscuras y el aire de silencio.
Después llegó el aceite de ricino.
No como medicina, sino como castigo.
No para curar, sino para exhibir.
La obligaron a tragar la vergüenza que pertenecía a sus verdugos.
Y las calles, esas mismas calles que habían visto mercados, juegos de niños y conversaciones bajo las ventanas, fueron convertidas por un instante en escenario de la crueldad.
Qué frágil es la civilización cuando el odio recibe uniforme.
Qué fácil resulta hablar de patria mientras se rapa una cabeza, mientras se obliga a alguien a beber el miedo, mientras la dignidad es arrastrada como un objeto inútil.
Pero el cabello vuelve a crecer.
La memoria también.
Y aunque los años levanten polvo sobre los nombres y las fechas, permanece la certeza:
ninguna bandera justifica la humillación, ninguna consigna absuelve la crueldad, ninguna victoria merece construirse sobre la vergüenza de los indefensos.
Por eso aún hablan las sombras.
No para pedir venganza, sino recuerdo.
Para que nadie confunda jamás la violencia con el honor, ni el fanatismo con la justicia, ni el poder sobre los débiles con la grandeza.
Y para que el amargo sabor de aquel aceite siga siendo, para siempre, una acusación.
LA VOZ DE ALMERIA DdA, XXII/6379

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