Declaro ante un espejo y ante el mundo, que mi libertad no cabe en el estrecho marco de un anhelo individual. La libertad que me quita el sueño y me enciende la garganta no es la del que huye a una isla desierta para hacer su capricho en soledad. Mi libertad está preñada de los otros. Es una libertad en estado de gravidez social.
Soy libre, profundamente libre, cuando hago lo que creo correcto para mi gente y para la humanidad. Y aquí reside la médula de mi ética. Lo correcto no es un mandato bajado del cielo ni el dogma de un partido; es el pan en la mesa del desposeído, es el techo que cobija al que la tormenta dejó a la intemperie, es la palabra que despierta al que el sistema durmió con su canto de sirenas. Ayudar a los desfavorecidos más que un acto de caridad, esa caridad que es fría y vertical, es un acto de amor, que es horizontal y recíproco. En esa ayuda me reconozco humano, me completo, y al hacerlo, rompo las cadenas de la indiferencia. Mi libertad es la imposibilidad de ser feliz en soledad, mientras exista un solo ser humano al que le roben la esperanza.
En este camino, la crítica se vuelve un deber sagrado. Criticar lo mal hecho no es amargura ni traición; es la más alta forma de lealtad a los sueños que nos prometieron. Es una herramienta de carpintería social para reparar la mesa coja, para enderezar la viga torcida de la casa común. El que calla ante lo mal hecho, no por prudencia estratégica sino por miedo, se encadena a la mediocridad y se hace cómplice. Mi canto es y será bisturí cuando deba extirpar la mentira, y será bálsamo cuando toque sanar la herida. No me callo, porque el silencio cómplice es la celda más pequeña y oscura.
Mi libertad se viste de fiesta cuando canto. Soy libre cantándole a lo que me inspira y me impresiona positivamente. En un mundo que hace negocio con la distopía y el miedo, voltear la mirada hacia la belleza, hacia el detalle mínimo y luminoso, es un acto de resistencia. Cantarle a la flor que nace en el asfalto, al amor que no claudica, a la dignidad de la gente humilde, al abrazo que cura más que cualquier medicina, al héroe que llenó de hospitales y escuelas un país al que llevan años asfixiando y a la vez dicen que es fallido. Mi canto es la celebración de lo que aún nos hace humanos, la prueba irrefutable de que no todo está perdido. Esa inspiración es mi combustible, y compartirla, mi modo de hacer revolución.
Finalmente, tomo la palabra, esa herramienta filosa y sagrada. Escribir sin miedo sobre mi percepción de la verdad es el ejercicio supremo de mi libertad. Mi verdad es una isla en un archipiélago; tiene sus costas, sus acantilados, sus palmeras únicas, pero está conectada por el puente submarino del respeto a las verdades de los demás. Digo lo mío con la fuerza de un huracán, pero con el oído atento al rumor de otras brisas. No pretendo imponer mi mapa del mundo, pero sí tengo el derecho y el deber de mostrar mis cartas de navegación. La verdad se vuelve más nítida cuando se frota con otras verdades, no cuando se momifica en un altar. Mi palabra es mi espada y mi escudo, pero jamás será una maza para silenciar la palabra ajena.
Por todo esto, hermanas y hermanos, mi libertad no es un puerto de llegada, es una forma de navegar. Es remar con todas mis fuerzas hacia una orilla donde quepamos todos, con el remo de la solidaridad, la vela de la crítica honesta y la brújula de un canto que busca, incesantemente, la justicia.
Esa, y no otra, es mi libertad. La que ejerzo para ser, contigo y con todos, un poco más humanos.
Si puedes, observa a tu lado y empieza regalando una sonrisa a todo el que tenga una mirada triste... ayúdale en lo que alcances....
DdA, XXII/6372

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