Creo haber leído por primera vez este poema en una antología de la poesía iberoamericana que compré a los diecisiete años, cuando de modo tan intenso me interesé por aquellos autores a partir de Neruda que hasta me puse a escribir sonetos. Ese libro lo leí aquel verano muy a menudo en las playas del olvido, por lo que entre las páginas fue quedando la arena del viento que acabó por deformar el ejemplar. No sabría decir qué fue del mismo. Sí que no lo tengo. Nunca pensé que lo que hizo especialmente atrayente entonces este poema de Oliverio Girando (1891-1967) a modo de desahogo existencial, leído en voz alta con fragor de ola en la inconformidad de la adolescencia incomprendida, pudiera servirme tanto tiempo después para multiplicar en la tercera edad el motivo de volver a sus palabras con la voz más vieja, pero con no menor sentir. Se lo agradezco a Jonio González por haberlo difundido en su muro, pero me voy a permitir ponerle otra imagen (en este caso una caricatura publicada hace un tiempo en el New York Times) sobre la que vomitar a fondo lacios coágulos de asco, macerada impotencia, rancios jugos de hastío:
Cúbrete el rostro
y llora.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
largos trozos de vidrio,
amargos alfileres,
turbios gritos de espanto,
vocablos carcomidos;
sobre este purulento desborde de inocencia,
ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce,
y esta castrada y fétida sumisión cultivada
en flatulentos caldos de terror y de ayuno.
Cúbrete el rostro
y llora...
pero no te contengas.
Vomita.
¡Sí!
Vomita,
ante esta paranoica estupidez macabra,
sobre este delirante cretinismo estentóreo
y esta senil orgía de egoísmo prostático:
lacios coágulos de asco,
macerada impotencia,
rancios jugos de hastío,
trozos de amarga espera...
horas entrecortadas por relinchos de angustia.
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de "Persuasión de los días" (1942) en "Obras completas", Losada, Buenos Aires, 1968. En la imagen, J. Milei e Isabel Díaz Ayuso, dos incitadores al vómito.
DdA, XXII/6390

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