martes, 30 de junio de 2026

GRITOS CON CITA Y GLOSA (LXXXII): DE LAS GRANDES PALABRAS COMO LUGARES COMUNES…


José Ignacio Fernández del Castro

«Digo: “libertad”, digo: “democracia”, y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque esa es la naturaleza misma del cliché y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo.»
 Julio Florencio CORTÁZAR DESCOTTE (Ixelles, Bélgica, 
26 de agosto de 1914 – París, Francia, 12 de febrero de 1984): Párrafo de la charla sobre 
“El valor de las palabras”, dada en el  Centro Cultural de La Villa 
de Madrid en recuerdo del quinto aniversario del golpe militar del General Videla en Argentina (1981).

Por desgracia ese deplorable teatrillo de sombras cuyas oscuras representaciones de los intereses de los menos (no confundir, claro, con esos seres más bien indefensos y precarios hasta en sus sencillos intereses que la ultraderecha ha dado en llamar menas) seguimos denominando democracia, no parece tener remedio... Su condición de pésimo circo desde el que se establece y legitima el estado de cosas para que el pan sea poco, según aquel lema indignado  (“¡Poco pan, pésimo circo!”) que parece ya tan lejano, no sólo deja los más arteros emperadores romanos como unos verdaderos benefactores de la humanidad al lado de nuestros gobernantes (y los aspirantes a serlo), sino que, además, señala con toda precisión el verdadero “programa oculto” de éstos: promocionar un circo cada vez más eficiente en su función alienadora (ahora, por ejemplo, con el Campeonato Mundial de Fútbol en México, Canadá y Estados Unidos; o con los productos empaquetados en serie por las plataformas de contenidos audiovisuales en streaming), a través tanto de la negación del pan y la sal a cualquier manifestación cultural liberadora (o mínimamente disidente del entorno mediático), como de la concesión de espacios y prebendas a los más eficaces gestores del ascenso de la insignificancia (Cornelius Castoriadis dixit) y la basura intelectual,  promocionando las nuevas industrias pseudoculturales para generar la sumisión y el miedo que lleven a la ciudadanía a aceptar mansamente la reducción de su pan, o sea los recortes de sus derechos, los ajustes de su mínimo bienestar, la precarización de su vida y hasta la transferencia del ahorro realizado a costa de esa mengua del hálito y el horizonte los más a las cuentas de beneficios de los menos.
¿Es eso, en algún sentido siquiera aproximado, democracia?, ¿lo es, siquiera formalmente, cuando el único ritual que lejanamente recuerda su etimología, el sufragio, sólo atrae ya a un colectivo anímica y numéricamente menguante, resignado a “los juegos del mal menor”, más persuadido cada vez de que “nada podrá frenar un destino común, fatal e inevitable”?... O, dicho de otro modo, ¿qué democracia es ésta en la que las decisiones relevantes para la vida de cada cual son adoptadas en función de mandatos ajenos a cualquier persona elegida a través de los procesos formalmente establecidos?, ¿qué democracia es ésta en la que las propias instituciones viven de espaldas a la calle (y, cuando se ponen de frente porque ya no les queda otra, es literalmente para “enfrentarse” con porras y con togas)?... ¿Qué democracia es ésta, en suma, en la que ni siquiera figuran en las papeletas electorales los nombres de los grupos económicos entre los que verdaderamente se está eligiendo (sin duda porque esos grupos apuestan a todos los caballos, léase partidos, susceptibles de convertirse en ganadores)?.
Evidentemente, esa democracia es solo un cliché, un estereotipo, una noción interesadamente equívoca y polisémica, que sigue siendo inercialmente útil a los poderes (real y formal) para generar una apariencia de legitimación de sus voluntades... En realidad, es nada más ni nada menos que un lugar común cuya permanencia impide a toda la ciudadanía vivir auténtica y cotidianamente ese poder del pueblo… Una mera convención, una forma de hablar que impide cualquier proceso de reflexión colectiva sobre sus propios mecanismos, instrumentos y prácticas; una pesada y oscura losa que aplasta toda ocasión para que la vida pueda hacer que se escuche su verdadero canto...
Pero ese lugar común tiene consecuencias tétricas: mercantilizar, por ejemplo, la libertad misma, al hacer que ésta, más allá de metafísicas existencialistas, sólo esté al alcance de quien pueda pagársela... Y por eso la libertad de los mercados está hoy muy por encima de la libertad de las personas... ¡Paradojas contemporáneas de estas democracias!. Porque si las dictaduras nos mataban, en ellas, para los más, cada vez resulta más difícil vivir.

DdA, XXII/6393

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