Ana Cardo
Con ocasión del Mundial de Fútbol ya en curso y en la jornada previa al primer partido de la selección española -decepcionante para un equipo al que se le da por favorito, digan lo que digan de su marca comercial los tediosos cronistas de nuestra televisión pública-, se nos ofreció por TVE un programa en el que se dieron rasgos biográficos de la trayectoria deportiva de cada uno de los integrantes de La Roja, empezando por su entrenador. Entre las preguntas que se le hicieron no pudo faltar una referida a las dos breves pausas para hidratación que el árbitro señala en cada uno de los dos tiempos de cada partido, pausas que el entrenador español considera necesarias si el calor aprieta y menos necesarias si no hay calor. Esas pausas se nos han querido vender como una atención a la salud de los futbolistas, cuando lo que prima, según el entrenador alemán Jürgen Klopp, son los intereses de los patrocinadores, con los tiempos de televisión dictando el ritmo del partido: "Un partido de la Copa del Mundo debería fluir como un río. En cambio, estamos construyendo presas en medio de él para que los comerciales puedan pasar. Eso es peligroso para el espíritu del juego. El fútbol alguna vez fue el evento principal, pero ahora corre el riesgo de convertirse en la música de fondo de un espectáculo publicitario. Nos dicen que estos descansos son por el bienestar de los jugadores, y por supuesto la salud de los jugadores importa. Pero cuando el juego empieza a doblar sus rodillas ante los tiempos de la televisión, la gente va a hacer preguntas. El balón se supone que es la estrella. No un descanso comercial. La Copa del Mundo es la catedral del fútbol. Sin embargo, a veces da la sensación de que la hemos convertido en un centro comercial donde la caja registradora recibe más respeto que el propio partido. Si este es el futuro, entonces el fútbol ya no está siendo interrumpido por los anuncios. El fútbol se está convirtiendo en la interrupción entre los anuncios". Nada que añadir, salvo que la caja registradora podría acabar con el fútbol por aquello de que la codicia rompe el saco. Yo dejé de ver a La Roja en la segunda de las pausas y sólo lamenté que la modesta selección de un pequeño país africano que habla portugués no hubiera vencido al final.
DdA, XXII/6379

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