Valentín Martín
El bisabuelo Iwasaki amaba la vida. Tanto que no quiso cumplir con la tradición samurai -por si un harakiri le salía al paso- y se fugó a América. Antes que el honor, el amor. O quizás es que él sabía que una de las suyas sería la mejor Carmela de la historia. El bisabuelo samurai vestido de guapo era muy guapo. Y más listo que un novio.
Otro samurai, el soldado japonés Onoda, le llevó la contraria al bisabuelo. Llegó a Filipinas en 1944 con la orden de su comandante: luchar sin rendirse ni suicidarse. Y cumplió hasta la perplejidad de la historia. Un año después su país se rindió ante la barbarie nuclear cuando la bomba atómica "Little Boy" arrasó Hirosima el 6 de agosto, día en el que los Estados Unidos de América inauguraron una nueva era de la infinita crueldad.
Onoda tenía un concepto estrepitoso de la fidelidad y del honor: él sólo se rendiría si su comandate se lo ordenaba. Así que 30 años después el viejo comandante tuvo que viajar a la selva filipina para dar la orden a Onoda que el 9 de marzo de 1974 accedió a entregar su sable al presidente vencedor Ferdinand Marcos.
El gesto tozudo de Onoda revela muchas cosas. Entre ellas que el valor moral de los compromisos viene de lejos y se mantiene hoy como siempre. Si lo sabré yo que el último verano me apatusqué para recibir a los amigos que junto al sauce de mi pueblo cantaron y recitaron frente a la buena gente. Vinieron de lejos: Gijón, Zaragoza, Astorga, Paladidos del Valle, Madrid, Salamanca. Los que se ven son María Ángeles Pérez, Javier Rodríguez del Barrio, Miguel Ángel Yusta, Rafael Soler, Ezequías Blanco, Moncho Otero, Francisco Caro y Rafa Mora. No sé por qué faltan los que también estuvieron: Ferchu de Castro, Miguel, Lucía, María, Charo, Martín, y algún ecétera que se me escapa y vuela.
Hay en toda despedida sabor a memoria. La recuperación de la conversación que al vivir somos, y que en el límite de la finitud se pone en pie y alardea. ¿Somos el bisabuelo Iwasaki o el soldado Onoda?
¿O fuimos? Machado nos deja su huella: ni el pasado ha muerto, ni está el mañana -ni el ayer - escrito.
Junio es un mes frutal y preludio. Llegan las cerezas que yo he escrito siempre, maduran los higos y sonríen las sandías. Supongo que también se encienden los grillos que quedan. Hay un estío llamando a la puerta, hoy no sabemos si es para entrar o para salir. Yo era un niño cuando Tennesse Williams -el mejor de todos nosotros- escribió "De repente el último verano", una obra dramática sobre la locura. Ahora a los viejos nos vuelven más locos las tormentas. Y el no estar seguros de que haya un mañana para decir mañana será otro día.
DdA, XXII/6350

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