jueves, 14 de mayo de 2026

LA SANGRE DE PALESTINA: VERSOS COMO GRITOS



Valentín Martín

Cuando yo llegué a la cantina de las viudas madrileñas, Mahmud Darwisch ya había cambiado de casa 12 veces. Darwisch amaba las aldeas, como sus siete hermanos y la estirpe galilea de sus padres. Nunca olvidó Birwa. Pero murió a corazón abierto, en el mismo lugar donde asesinaron al primer presidente católico de los Estados Unidos de América. Se le había hecho muy corta la vida, como a todos los palestinos a los que iban echando de sus casas los colonos sionistas.
Cuando yo llegué a la cantina de las viudas madrileñas era también un hijo ardido de aquel Mayo del 68 que pudo cambiar el mundo. Tiempo después, Don Victoriano, que había sido estudiante en Salamanca y ahora ganaba debates en la capital, cerró el nuestro con una contundencia: se perdió Mayo del 68 porque los obreros dejaron solos a los estudiantes. Que un obrero se ausente de una revolución va contra natura. Así que no sé yo, Don Victoriano.
Cuando yo llegué a la cantina de las viudas madrileñas los palestinos habían visto morir todas sus esperanzas al perder los árabes la guerra de los Seis Días que empezó con el exterminio de los aviones egipcios antes de despegar. Algo tendrían que decir los servicios secretos británicos y estadounidenses, pero el tema es otro: el olvido de Palestina.
Junto a un joven guerrillero y con un ensayo sobre poetas palestinos recorrí los periódicos de Madrid intentando evitar ese olvido. Todos hicieron oídos sordos, incluso el periódico del Opus que tenía como entrevistador de lujo para los domingos a un magnífico poeta comunista. Sólo escuchó el portaviones menos esperado.
No hay mayor dolor que el olvido. El olvido es la muerte total porque es como si no hubieses existido. Y hacia ese olvido silencioso de Palestina caminamos, no dándonos por aludidos cuando nos hablan 77.000 cadáveres que ya no palpitan.

Nuestro Félix Maraña sigue con la guadaña diaria contra las arrogancias y las tonterías. Pero también con un profundo amor por los más débiles o pobres. Y no hay pobreza mayor que 77.000 cadáveres palestinos. Para que no se olviden, para gritar sus nombres, ha escrito un libro, "La sangre palestina", con prólogo de Mikel Ayestaran, corresponsal de prensa en Oriente Medio, y un epílogo de Alfonso Pascal, edición de Huerga y Fierro (en su web está ya). El libro es un grito. Contra el genocidio, pero también contra el olvido. Porque nos estamos acostumbrando al olvido diario. Cómplices de ese genocidio seremos todos si nos callamos o no escuchamos. La sangre lejana de Palestina clama en los versos también. Y esta vez no hay un solo obrero a quien echar la culpa. 

DdA, XXII/6345

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Publicidad

Alojado en Cyberneticos