miércoles, 6 de mayo de 2026

DIEGO CAÑAMERO: CUANDO LAS LLUVIAS ERAN NUESTROS DESCANSOS


Algunas noches soñaba que había llovido y por eso no iba a trabajar, pero cuando me despertaba y veía que había sido un sueño me ponía de mal humor... Las lluvias eran nuestros descansos, nuestros domingos y días de fiesta, incluso en los días que mi hermana se ponía mala, la tenía que sustituir mi madre que estaba embarazada de 7 meses.

Diego Cañamero

Ayer por la tarde, mientras hacía un viaje en coche, pasé por un cortijo que se encuentra en el término municipal de Arahal. Este rancho es conocido como "la Rabia", aunque su nombre verdadero es "Sarracatinejo".
Y mientras que por mis ojos pasa la imagen de este lugar, voy haciendo memoria, la cual me remonta al año 1967. En esa época yo tenía 11 años. A esta temprana edad, ya tenía que trabajar y tuve que ir, junto a mi familia, a recoger aceitunas de molino (de aceite). Me acuerdo que estábamos 4 familias, todas éramos de El Coronil. También recuerdo que el manijero se llamaba José León, pero todos/as lo conocíamos por el apodo del “SISÍ”. Era un hombre culto, tenía mucha sabiduría. Además, le cogimos un especial cariño ya que, él nos ayudo mucho porque mi familia se trasladó a El Coronil en ese año y nosotros no conocíamos a casi nadie al estar recién llegados, sin embargo, este manijero siempre nos daba trabajo en esta finca, cuyos propietarios eran la Familia Candau.
También es cierto que el trabajo era a destajo. De mi casa íbamos 4 personas: mi padre, un hermano con 16 años, una hermana con 13 y yo con 11 años. Ha pasado mucho tiempo pero yo aún tengo el recuerdo del frío en los huesos, de los sabañones en las orejas, de las yemas de los dedos peladas y con padrastros, de los mocos que caían de mi nariz a causa del frío, de esas rodillas heladas y heridas de arrastrarme por el suelo para recoger las aceitunas... Por las mañanas, la gente mayor que iba al tajo hacía una candela para entrar en calor y, durante las primeras horas del día, todos/as nos calentábamos las manos y los pies que, por cierto, de pasar del frío a la calor, después sentíamos un dolor en los dedos que se nos saltaban hasta las lágrimas. Al terminar la jornada ya nos teníamos que trasladar a la casa. Cada uno se iba como podía, nosotros contábamos con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos de la marca "Rieju", pero claro, mi padre tenía que dar dos viajes para trasladarnos al pueblo.
Cuando llegábamos a la casa, nos esperaban nuestros 5 hermanos/as más pequeños/as para ver qué comida traíamos de sobra, se arrimaban a la talega de la comida como una camada de pollitos cuando se les echa un puñado de trigo.
El trabajo, como he dicho antes, era muy duro y aún más para un niño de esas edad. De hecho, algunas noches soñaba que había llovido y por eso no iba a trabajar, pero cuando me despertaba y veía que había sido un sueño me ponía de mal humor... Las lluvias eran nuestros descansos, nuestros domingos y días de fiesta, incluso en los días que mi hermana se ponía mala, la tenía que sustituir mi madre que estaba embarazada de 7 meses.
Sí, así crecimos, bajo la bota de la dictadura franquista, con trabajo y más trabajo, incluidos los niños/as, por un mísero jornal, sin poder ir a la escuela ni poder jugar como correspondía a esa edad.
Cortijos como este son testigos de la verdad de estos relatos. Si pudieran hablar no serían capaces de hacerlo porque los sentimientos los ahogarían.
¡Cuántos hijos/as de ricos pudieron estudiar a costa de nuestro frío, de nuestra miseria y de nuestra hambre!

DdA, XXII/6335

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