Casi medio siglo después de iniciar su andadura, La Zaranda vuelve a situar en el centro a los derrotados y a quienes habitan los márgenes con Todos los ángeles alzaron el vuelo, un montaje que se pudo ver los pasados días 6 y 7 de marzo en Teatro Central de Sevilla. Fiel a su poética austera y descarnada, la compañía presenta una nueva inmersión en ese territorio donde lo sórdido se transforma en materia lírica y la fragilidad humana adquiere una inesperada dimensión trágica. Con ocasión del estreno de este espectáculo en Sevilla leímos la reseña que sigue en Achtung!
A veces el teatro empieza cuando uno advierte que la oscuridad no es un efecto lumínico, sino un estado del mundo. Con La Zaranda ocurre eso: la penumbra no ambienta, define. Cuarenta y ocho años de trayectoria podrían invitar al resumen, al recuento, a la cómoda enumeración de méritos. Pero esta compañía nunca ha trabajado para la estadística. Su nuevo montaje no celebra nada. Se obstina. Vuelve a los márgenes —habitaciones alquiladas por horas, cuerpos que sobreviven con lo justo, partidas jugadas con cartas marcadas— y lo hace sin épica ni sentimentalismo.
Lo que vemos en escena son presencias, vidas que parecen haber aprendido que la condena no siempre tiene barrotes visibles. Hay algo particularmente perturbador en esa idea: no se trata de escapar, sino de habitar lo que toca. Y, aun así, los personajes no están clausurados. Se les quiebra la voz, pero no el deseo. Sus gestos, mínimos, insisten.
He pensado muchas veces que el gran logro de La Zaranda, además de su estética reconocible, la austeridad, el uso simbólico de los objetos y la depuración verbal, es su manera de tensar la frontera entre lo real y lo representado. Uno no sabe muy bien cuándo está viendo ficción y cuándo está asistiendo a una especie de confesión colectiva. Los objetos no decoran: pesan. Una mesa no es una mesa; es el resto de algo que fue hogar. Una bombilla no ilumina; acusa.
En tiempos de saturación visual y discursos explicativos, la compañía elige el recorte. Quita más de lo que añade. El texto parece haber sido sometido a una poda rigurosa hasta quedar reducido a lo imprescindible. No hay subrayados. Si aparece el humor —y aparece, seco, incómodo— lo hace como mecanismo de supervivencia, no como guiño cómplice.
Quizá por eso su teatro no se consume fácilmente. Exige. Obliga a ocupar un lugar menos confortable como espectador. No basta con “entender” lo que sucede; hay que sostenerlo. Y sostenerlo implica aceptar que la belleza puede brotar en un vertedero, pero sin perfume ni metáfora complaciente. Una flor que crece en la noche no embellece la basura: la contradice.
Casi medio siglo después de su nacimiento, La Zaranda sigue defendiendo una idea del teatro como acto frágil y necesario. No como entretenimiento ilustrado ni como tribuna ideológica, sino como espacio donde lo humano se muestra en su precariedad sin pedir permiso. En esa coherencia —que no es inmovilidad, sino fidelidad a una búsqueda— reside su vigencia.
ACHTUNG! DdA, XXII/6304



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