Los pijos son un salfumán que lo carcome todo. Pero para ellos, hay IEs, y no CIEs. Se les regalan palacios, se les perdonan impuestos, se les pone la alfombra roja; y si la llenan de basura, va la Policía Local a explicarles mecanismos del civismo que ya conocen los hijos de cinco años de la clase trabajadora. Santiago Abascal y compañía no dirán jamás una palabra contra ellos: es su siervo. Si quieren reventar la recia y castellana ciudad del cochinillo y la artillería, que la revienten. Si vacían Segovia de segovianos, que la vacíen.
Pablo Batalla
Segovia es un a ciudad pequeña:
53.000 habitantes. Los del concejo de Siero. Y hace unos pocos años, desembarcó
allá el IE, una universidad privadísima y pijísima, que instaló en el
municipio a unos tres mil estudiantes. Divididos en tres clases: ricos,
millonarios y multimillonarios. También alguna bequita por salvar la cara,
pero, básicamente, los dueños del mundo; gente capaz de pagar sin despeinarse
los 25.000 euros de media que cuesta una matrícula en la universidad del IE.
Oligarcas de aquí y de allá, nababs venezolanos, un sobrino
de Bashar al-Ásad, gente así; pequeños aprendices de oligarca que
llegan —cuando son millonarios y multimillonarios—con su chacha y su cocinero
privado. Y que cuando son solo ricos manifiestan una incapacidad pasmosa para
los lances más anodinos de la vida cotidiana de nosotros, los normales. No
saben, por ejemplo, tirar la basura; y se tuvieron que organizar cursillos de
la Policía Local en la propia IE, para enseñarles y repartirles unos folletos,
con mapitas de la localización de los contenedores, y que no dejaran la bolsa
en medio de la acera, como están acostumbrados a hacer en sus chalés, o la
tiraran a las papeleras pequeñas, inutilizándolas. No surtió efecto alguno,
leemos en un El Día de Segovia de 2024, ilustrado con
una foto de un cartel fijado a una papelera, que decía: "Por favor, las
bolsas de basura en los contenedores". Un concejal proponía entonces que
"cuando en septiembre empiece la semana de convivencia, momento en el que
la universidad les da un pack de bienvenida, este incluya un folleto y con un
texto en varios idiomas explicativo del funcionamiento de la recogida de
residuos".
Por lo que sea, estos inmigrantes
incívicos, sucios, deteriorantes de la convivencia, no molestan a los
paladines de la identidad. Segovia —nos dice una amiga segoviana— está patas
arriba desde que llegó el IE. Tres mil tíos en una ciudad de cincuenta mil no
son tres mil tíos en una de tres millones, o de uno, o de trescientos mil tíos.
Los precios se han disparado, Segovia es una de las ciudades de España en las
que más vertiginosamente ha subido el alquiler, los segovianos empiezan a
renunciar a vivir en Segovia, vallisoletanos que consiguen una plaza en Segovia
se quedan a vivir en Valladolid, porque sale más a cuenta ir y venir todos los
días que quedarse en la ciudad en la que trabajan. Coger un taxi se vuelve, con
frecuencia, una odisea, porque los adinerados muchachos de la universidad IE
los acaparan. Les apetece ir a Valencia, a la playa: van en taxi. Montan una
fiesta y en toda Segovia no encuentran su ginebra preferida: cogen un taxi a
Madrid, dejan al taxista esperando, vuelven. Será por perras. La amiga
segoviana nos cuenta anécdotas. La de un escritor con esclerosis múltiple que
vino a presentar un libro con la única condición de que necesitaba que le
pagaran los taxis de la estación a la librería y de la librería a la estación,
y a quien no se lo pudieron asegurar: nadie puede asegurar que haya taxis en
Segovia. La de una amiga suya, aquejada de un cáncer, que tuvo que esperar una
hora para poder coger uno que le llevara de casa al hospital y del hospital a
casa, para la quimio. Los taxistas se encogen de hombros: es el mercado, amigo.
La quimio de esta señora no nos sale a cuenta; la ginebra caprichosa de los
pijos, sí.
Los pijos son un salfumán que lo
carcome todo. Pero para ellos, hay IEs, y no CIEs. Se les regalan
palacios, se les perdonan impuestos, se les pone la alfombra roja; y si la
llenan de basura, va la Policía Local a explicarles mecanismos del civismo que
ya conocen los hijos de cinco años de la clase trabajadora. Santiago Abascal y
compañía no dirán jamás una palabra contra ellos: es su siervo. Si quieren
reventar la recia y castellana ciudad del cochinillo y la artillería, que la
revienten. Si vacían Segovia de segovianos, que la vacíen. Así son casi siempre
los patriotas: exactamente hasta el momento en que el sobrino
de Bashar al-Ásad, un bisnieto de Rockefeller, el peor mafioso de
Venezuela o el más siniestro oligarca ruso te pide que te pongas a cuatro
patas, porque necesita un reposapiés.

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