Brais Mariño da Silva
De la palabra al exterminio se teje la madeja del horror, un hilo rojo que arrastra naciones enteras hacia el abismo.
En el centro del telar, Donald Trump, nazi de traje y corbata, psicópata erguido en el podio de la Casa Blanca, siembra semillas de odio con cada discurso que glorifica la fuerza bruta y pisa la ley como a un insecto molesto.
Su lacayo, Benjamin Netanyahu, lame las botas ensangrentadas de ese poder transatlántico, mientras Gaza se convierte en un campo de castigo colectivo, no en un teatro de guerra honorable.
Imagina las calles de Gaza, pulverizadas bajo bombas "defensivas": setenta mil almas contadas al fin, un conteo que Israel ya no puede negar, donde seres humanos se disuelven en polvo bajo el pretexto de la grandeza de un pueblo elegido.
No son bajas colaterales; son vidas deshumanizadas, tratadas como maleza en un jardín racial que justifica el exterminio.
Trump, desde su trono reelegido, envía el veneno global del resentimiento: miente sistemáticamente, normaliza la violencia política y convierte al "otro" en nada, un vacío que invita al rifle como respuesta inevitable.
Así escala la espiral: de la retórica al rifle, el salto es un suspiro.
Líderes que mienten infectan sociedades que matan; guerras que no cierran, sino que se hinchan como úlceras abiertas. ¿Quién apuntala al monstruo?
Contubernios, organismos ciegos, lobbies voraces, votos temerosos que bailan con la muerte, psicópatas coronados por urnas y bendecidos por tanques.
El asesinato, una vez normalizado, cierra el círculo vicioso: no resuelve, agrava; no pacifica, devora.
Pero en el vacío grita la resistencia ética: reconstruye donde el enemigo sangra, denuncia los crímenes sin tregua ni excusa.
Niega el lenguaje que deshumaniza, o el exterminio te tragará a ti también, uno a uno, sin remedio posible.
¡Otros callan!
DdA, XXII/6295

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