Si León XIV, ya que no ha reaccionado con la diligencia requerida, no lo hace a la mayor brevedad, condenando explícitamente lo ocurrido ante el gobierno de Netanyahu, el actual pontífice tendría muy difícil recuperarse del desprestigio que para su persona y la iglesia que representa comporta su silencio, incapaz de defender desde Roma el símbolo mayor de la cristiandad.
Ezio Macchione
El actual Papa, León XIV, de león tiene solo el nombre. En realidad, se comporta como una figura débil, temerosa, incapaz de asumir una posición moral clara en uno de los momentos más oscuros de nuestro tiempo.
Frente al genocidio en Gaza, su silencio —disfrazado de declaraciones formales— es ensordecedor. No ha habido condena firme, no ha habido coraje, no ha habido liderazgo. Solo palabras vacías, burocráticas, inofensivas. Un pontificado que evita incomodar, incluso cuando lo que está en juego es evidente.
Pero lo ocurrido ayer cruza una línea aún más grave. Que la policía israelí haya impedido, por primera vez en siglos, el ingreso del cardenal Pierbattista Pizzaballa al Santo Sepulcro no es un detalle menor: es un hecho histórico, gravísimo. Y frente a eso, el Papa ha elegido el silencio (al menos hasta ahora). Ni una condena clara. Ni una palabra que esté a la altura de la ofensa.
Esto ya no es prudencia diplomática. Es renuncia. Es ausencia. Es irrelevancia. Lo digo como no creyente, pero como alguien que sabe reconocer cuando la Iglesia ha tenido el valor de estar del lado correcto de la historia. Y Pizzaballa representa exactamente eso: presencia, coherencia, coraje real.
Hoy resulta imposible no pensar que la Iglesia dejó pasar una oportunidad histórica al no elegir, entre los papables, a una figura como Pizzaballa. Porque él sí es un león. Este Papa, no.
Y si algo queda claro, es que el Papa Francisco —de estar vivo— no habría guardado este silencio.
DdA, XXII/6301

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